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De vuelta a clases


Miles de zapatazos y de huellas de pie enjuto surcan hoy avenidas, calles y senderos del país, cuando una miríada de niños y adolescentes atiborran decenas de pasillos, aulas y ranchos. Miles de padres con esperanza y fe elevan una fervorosa súplica para que sus hijos e hijas aprovechen el tiempo y logren, al finalizar al año, trepar un peldaño más en el cultivo de su genio y de su personalidad.
Por su parte, cientos de miles de maestros y profesores reciben la marejada de estudiantes, ciertamente con la mejor de las intenciones de ofrendar todo de sí mismos, en pro de la educación. El escenario no podrá ser mejor para observar el cruce de emociones, expectativas y comportamientos.
Los motivos de unos y de otros, como pueden coincidir, así mismo divergen, cual los sentimientos que se anidan en lo más íntimo de los infantiles corazones. El reto de los educadores es el de conducir el proceso de enseñanza dentro de un fino equilibrio entre la presión de los impulsos infantiles y la explosión hormonal de los adolescentes y lograr que asimilen conocimientos, desarrollen habilidades y formen actitudes positivas. El balance no es nada fácil. Los maestros y profesores lo saben perfectamente. El esfuerzo no será únicamente haberse preparado, con los más efectivos métodos y técnicas de aprendizaje y portar las mejores intenciones de dar todo por los estudiantes.
La vuelta a clases, es sí misma, una especie de apuesta, en la cual no se sabe exactamente a qué. Los educadores tendrán que armarse de excelente estado de ánimo y de una actitud comprometida, para ir por encima de las limitaciones que encontrarán por doquier. Las buenas intenciones no serán suficientes.
La explosión del comportamiento de niños y adolescentes requiere de estrategias inteligentes para maniobrar entre la emoción y el acto cognitivo de aprendizaje. Los docentes, y sobre todo los que se inician en esta noble tarea, deberán hacer acopio del amor, la paciencia, la tenacidad, la tolerancia, la ternura, la compasión, la justicia, la creatividad y la bondad, por una parte; y por la otra, tendrán que apelar a sus mejores habilidades, estrategias, recursos metodológicos y técnicas de motivación.
Su efectividad y éxito dependerán de su experticia y cuán desarrolladas estén sus competencias emocionales e intelectuales para afrontar la crucial tarea de encaminar a los estudiantes hacia la cumbre del saber. Pero todo parece indicar que en muchos casos, no se tendrán las mejores condiciones para conducir este proceso.
Muchas son los elementos que permiten asumir que las condiciones subjetivas en muchos docentes no son las mejores. Valgan algunas como muestra. La actitud o disposición a dar lo mejor, la tranquilidad mental, la estabilidad laboral, la naturaleza de la motivación, la seguridad individual, la vocación de servicio y una autoestima estable son factores de gran importancia para un desempeño orientado a resultados y centrado en el amor al trabajo. El método y estrés del período de nombramientos y traslados, por los cuales pasan, año tras año, miles de docentes no permite suponer que los que transitan por dichas circunstancias, al ser seleccionados, tengan la mejor de las disposiciones para acometer honrosamente su tarea.
Si a lo anterior añadimos las condiciones tanto físicas como administrativas, producidas por la nueva reglamentación de la Ley 13, el panorama pinta plagado de limitaciones. Con la nueva reglamentación se quiso hacer justicia a los planteles de educación primaria y básica, que durante más de 15 años no recibieron los dineros del seguro educativo.
Ahora, los planteles de nivel superior resienten el recorte, hasta el punto que los docentes tendrán que copiar las pruebas y los exámenes en el tablero, como cuando en mis tiempos de escuela primaria. Todos compartirán la pírrica suma destinada al soporte administrativo del proceso educativo. Hay que felicitar al genio que decidió que mejor donde come uno deben comer dos, con lo cual ambos, al poco tiempo, sucumbirán por inanición presupuestaria, precipitando la crisis existente en una sima.
El devenir de este nuevo año lectivo, aunque es difícil aceptarlo, tendrá episodios de verdadero dramatismo. Sinceramente, no hay que ser un mago para adivinar la severa crisis que se avecina. El nuevo año lectivo parece agonizar en su cuna.
Loor a los educadores que se levantarán por encima de todo y cumplirán con su noble labor. Loor para aquellos que con la entrega y la determinación de Isabel Herrera de Obaldía, de Oris Leyla Bolaños, de Manuel José Hurtado o de Luciano Franco, superarán infinitas limitaciones y obstáculos, sembrando inclaudicable y amorosamente innumerables enseñanzas que, quiera Dios, eduquen el genio de nuestros niños, niñas y adolescentes, y templen firmemente su carácter, en esta época de tantas amenazas y peligros para nuestra juventud.

101 años de Panamá América

 
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