De regreso a la pluma
Hace ya algunos años que dejé de escribir, de manera constante en este medio. Hoy nuevamente se me invita para ocupar el espacio que durante años ocupó Joaquín Fernando Franco, invitación que, al tiempo que agradezco y me honra, se me hace obligante por el significado que en lo personal tiene.
Reconozco que es una tremenda obligación, compartir ideas, criterios y hasta preocupaciones con ustedes, amables lectores. Sin embargo, los actuales tiempos y los que vienen no son como para quedarse de brazos cruzados o con la boca cerrada, ya que la encrucijada nacional debe llamar a profundas reflexiones en torno al futuro de la Nación.
En muchas ocasiones dije, sobre todo antes de finales de 1999, que este quinquenio sería fundamental para Panamá. Aún pienso que esa realidad no ha variado, con la innegable realidad por delante de que ya casi se pasó el mismo y que las cosas que como Nación teníamos que hacer para enfrentar nuestra nueva realidad, de manera integral y coherente, no se han hecho como todos esperábamos y el país ha caído en una gran desesperanza y angustia que no parecen corregirse, a pesar de las grandes exigencias nacionales. Por suerte, una de esas metas se ha estado llevando a cabo bien, aunque, en alguna forma, desligada de lo que siempre he denominado, coincidiendo con algunos amigos a quienes leo constantemente, del Gran Proyecto Nacional que se imponía delinear entre todos en este quinquenio. Me refiero al Canal de Panamá y a su administración, a los que dedicaré más adelante algunos escritos, procurando dejar ver mis criterios en torno a un recurso natural que le ha proporcionado a nuestro país un músculo que jamás tuvimos, pero que aún no hemos definido, como acuerdo nacional, ni para qué sirve, ni cómo se debe usar. Ya volveremos sobre este tema.
Puede dar la impresión, para algunos, que estos espacios se aprovechan para planteamientos estrictamente políticos. De alguna manera, la política ha jugado un rol en mi vida, distrayendo, parcialmente, otras actividades en la esfera profesional, familiar o ciudadana, no menos importantes. No obstante, en estos últimos ocho años de vida privada, he logrado realizar muchas otras cosas que amplían mi horizonte profesional y llenan de válidas experiencias ese tiempo, que me permiten hoy aplicarlas a proyectos más concretos que puedan, en lo posible, redundar en beneficio del país. Como otros, no vivo de la política y simplemente debo trabajar.
Se inicia una etapa convulsionada de la vida nacional. Lo más seguro es lo ilógico y en algunos casos lo irracional. La demagogia y el desprecio por el buen criterio de la opinión pública, en general, campea sin que venga nada a rivalizar entre lo lógico y lo ilógico, entre la verdad y la mentira, entre lo ético y lo inmoral, entre el oportunismo rampante y los principios bien establecidos, sin importar el precio que se pueda pagar por no transigir los mismos. A veces hasta pienso que estamos viviendo en una sociedad que se ha vuelto un poco cínica, como a veces me comenta un apreciado amigo con quien comparto mis preocupaciones. Quizás es así, y no nos estamos dando cuenta, lo cual es más que preocupante. Hace rato que la brújula de la Nación parece perdida y la nave del Estado navega a la deriva. Los puertos seguros no se alcanzan con propaganda o servilismo. Se alcanzan sólo con rumbo definido y navegantes capaces. La improvisación ha cedido a la planeación coherente y la incapacidad hace gala en momentos en donde todos nos debatimos entre avanzar con esperanza o detenernos a lamentarnos por un país que parece escapársenos como agua entre los dedos.
Estas fiestas de fin de año, son el preludio de una etapa de grandes ansiedades producto del período pre-electoral que irremediablemente se inicia. Hemos vivido tiempos que para los de mayor edad rememoran los anteriores a la gran debacle del 68. Las circunstancias y las actuaciones hacen que los términos poder y abuso se confundan en uno sólo, pudiendo dar paso a toda suerte de imponderables con la secuela de nefastas consecuencias. Dentro de lo difícil del momento, la democracia nos permite renovar compromisos serios dentro de pocos meses y abrirnos la puerta a una elección que ojalá sea sinónimo de debate de altura en torno a propuestas realistas que le permitan al país avanzar, al margen de la gula política que en la actualidad absorbe aspiraciones y derrumba esperanzas. Son tiempos para definiciones, claro que sí, pero definiciones que realmente signifiquen compromisos respaldados con ejecutorias. De buenos deseos, palabras bonitas y ataques politiqueros que se contradicen con los acuerdos de recámaras que se hacen público a pesar del disimulo, ya llevamos demasiado. Será fundamental que hablemos de todo entre todos y que sepamos distinguir, en su momento, cuál es el camino mejor para la Nación. Pienso que esta etapa que se avecina deberá ser crucial en la definición del rumbo nacional, pero en función de programas y de compromisos, que sean incluyentes y que con realismo y sin falsas promesas, procuren resolverle los problemas a esa enorme cantidad de compatriotas que se debaten hoy entre grandes y a veces negativas incertidumbres. El debate se centrará en la solución a los grandes problemas y así debemos exigirlo.
En lo posible, para eso suscribo esta columna. Con el genuino deseo de aportar en el debate y el análisis serio de temas nacionales que no se pueden menospreciar ni relegar más en la agenda nacional. Ojalá lo podamos hacer serenamente. Que pasen todos unas muy felices fiestas.
Reconozco que es una tremenda obligación, compartir ideas, criterios y hasta preocupaciones con ustedes, amables lectores. Sin embargo, los actuales tiempos y los que vienen no son como para quedarse de brazos cruzados o con la boca cerrada, ya que la encrucijada nacional debe llamar a profundas reflexiones en torno al futuro de la Nación.
En muchas ocasiones dije, sobre todo antes de finales de 1999, que este quinquenio sería fundamental para Panamá. Aún pienso que esa realidad no ha variado, con la innegable realidad por delante de que ya casi se pasó el mismo y que las cosas que como Nación teníamos que hacer para enfrentar nuestra nueva realidad, de manera integral y coherente, no se han hecho como todos esperábamos y el país ha caído en una gran desesperanza y angustia que no parecen corregirse, a pesar de las grandes exigencias nacionales. Por suerte, una de esas metas se ha estado llevando a cabo bien, aunque, en alguna forma, desligada de lo que siempre he denominado, coincidiendo con algunos amigos a quienes leo constantemente, del Gran Proyecto Nacional que se imponía delinear entre todos en este quinquenio. Me refiero al Canal de Panamá y a su administración, a los que dedicaré más adelante algunos escritos, procurando dejar ver mis criterios en torno a un recurso natural que le ha proporcionado a nuestro país un músculo que jamás tuvimos, pero que aún no hemos definido, como acuerdo nacional, ni para qué sirve, ni cómo se debe usar. Ya volveremos sobre este tema.
Puede dar la impresión, para algunos, que estos espacios se aprovechan para planteamientos estrictamente políticos. De alguna manera, la política ha jugado un rol en mi vida, distrayendo, parcialmente, otras actividades en la esfera profesional, familiar o ciudadana, no menos importantes. No obstante, en estos últimos ocho años de vida privada, he logrado realizar muchas otras cosas que amplían mi horizonte profesional y llenan de válidas experiencias ese tiempo, que me permiten hoy aplicarlas a proyectos más concretos que puedan, en lo posible, redundar en beneficio del país. Como otros, no vivo de la política y simplemente debo trabajar.
Se inicia una etapa convulsionada de la vida nacional. Lo más seguro es lo ilógico y en algunos casos lo irracional. La demagogia y el desprecio por el buen criterio de la opinión pública, en general, campea sin que venga nada a rivalizar entre lo lógico y lo ilógico, entre la verdad y la mentira, entre lo ético y lo inmoral, entre el oportunismo rampante y los principios bien establecidos, sin importar el precio que se pueda pagar por no transigir los mismos. A veces hasta pienso que estamos viviendo en una sociedad que se ha vuelto un poco cínica, como a veces me comenta un apreciado amigo con quien comparto mis preocupaciones. Quizás es así, y no nos estamos dando cuenta, lo cual es más que preocupante. Hace rato que la brújula de la Nación parece perdida y la nave del Estado navega a la deriva. Los puertos seguros no se alcanzan con propaganda o servilismo. Se alcanzan sólo con rumbo definido y navegantes capaces. La improvisación ha cedido a la planeación coherente y la incapacidad hace gala en momentos en donde todos nos debatimos entre avanzar con esperanza o detenernos a lamentarnos por un país que parece escapársenos como agua entre los dedos.
Estas fiestas de fin de año, son el preludio de una etapa de grandes ansiedades producto del período pre-electoral que irremediablemente se inicia. Hemos vivido tiempos que para los de mayor edad rememoran los anteriores a la gran debacle del 68. Las circunstancias y las actuaciones hacen que los términos poder y abuso se confundan en uno sólo, pudiendo dar paso a toda suerte de imponderables con la secuela de nefastas consecuencias. Dentro de lo difícil del momento, la democracia nos permite renovar compromisos serios dentro de pocos meses y abrirnos la puerta a una elección que ojalá sea sinónimo de debate de altura en torno a propuestas realistas que le permitan al país avanzar, al margen de la gula política que en la actualidad absorbe aspiraciones y derrumba esperanzas. Son tiempos para definiciones, claro que sí, pero definiciones que realmente signifiquen compromisos respaldados con ejecutorias. De buenos deseos, palabras bonitas y ataques politiqueros que se contradicen con los acuerdos de recámaras que se hacen público a pesar del disimulo, ya llevamos demasiado. Será fundamental que hablemos de todo entre todos y que sepamos distinguir, en su momento, cuál es el camino mejor para la Nación. Pienso que esta etapa que se avecina deberá ser crucial en la definición del rumbo nacional, pero en función de programas y de compromisos, que sean incluyentes y que con realismo y sin falsas promesas, procuren resolverle los problemas a esa enorme cantidad de compatriotas que se debaten hoy entre grandes y a veces negativas incertidumbres. El debate se centrará en la solución a los grandes problemas y así debemos exigirlo.
En lo posible, para eso suscribo esta columna. Con el genuino deseo de aportar en el debate y el análisis serio de temas nacionales que no se pueden menospreciar ni relegar más en la agenda nacional. Ojalá lo podamos hacer serenamente. Que pasen todos unas muy felices fiestas.