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De las entrañas del pueblo


En 1994 Mireya Moscoso, contra todos los pronósticos, ocupó el segundo lugar, a escasos 35,000 votos del actual mandatario y ganador de esas elecciones.
Sin tregua, y casi al día siguiente de esos comicios, comenzó su peregrinaje por toda la geografía nacional. Primero, para testimoniarle, personalmente, su agradecimiento a todos aquellos que la apoyaron con su voto y, después, para inaugurar un nuevo modo de hacer política que dio sus frutos el domingo, cuando el pueblo panameño la ungió para el histórico honor de ser nuestra primera presidenta y para recibir, en nombre de la nación, el Canal de Panamá.
Si se examina en retrospectiva el camino recorrido por Mireya Moscoso, a partir de su declinación de la candidatura que, repetidamente, le ofrecieron las fuerzas opositoras para las elecciones presidenciales de 1989, se verá el nacimiento y maduración de una auténtica líder política.
En su primera etapa se erige en la conductora, desde su constitución y por derecho propio, del Partido Arnulfista. Después resiste y supera todos los retos internos, hasta convertirse en la líder indiscutida de su partido, como lo confirmó en las elecciones primarias del 29 de marzo de 1998, cuando ganó, abrumadoramente, la candidatura presidencial del Partido Arnulfista y, por ende, el derecho a ser la abanderada de la oposición.
Sin embargo, cuando el proyecto reeleccionista del actual mandatario, nos enfrenta al reto del referendo, en otra muestra de su maduración como líder política, se consagra a trabajar para derrotarla.
Mireya Moscoso heredó un caudal básico como sucesora del Dr. Arnulfo Arias, pero su crecimiento y consolidación y su camino hacia la victoria del pasado dos de mayo lo construyó ella, palmo a palmo, con constancia y tenacidad, desde las entrañas del pueblo.
El campo y el caserío más humilde y la vereda más recóndita de las barriadas donde habita la miseria y la pobreza la vieron llegar en su andar sin concesiones al sueño o el cansancio, para repartir su sonrisa amable y brindar su mano amiga, que trasmitía su mensaje de esperanza.
Así construyó Mireya Moscoso su liderazgo. Nunca antes en la historia de la política panameña un aspirante a gobernar ha sido visto, cara a cara, por tanto pueblo. Dudo mucho que alguien se atreva a discutirle ese mérito.
Y también dudo mucho que alguien se atreva a discutirle su coraje para continuar en la lucha, cuando todo parecía orquestado para darle al candidato oficialista la imagen de "ganador indiscutible".
Fue precisamente ese coraje y su tenacidad para mantenerse dentro de su estrategia de campaña, sin permitir que la sacaran del camino que se había trazado, lo que le permitió acortar la brecha de las primeras encuestas.
Y también esa tenacidad la que la hizo acelerar el paso, cuando las últimas encuestas la pronosticaban como ganadora, para, en vez de descansar, empeñarse más a fondo, sin detener su peregrinaje, aún después de la soberbia concentración de la Plaza Cinco de Mayo.
Cuando Mireya Moscoso haga el balance de lo que fue esta campaña, tal vez caiga en la cuenta de que hubo algún rincón del país al que no llegó, pero si así ocurrió no fue por falta de empeño sino porque "los caminos de a pie" a veces se tornan interminables.
Para gobernar con sabiduría se requiere de vocación para servir; conocer a los gobernados, especialmente a aquellos que más necesitan del Estado; pero, sobre todo, de mucha humildad.
La mujer que el domingo elegimos como nuestra presidenta, en los diez años transcurridos desde que rechazó la que hubiera sido una victoria electoral segura en 1989, escogió el camino más difícil para llegar a la presidencia; decidió hacerlo ganándose el corazón del pueblo, pero sin intermediarios. El pueblo la conoce y, lo que es más importante, ella conoce al pueblo.
Con su campaña singular e inédita llegó al corazón del pueblo y allí sembró. Le habló con sencillez y se prodigó en humildad. Y el pueblo la entendió y decidió confiar en ella.

101 años de Panamá América

 
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