De mujeres y hombres
La violencia golpea a las mujeres y deja no sólo heridas corporales sino profundas lesiones en la personalidad y el espíritu femenino. Dentro de muchos hogares se libran batallas peores que los peligros de las calles, pues se trata de agresiones dentro del círculo familiar que debería ser el nicho más seguro del mundo. Las bajas de esta guerra son los más vulnerables, además de las mujeres, los niños y niñas víctimas de abusos y represiones de todo tipo.
¿Por qué en la mayoría de los casos son los hombres los agresores? "Los hombres aprenden a aceptar y a ejercer el poder de esta manera, porque les otorga privilegios y ventajas que ni niños ni mujeres disfrutan en general. La fuente de tal poder es la sociedad que nos rodea, pero aprendemos a ejercerlo como propio... pero el poder colectivo de los hombres no sólo radica en instituciones y estructuras abstractas sino también en las formas de interiorizar, individualizar, encarnar y reproducir estas instituciones, estructuras y conceptualizaciones de poder masculino"(M.Kaufman).
Hay dos formas de visualizar el poder humano. La primera es positiva, pues pugna por desarrollarse en función del potencial para usar y desarrollar nuestras capacidades humanas. La segunda es negativa, ya que muchos hombres la visualizan como posibilidad de imponer control sobre otros, en tener acceso a más recursos que los otros, es el poder sobre algo o sobre alguien más.
Por ello lo masculino se afirma en su rol de proveedor único económico de la familia; el monopolio del conocimiento y acceso a la información; y el control tradicional sobre la capacidad reproductora de la mujer(embarazo, número de hijos). Ahora bien, estas bases del poder están en crisis, pues cada vez más las mujeres trabajan, estudian y controlan y deciden sobre su cuerpo. Esto genera varias reacciones, siendo la peor de ellas la violencia contra la mujer, porque intenta mantener el control a través de la fuerza, no saben manejar la creciente autonomía y poder de las mujeres. Prueba de lo anterior, es el hecho que hace 25 años las mujeres eran sólo un cuarto de la matrícula universitaria y hoy son la mayoría de las egresadas de secundaria y la mayoría del alumnado universitario (62% en la Universidad de Panamá).
Hace 30 años las tasas de analfabetismo en las mujeres campesinas eran superiores entre ellas, pero hoy esas tasas empiezan a ser desfavorables a los hombres. En las áreas rurales más mujeres terminan la primaria y el abandono de la escuela es mayor entre hombres en función de la sobrevivencia económica familiar.
La participación de la mujer en el campo laboral es evidente, y definitivamente es creciente el número de mujeres que asumen mayor decisión sobre su sexualidad. No obstante, se mantiene la discriminación en las condiciones laborales de las mujeres.
Todos esto exige que los hombres asumamos una nueva masculinidad, que nos eleve como seres humanos y nos permita dialogar con nuestro par, que son las mujeres. Es decir, esta tarea no es sólo de las mujeres, sino también de los hombres, ya que no se va a producir un cambio real en equidad hasta que todos y todas participemos en el proceso.
¿Qué significa ser hombre en el nuevo milenio? Es una desafiante pregunta que exige grandes respuestas, o quizás otras preguntas como: ¿Qué tenemos que cambiar? ¿Cómo generar nuevos diálogos entre hombres y mujeres?
Hay gente trabajando en este país en la dirección del cambio hacia la equidad de género desde hace muchas décadas. Hoy, el movimiento de mujeres y de hombres conscientes con esa realidad crece cotidianamente.
Entre los esfuerzos más notables se encuentra la Red de Mujeres contra la Violencia que coordina Gladys Miller; FUNDAMUJER, dirigido por Teresita de Arias; el CEDEM con Maritza Herrera, y el CAAM dirigido por Gloria Young, con los cuales compartí una intensa jornada sobre masculinidad hace varias semanas.
No se trata sólo de intervenir como ciudadano en influir participativamente en el poder público, sino como hombre de interactuar y dialogar en la esfera privada. Esto lo fui asumiendo desde joven, primero en el reconocimiento de los derechos inalienables de las mujeres, y luego -en un proceso ininterrumpido que no termina -construyendo la manera de ser hombre, la que no puede estar separada de la dignificación de la mujer, y con ello la emancipación de toda la condición humana.
Como expresa Mariela Arce: " Hay que hacer un nuevo Pacto de Amor entre los hombres y las mujeres. La realidad es que estamos cada vez más convencidos que mientras exista la discriminación entre hombres y mujeres, ésta será fuente permanente de conflicto, rebelión, tensión, de lucha, jamás las mujeres nos hemos resignado a no ser tratadas como seres humanos con plenos derechos y dignidad. Por esto urge hacer un nuevo pacto social, un pacto de derechos humanos, un pacto de amor."
¿Por qué en la mayoría de los casos son los hombres los agresores? "Los hombres aprenden a aceptar y a ejercer el poder de esta manera, porque les otorga privilegios y ventajas que ni niños ni mujeres disfrutan en general. La fuente de tal poder es la sociedad que nos rodea, pero aprendemos a ejercerlo como propio... pero el poder colectivo de los hombres no sólo radica en instituciones y estructuras abstractas sino también en las formas de interiorizar, individualizar, encarnar y reproducir estas instituciones, estructuras y conceptualizaciones de poder masculino"(M.Kaufman).
Hay dos formas de visualizar el poder humano. La primera es positiva, pues pugna por desarrollarse en función del potencial para usar y desarrollar nuestras capacidades humanas. La segunda es negativa, ya que muchos hombres la visualizan como posibilidad de imponer control sobre otros, en tener acceso a más recursos que los otros, es el poder sobre algo o sobre alguien más.
Por ello lo masculino se afirma en su rol de proveedor único económico de la familia; el monopolio del conocimiento y acceso a la información; y el control tradicional sobre la capacidad reproductora de la mujer(embarazo, número de hijos). Ahora bien, estas bases del poder están en crisis, pues cada vez más las mujeres trabajan, estudian y controlan y deciden sobre su cuerpo. Esto genera varias reacciones, siendo la peor de ellas la violencia contra la mujer, porque intenta mantener el control a través de la fuerza, no saben manejar la creciente autonomía y poder de las mujeres. Prueba de lo anterior, es el hecho que hace 25 años las mujeres eran sólo un cuarto de la matrícula universitaria y hoy son la mayoría de las egresadas de secundaria y la mayoría del alumnado universitario (62% en la Universidad de Panamá).
Hace 30 años las tasas de analfabetismo en las mujeres campesinas eran superiores entre ellas, pero hoy esas tasas empiezan a ser desfavorables a los hombres. En las áreas rurales más mujeres terminan la primaria y el abandono de la escuela es mayor entre hombres en función de la sobrevivencia económica familiar.
La participación de la mujer en el campo laboral es evidente, y definitivamente es creciente el número de mujeres que asumen mayor decisión sobre su sexualidad. No obstante, se mantiene la discriminación en las condiciones laborales de las mujeres.
Todos esto exige que los hombres asumamos una nueva masculinidad, que nos eleve como seres humanos y nos permita dialogar con nuestro par, que son las mujeres. Es decir, esta tarea no es sólo de las mujeres, sino también de los hombres, ya que no se va a producir un cambio real en equidad hasta que todos y todas participemos en el proceso.
¿Qué significa ser hombre en el nuevo milenio? Es una desafiante pregunta que exige grandes respuestas, o quizás otras preguntas como: ¿Qué tenemos que cambiar? ¿Cómo generar nuevos diálogos entre hombres y mujeres?
Hay gente trabajando en este país en la dirección del cambio hacia la equidad de género desde hace muchas décadas. Hoy, el movimiento de mujeres y de hombres conscientes con esa realidad crece cotidianamente.
Entre los esfuerzos más notables se encuentra la Red de Mujeres contra la Violencia que coordina Gladys Miller; FUNDAMUJER, dirigido por Teresita de Arias; el CEDEM con Maritza Herrera, y el CAAM dirigido por Gloria Young, con los cuales compartí una intensa jornada sobre masculinidad hace varias semanas.
No se trata sólo de intervenir como ciudadano en influir participativamente en el poder público, sino como hombre de interactuar y dialogar en la esfera privada. Esto lo fui asumiendo desde joven, primero en el reconocimiento de los derechos inalienables de las mujeres, y luego -en un proceso ininterrumpido que no termina -construyendo la manera de ser hombre, la que no puede estar separada de la dignificación de la mujer, y con ello la emancipación de toda la condición humana.
Como expresa Mariela Arce: " Hay que hacer un nuevo Pacto de Amor entre los hombres y las mujeres. La realidad es que estamos cada vez más convencidos que mientras exista la discriminación entre hombres y mujeres, ésta será fuente permanente de conflicto, rebelión, tensión, de lucha, jamás las mujeres nos hemos resignado a no ser tratadas como seres humanos con plenos derechos y dignidad. Por esto urge hacer un nuevo pacto social, un pacto de derechos humanos, un pacto de amor."