De los políticos
En un programa de televisión pude observar una encuesta que se formuló a un grupo de personas sobre si se les daba a escoger entre desempeñarse como ministro o legislador, ¿qué preferían? La mayoría escogió ser Ministro de Estado y me llené de estupor al escuchar la razón en la que la mayoría sustentó su preferencia: "el cargo de Ministro de Estado permitía mayores rebuscas y el logro de mayores beneficios personales económicos."
Lo cierto es que todo lo que envuelve la política está estigmatizado gracias al protagonismo de quienes lidian en su ámbito que han dejado en la población una arraigada percepción de corrupción. De esto dan fe las innumerables encuestas que se han formulado entre la población, cuya percepción mayoritaria es de la existencia de corrupción en el gobierno.
Leía en algún diario, cuyo nombre no recuerdo, una crónica periodística que apuntaba que para entender la política tenemos que entender que ella, más que beneficios nacionales, tiene como meta intereses partidistas elitistas.
Debemos, primero que todo, "olvidarnos de lo que nos enseñaron en las clases de cívica, donde nos daban a entender que tan pronto alguien es electo o nombrado a un cargo público cambia de manera de ser y automáticamente comienza a ser motivado por el bien público. Las cosas en la práctica han degenerado y no son así. Cuando una persona se transforma en político o en burócrata sigue siendo motivado por el mismo interés personal de siempre, aunque opera en un mercado diferente, con restricciones diferentes. No le interesa ni entiende de solidaridad ni bienestar nacional. Los compradores en ese mercado buscan favores y privilegios gubernamentales. Los políticos suplen tales favores y privilegios, siendo el precio las contribuciones a las campañas electorales, los votos y las coimas."
No se gobierna para beneficio de la sociedad y sus miembros en general, sino para dicha de la cofradía de mal aventajados llamada Estado. Todos los que ocupan Palacio no son más que la careta de un vergonzoso axioma que se esfuerza, día a día, por hacernos creer que los intereses del Estado son los de Panamá. Nada más falso. Los panameños no tenemos por qué acarrear los delirios de los autócratas de turno.
Nosotros no vivimos para ellos, ni mucho menos ellos para nosotros, pero la constante ha sido que seamos los miembros de la sociedad quienes terminemos pagando las facturas de los yerros y rapiñas, haciéndonos creer que sin ellos no somos nada y que por ende, sin ellos no podemos vivir.
En Panamá, la mayoría de la clase política es el principal estorbo para el progreso del país. El día que obtengamos una clase política que más que entrar a regular sus intereses particulares, dediquen su atención al bienestar de los ciudadanos, sin duda avanzaremos por rumbos de progreso y democráticos.
Panamá tiene las normas constitucionales y leyes precisas para enrumbar el país por senderos de prosperidad e igualdad jurídica, pero es nuestra clase política la que constituye el principal impedimento para lograr ese objetivo nacional.
Los panameños no necesitamos más leyes, lo que requerimos es que se cumplan las actuales, como evidentemente no ocurre, situación desgraciadamente aupada por la clase política que hace de las leyes un instrumento de conveniencia particular.
Ese afán por estafarnos no tiene límites. Los panameños hemos sido condenados a costear, sea como sea, a un ente que jamás logró causarnos bienestar alguno; todo lo contrario, el Estado sólo ha servido para que unos despojen tanto las riquezas dispersas en la sociedad como al hombre. Cada vez que un connacional aspira a valerse por sí mismo y emprender su propia ruta la burocracia lo atiborra con sus disposiciones y reglamentos, lo castra, le coarta. Como vemos, esto es una pugna entre los libres, es decir, lo que están al margen del poder del Estado, y los que habitan en él, siendo que la figura del presidente de la república no es otra que la del guardián de los intereses del segundo sobre lo primero.
¿Qué hacer entonces si para cambiar la situación el voto de una persona para que haga alguna diferencia es prácticamente nula? No nos queda otra que continuar insistiendo para que los políticos cumplan con el país y no con intereses particulares que nada tienen que ver con el bien común.
Los recientes hechos suscitados en Argentina deben poner en alerta a todos los panameños, pues la situación económica que allí impera tiene el mismo génesis que la panameña. Ambas son el producto de las medidas económicas impuestas por el Fondo Monetario Internacional.
En Argentina, a igual que en nuestro país, guardadas las debidas proporciones, la apertura comercial creó un deterioro industrial que sentó las bases para la generación de un desempleo estructural.
Las privatizaciones estimularon el ingreso de capitales, lo cual permitió que la economía creciera, pero la apertura de la economía profundizó el retroceso de industrias tradicionales y las importaciones aumentaron. Paralelamente, los inversores externos compraron en su mayor parte empresas ya instaladas, del Estado y del sector privado. En consecuencia, aun con la economía en crecimiento, la desocupación creció.
Lo cierto es que todo lo que envuelve la política está estigmatizado gracias al protagonismo de quienes lidian en su ámbito que han dejado en la población una arraigada percepción de corrupción. De esto dan fe las innumerables encuestas que se han formulado entre la población, cuya percepción mayoritaria es de la existencia de corrupción en el gobierno.
Leía en algún diario, cuyo nombre no recuerdo, una crónica periodística que apuntaba que para entender la política tenemos que entender que ella, más que beneficios nacionales, tiene como meta intereses partidistas elitistas.
Debemos, primero que todo, "olvidarnos de lo que nos enseñaron en las clases de cívica, donde nos daban a entender que tan pronto alguien es electo o nombrado a un cargo público cambia de manera de ser y automáticamente comienza a ser motivado por el bien público. Las cosas en la práctica han degenerado y no son así. Cuando una persona se transforma en político o en burócrata sigue siendo motivado por el mismo interés personal de siempre, aunque opera en un mercado diferente, con restricciones diferentes. No le interesa ni entiende de solidaridad ni bienestar nacional. Los compradores en ese mercado buscan favores y privilegios gubernamentales. Los políticos suplen tales favores y privilegios, siendo el precio las contribuciones a las campañas electorales, los votos y las coimas."
No se gobierna para beneficio de la sociedad y sus miembros en general, sino para dicha de la cofradía de mal aventajados llamada Estado. Todos los que ocupan Palacio no son más que la careta de un vergonzoso axioma que se esfuerza, día a día, por hacernos creer que los intereses del Estado son los de Panamá. Nada más falso. Los panameños no tenemos por qué acarrear los delirios de los autócratas de turno.
Nosotros no vivimos para ellos, ni mucho menos ellos para nosotros, pero la constante ha sido que seamos los miembros de la sociedad quienes terminemos pagando las facturas de los yerros y rapiñas, haciéndonos creer que sin ellos no somos nada y que por ende, sin ellos no podemos vivir.
En Panamá, la mayoría de la clase política es el principal estorbo para el progreso del país. El día que obtengamos una clase política que más que entrar a regular sus intereses particulares, dediquen su atención al bienestar de los ciudadanos, sin duda avanzaremos por rumbos de progreso y democráticos.
Panamá tiene las normas constitucionales y leyes precisas para enrumbar el país por senderos de prosperidad e igualdad jurídica, pero es nuestra clase política la que constituye el principal impedimento para lograr ese objetivo nacional.
Los panameños no necesitamos más leyes, lo que requerimos es que se cumplan las actuales, como evidentemente no ocurre, situación desgraciadamente aupada por la clase política que hace de las leyes un instrumento de conveniencia particular.
Ese afán por estafarnos no tiene límites. Los panameños hemos sido condenados a costear, sea como sea, a un ente que jamás logró causarnos bienestar alguno; todo lo contrario, el Estado sólo ha servido para que unos despojen tanto las riquezas dispersas en la sociedad como al hombre. Cada vez que un connacional aspira a valerse por sí mismo y emprender su propia ruta la burocracia lo atiborra con sus disposiciones y reglamentos, lo castra, le coarta. Como vemos, esto es una pugna entre los libres, es decir, lo que están al margen del poder del Estado, y los que habitan en él, siendo que la figura del presidente de la república no es otra que la del guardián de los intereses del segundo sobre lo primero.
¿Qué hacer entonces si para cambiar la situación el voto de una persona para que haga alguna diferencia es prácticamente nula? No nos queda otra que continuar insistiendo para que los políticos cumplan con el país y no con intereses particulares que nada tienen que ver con el bien común.
Los recientes hechos suscitados en Argentina deben poner en alerta a todos los panameños, pues la situación económica que allí impera tiene el mismo génesis que la panameña. Ambas son el producto de las medidas económicas impuestas por el Fondo Monetario Internacional.
En Argentina, a igual que en nuestro país, guardadas las debidas proporciones, la apertura comercial creó un deterioro industrial que sentó las bases para la generación de un desempleo estructural.
Las privatizaciones estimularon el ingreso de capitales, lo cual permitió que la economía creciera, pero la apertura de la economía profundizó el retroceso de industrias tradicionales y las importaciones aumentaron. Paralelamente, los inversores externos compraron en su mayor parte empresas ya instaladas, del Estado y del sector privado. En consecuencia, aun con la economía en crecimiento, la desocupación creció.