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De las aguas, bendición y luto


BENDITAS FUERON las aguas derramadas sobre nuestras pequeñas testas en el sagrado ritual del bautismo. Benditas sean las lágrimas que humedecen los ojos de quienes se sienten sacudidos por intenso dolor.
Y de las aguas de lluvias o desbordamientos que con desatada furia diezmaron a miles de seres humanos en muchos países, ¿qué diremos?
Implacablemente, porque no tienen la facultad de pensar y mucho menos de odiar, sembraron en Asia muerte y dolor, tragedia ella que ha pasado a constituir una gran angustia mundial.
No conforme con ello, esas aguas, acto seguido, aunque con menos ímpetu, pasaron a Europa. No por eso dejan de ser allí nuevo azote: Estonia, Lituania, Suecia, Dinamarca, Alemania e Inglaterra. Además de tanto daño, azotaron las Filipinas y han venido ellas ahora a ensañarse contra Costa Rica y Panamá en Bocas del Toro y Chiriquí.
Este diario, con un cálido espíritu de hermandad humana, se solidariza con todos aquellos que han tenido que sufrir, y con ellos sufre las horribles consecuencias de las actuales caídas y desbordamientos de esas aguas furiosas que los han sumido en el pesar y en el luto.
A los representantes diplomáticos y consulares de los países afectados con funciones en nuestro suelo, así como a nuestros propios conciudadanos, hacemos llegar muy sinceras expresiones de pesar al par que musitamos plegarias por una santa aunque difícil resignación, diciendo: ¡Apiádate, Señor!

101 años de Panamá América

 
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