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De que los hay, los hay


LO MALO DEL liberalismo no es el mercado libre, son los neoliberales que pretenden defenderlo con falsos dogmas ideológicos carentes de moralidad, al atribuirse éxitos ajenos o achacar sus fracasos a los demás.
El fundamentalismo neoliberal es una forma de onanismo económico que en su narcisismo egoísta impide el gozo de la sociedad organizada a la que teme y ataca, como lo demuestra el artículo publicado por El Panamá América el 9 de enero próximo pasado, titulado "Socialismo: siglo XXI, o ¿siglo XIX?", firmado por Álvaro Bardón, www.aipenet.com. Un sitio reconocido por ser la mayor fábrica de sopa de letras neoliberales.
Personalmente rehuyo de las etiquetas porque creo en el Hombre orteguiano, aquel que se define: "Yo soy: yo y mi circunstancia". Esto es, como persona, el Hombre (cualquiera sea su género) depende no sólo de su forma de ser sino de la ocasión que lo rodea, pues vivimos en una continua simbiosis que tanto alimenta al individuo como a la sociedad. A mi modo de ver no existe el hombre aislado: ni el Robinson de Defoe, ni el buen salvaje de Rousseau. El individuo enfrentado sólo con su yo es un falso solipsismo propio de quienes viven fuera de la realidad. La sociedad perfecta tampoco existe y el mundo imaginado por Tomás Moro no ha sido más que un título literario: Utopía.
Creo en el hombre gregario, aquel que vive en, para y con la sociedad e imbuido de ella, la estudia, la forma y la critica. Creo que la libertad es un derecho fundamental del hombre y que ésta no es ni eterna ni infinita, pues está limitada por nuestra personalidad histórica, por la temporalidad terrena y por las circunstancias del entorno, así como por la responsabilidad que obliga a respetar la libertad ajena.
Para que el hombre utilice y saque el mayor provecho posible de su libertad, cualquiera sea su faceta, política o económica, debe ejercerla con responsabilidad, esto es: cada uno debe rendir cuentas de su uso: ¿a quién? A la comunidad organizada y ésta debe poner bien en claro, en sus leyes y reglamentos cuándo su abuso altera la normal convivencia o cuando la libertad individual está supeditada a la del conjunto y viceversa. De modo que quienes en nombre del individuo o de la sociedad, la transgredan, sean personas, corporaciones, empresas o el propio Estado, deberán responder por ello siguiendo las normas del Derecho. En el siglo XXI ya no hay espacio para genocidas ni para golpistas, como tampoco lo debería haber para el trabajo esclavo, los monopolios y los latifundios. Y aunque yo no creo en brujos, maquilas aparte, "de que los hay, los hay".
Es por eso que me parece irrespetuoso, incongruente e inmoral que quienes utilizan para beneficio propio o para su grupo corporativo los frutos de la libertad mercantil no respeten o tengan una visión totalitaria y acomodaticia con respecto a las otras libertades públicas y privadas. El profesor Bardón es un ejemplo. Un triste y mal ejemplo para una nación como la chilena que ha pagado muy caro la sólida y brillante libertad que hoy merecidamente disfruta, pues su gente ha logrado el único milagro posible al que pueden aspirar los pueblos civilizados: la Concertación entre sus ciudadanos. Concertar es un asunto al que dictadores y farsantes le huyen como a alma en pena, porque implica responsabilidad y rendición de cuentas; he allí el origen de su miedo.
En su diatriba, alimentada quizá por sus prejuicios militaristas el profesor Bardón se ensaña contra esta Concertación cuyo mayor acierto ha sido el haber logrado pacificar Chile y componer las partes rotas por la aplicación dogmática de las reglas de los "Chicago boy´s", hasta cruzar el charco dejado tras la dictadura, tratando luego de ajustar el precio que los pobres estaban pagando en la espera inútil de un derrame que entonces sólo alcanzó a los "ganadores" del sistema y pactando luego la concordia con los "perdedores", cuando un puñado de modernos políticos, con visión de estadistas -y no de "economicistas" protegidos- lograron vencer con la fuerza democrática del consenso, las artimañas dejadas por la dictadura militar y sus esbirros. Aunque algunas todavía persistan, como el 10% de la producción de cobre que la Constitución le otorga a las fuerzas armadas chilenas.
El señor Bardón fue ex presidente del Banco Central y del Estado de Chile en la nefasta época de la dictadura pinochetista. Ex integrante del consejo editorial del diario El Mercurio -en esa época al borde de la quiebra, según propia confesión-, desde el banco de los chilenos logró una componenda económica para salvarlo junto al diario La Tercera. Hechos por el que estuvo encausado hasta el 21 de junio de 1997 cuando el juez Juan Carlos Urrutia le dictaminó un muy cuestionado "sobreseimiento temporal". En lo único que este personaje pareciera estar acorde con su extraño modo de entender la libertad es el que opinara a favor de liberalizar el uso de la marihuana. Opinión que pudiera explicar las incongruencias entre sus dichos y hechos (*).
Se queja el señor Bardón de que los socialistas tomen a los neoliberales por tontos y de que se hayan acercado demasiado a sus "hermanos latinos, tipo MERCOSUR, OEA, Haití, Can, Hugo-Evo" (sic). Yo le pregunto al amable lector, cuál ha sido la mejor forma de acercarse los chilenos a sus hermanos latinos, ¿con el MERCOSUR o con el Plan Cóndor?
(*) http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1362/article-31190.html
drjcal@psi.net.pa

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