De la vieja América a la nueva Europa
Se quejaba Mr. Rumsfeld de la Vieja Europa porque ésta desconfiaba de la Guerra Preventiva inventada contra Saddam Hussein y sus supuestas armas de destrucción masiva. Olvidó que la Vieja y sabia Europa había sufrido en carne propia dos guerras mundiales, mientras que la Nueva América de las viejas tácticas, siempre guerreó en fronteras ajenas.
A casi una década del mayor error político de su historia -incluyendo en ella la aventura de Vietnam- los Estados Unidos se encuentran empantanados en una guerra fantasma que todavía no ha podido definir con claridad, salvo en los titulares periodísticos de campaña. Vestidos casi en harapos, pero armados con la más eficaz arma de destrucción masiva jamás inventada: el ataque suicida, un enjambre de fanáticos que creen en Dios, en el paraíso prometido y en la vida del más allá con más fervor que todo el Occidente cristiano, ha puesto de manifiesto una verdad que no por reiterada ha perdido valor. Toda la asombrosa e ilimitada capacidad bélica del ejército más poderoso es incapaz de vencer una creencia. Después de ocho años y miles de muertos, lisiados y desterrados, Irak ha vuelto a ser lo que era y Afganistán sigue tal cual ha sido siempre. Este es el corolario de una discusión sostenida en el Caffè Greco de Roma.
He regresado de un largo viaje donde nació, se desarrolló y murió la gran civilización clásica de la Antigua Europa, mucho antes de ponerse vieja en boca de estrategas engañosos. Roma era por entonces más poderosa y temida que la Nueva América. Allí están las ruinas de una ciudad imperial sumergida dentro de otra ciudad moderna, invadida de turistas que como hormigas salen de sus confortables hormigueros apenas despunta el alba. Recorren presurosos la Vía Condotti oteando las vitrinas de Prada o Valentino. Arrojan monedas en la fuente de Trevi. Se sientan en los escalones de la Piazza Spagna. Miran sin ver las estatuas de la Piazza Navona. No saben quien fue Giordano Bruno, pero igual arremeten para retratarse al pie de su estatua, en el Campo de Fiori, lugar donde fue incinerado por la Santa Inquisición. Visitan la Villa del cardenal Borghese exclamando a cada paso, ¡Oh, my God! Pagan entrada al Estado Vaticano para ver con dificultad la cúpula de la Capilla Sixtina y la magnificencia de la Basílica de San Pedro y se van como yo, mareados de tanta Vana Gloria Mundi en un lugar donde O Cuam Cito Transit (¡Oh, qué rápido pasa!) la belleza del arte y la vida mundana. A mis amigos -pero no a mí- les impactó comprobar que la tumba cubierta de flores frescas de Juan XXIII era la sepultura más visitada.
A mí me impactó ver en Florencia la asombrosa belleza plástica del David de Michelangelo. La flexible expresión de su cuerpo, curiosamente incircunciso, en la rigurosa premeditación del cálculo antes de atacar a Goliat, el filisteo (palestino), con la piedra fatal escondida en su gigantesca mano derecha mientras la izquierda sostiene la honda. Arma que hoy esgrimen los viejos niños palestinos contra los tanques blindados.