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Debate con los estudiantes


También deben dejar las piedras a un lado y cesar la práctica de trancar calles, atacar transeúntes, destrozar vehículos y comercios, cobrar peajes y asaltar. Si su propósito es llamar la atención, lo consiguen, pero al oneroso precio de la repulsa ciudadana. Por esa vía nada consiguen, salvo la suspensión de clases, sanciones y desprecio ciudadano. Y si son observadores, notarán que nadie los respalda ni comulga con su causa. ¿Qué causa? Si la misma nunca se conoce, y se pierde entre el océano de desmanes propio de maleantes.
Que los estudiantes revoltosos son producto de la sociedad y que les hemos fallado. ¡Patrañas! Nunca hubo tantas carencias como en las primeras décadas de la República, cuando la falta de escuelas era crónica y el analfabetismo la regla.
La Universidad es fundada por Harmodio Arias apenas en 1935 y la Escuela Normal de Santiago en 1939. Estudiar, entonces, era un privilegio en contraste con ahora, que es gratuito y en la escuela entra todo el mundo, tanto los que quieren aprender como los que no.
No obstante, los estudiantes de aquellos duros tiempos dieron incontables muestras de civismo y forjaron la nacionalidad. Así, el Frente Patriótico de la Juventud, de mediados de siglo, tenía tal poder de convocatoria, que a su sólo llamado las calles y plazas eran colmadas de multitudes. La gesta patriótica contra el tratado de bases militares de 1947, la valiente lucha por la civilidad y el rescate de la soberanía, con su secuela de mártires y los estallidos populares de 1959 y el de los Mártires de 1964, que forzaron el proceso negociador que fructificó en los tratados canaleros de 1977, son ejemplos sublimes que no inspiran, sin embargo, a sus malos herederos de hoy.
Demasiado enajenados por las drogas y la ignorancia, son incapaces de hojear un libro y prefieren la televisión, el videojuego y el ciberespacio. Rehuyen el diálogo y optan por el "chateo" intrascendente. Imitan formas y modelos culturales extranjeros, tan ridículos como el vestir ropa de invierno en pleno trópico. Cuando los institutores de los 40 escuchaban La Traviatta, a Wagner y a Tchikovsky, los de hoy prefieren una involución del reggae.
Por ese camino no irán a ningún lado. Bueno es que aprovechen el Internet para que -en una pausa en el chat y el web del chisme farandulero- se asomen un momento al mundo, y vean que están en un profundo hueco, mientras allá afuera se respira cultura, integración, valores, calidad de vida y oportunidades para crecer. ¿Que no la tienen aquí? Por su puesto que sí. Pero primero tienen que salir del hoyo estúpido en que se han metido y luchar por ser mejores seres humanos.

101 años de Panamá América

 
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