De la dignidad a la vergüenza
Lo ocurrido con los B/.750 mil de los fondos recibidos por la Universidad de Panamá para el pago de sobresueldos adeudados al personal administrativo y que, según la Contraloría General de la República, fueron desviados hacia otros fines por las autoridades del máximo centro de estudios del país, no tiene nombre, por más que existan al menos tres figuras delictivas que tipifican la deplorable práctica, con pérdida del cargo, penas de cárcel e inhabilitación de funciones.
Sencillamente, no se debe desviar fondos públicos destinados a un propósito hacia otros fines, sin cumplir previamente los procedimientos legales que implica, entre otros trámites, elevar una solicitud en tal sentido al Ministerio de Economía y Finanzas, encargado de preparar el presupuesto nacional, y pedir la aprobación de la Contraloría General. De lo contrario, sobrevendría en el sector público una situación anárquica, totalmente intolerable.
El presupuesto es una ley de la República, de forzoso cumplimiento. Cada balboa está previsto en una partida la que, a su vez, tiene un determinado propósito, siguiendo sanas prácticas de administración pública, conforme a las cuales, el gasto gubernamental debe responder a políticas económicas definidas por cada gobierno, siguiendo un todo armónico, que cada funcionario está obligado a acatar, pues el presupuesto es el principal instrumento de ejecución de tales políticas.
Si cada director de entidad hiciera lo que le viene en gana con los fondos puestos a su disposición, sobrevendría el caos, por decir lo menos. Por eso, la menor señal de desviación del gasto con propósitos ajenos a los previstos en el presupuesto, debe ser castigado con todo rigor, sin titubeos, ni perdones.
El caso expuesto es doblemente lamentable, porque se trata de la primera casa de estudios, faro destinado a orientar a la nación panameña por el camino de los valores, a través de la luz de su ejemplo, como lo ha hecho por décadas, en un pasado glorioso, pletórico de momentos heroicos y cruciales que marcaron para siempre la historia de la República. Todavía está fresco el recuerdo del Pacto de la Colina de 1957, que pretendió constituirse en valladar contra el militarismo; los vibrantes pronunciamientos en pro de la soberanía en la Zona del Canal, en los aciagos momentos de enero de 1964; y más atrás, la lucha contra el Convenio de Bases de 1947; y los días luminosos del Frente Patriótico de la Juventud. ¿Qué se hizo y cuándo se perdió todas esa fuente de inspiración para el estudiantado y ciudadanía panameñas? ¿Desde cuándo convirtieron ese templo de los más nobles ideales en muladar? ¿Dónde está el respeto por una institución que debe ser sagrada, porque generaciones pasadas la erigieron en un templo de dignidad?
La familia está llamada a ser comunidad, integrada por los padres y madres, hijos, hijas y demás personas que conviven en el hogar, debe hacer constantes esfuerzos por lograrlo. Hay que tender al ideal de una comunidad humana y cristiana en la que se respeta a la persona y su vocación, donde cada uno se siente libre, donde todos participan según su capacidad en el clima de responsabilidad comunitaria, donde toda iniciativa es recibida, es posible la corrección mutua, el diálogo es frecuente y el conocimiento es profundo, donde todos sirven a la comunidad y la comunidad vive el desarrollo y la madurez de los individuos, donde en definitiva, se vive el verdadero amor.
Sencillamente, no se debe desviar fondos públicos destinados a un propósito hacia otros fines, sin cumplir previamente los procedimientos legales que implica, entre otros trámites, elevar una solicitud en tal sentido al Ministerio de Economía y Finanzas, encargado de preparar el presupuesto nacional, y pedir la aprobación de la Contraloría General. De lo contrario, sobrevendría en el sector público una situación anárquica, totalmente intolerable.
El presupuesto es una ley de la República, de forzoso cumplimiento. Cada balboa está previsto en una partida la que, a su vez, tiene un determinado propósito, siguiendo sanas prácticas de administración pública, conforme a las cuales, el gasto gubernamental debe responder a políticas económicas definidas por cada gobierno, siguiendo un todo armónico, que cada funcionario está obligado a acatar, pues el presupuesto es el principal instrumento de ejecución de tales políticas.
Si cada director de entidad hiciera lo que le viene en gana con los fondos puestos a su disposición, sobrevendría el caos, por decir lo menos. Por eso, la menor señal de desviación del gasto con propósitos ajenos a los previstos en el presupuesto, debe ser castigado con todo rigor, sin titubeos, ni perdones.
El caso expuesto es doblemente lamentable, porque se trata de la primera casa de estudios, faro destinado a orientar a la nación panameña por el camino de los valores, a través de la luz de su ejemplo, como lo ha hecho por décadas, en un pasado glorioso, pletórico de momentos heroicos y cruciales que marcaron para siempre la historia de la República. Todavía está fresco el recuerdo del Pacto de la Colina de 1957, que pretendió constituirse en valladar contra el militarismo; los vibrantes pronunciamientos en pro de la soberanía en la Zona del Canal, en los aciagos momentos de enero de 1964; y más atrás, la lucha contra el Convenio de Bases de 1947; y los días luminosos del Frente Patriótico de la Juventud. ¿Qué se hizo y cuándo se perdió todas esa fuente de inspiración para el estudiantado y ciudadanía panameñas? ¿Desde cuándo convirtieron ese templo de los más nobles ideales en muladar? ¿Dónde está el respeto por una institución que debe ser sagrada, porque generaciones pasadas la erigieron en un templo de dignidad?
La familia está llamada a ser comunidad, integrada por los padres y madres, hijos, hijas y demás personas que conviven en el hogar, debe hacer constantes esfuerzos por lograrlo. Hay que tender al ideal de una comunidad humana y cristiana en la que se respeta a la persona y su vocación, donde cada uno se siente libre, donde todos participan según su capacidad en el clima de responsabilidad comunitaria, donde toda iniciativa es recibida, es posible la corrección mutua, el diálogo es frecuente y el conocimiento es profundo, donde todos sirven a la comunidad y la comunidad vive el desarrollo y la madurez de los individuos, donde en definitiva, se vive el verdadero amor.