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De la diplomacia del ping pong al béisbol


Igual que en su momento un sencillo intercambio deportivo de jugadores de ping pong sirvió de pretexto para romper más de dos décadas de enemistad entre Estados Unidos y China surgida tras la sangrienta guerra de Corea y enconada con el conflicto de Viet Nam, el actual intercambio de béisbol entre la selección cubana y el equipo de grandes ligas de los Orioles de Baltimore, tiene potencial suficiente para iniciar una nueva era de mejores relaciones entre sus respectivas naciones.
El deporte vuelve así a demostrar cómo es capaz de comunicar a dos pueblos separados por las ideologías y las antipatías entre sus gobiernos, del mismo modo que, por excepción, es capaz de despertar pasiones negativas como el pandillerismo de los "holligans" ingleses y el nacionalismo distorsionado de la "guerra del fútbol" entre El Salvador y Honduras.
En el caso del béisbol, del cerrado partido del domingo pasado, que llevó a la victoria a los Orioles ante la selección cubana por tres carreras a dos, en episodios extras, y en el que los isleños conectaron once incogibles contra sólo seis de los visitantes, queda un sabor de respeto y admiración recíproca que perdurará por mucho tiempo, estimulando futuros intercambios y amistad.
La calurosa acogida brindada por el pueblo cubano a quienes se supone representan al "enemigo" es digna de encomio y seguramente tiene profunda resonancia al retorno del equipo norteamericano a su país, lo que evidentemente se incrementará con la visita que hará a su vez la novena cubana a Baltimore en mayo próximo.
El intercambio supone además otro rudo golpe contra la política de embargo seguida por sucesivos gobiernos norteamericanos desde hace 40 años y que ningún efecto beneficioso ha tenido para el restablecimiento de la democracia en la isla ni para el bienestar del noble pueblo cubano.
Cuando en mayo próximo se celebre el partido de vuelta, se cerrará el círculo de una relación fraterna, fortalecida por la geografía y la simpatía recíproca que se tienen ambos pueblos, por encima de la torpeza política y del querer de sus gobiernos, simpatía forjada a base del intercambio, no del aislamiento, como en su momento contribuyeron a forjarla hombres como Ernest Hemingway que casi echaron raíces en la isla y la marcaron en sus páginas para siempre.


101 años de Panamá América

 
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