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Debate, política y democracia


He llegado a pensar que los políticos hablan demasiado y que la mayoría de las cosas que dicen tienen muy poco interés y credibilidad y que quizás se les debiera valorar por lo que hacen y no por lo que dicen. Sobre todo, cuando hay pocas soluciones para los problemas, porque las respuestas son insuficientes y las preguntas, muchas.
Los políticos hablan de todo y conocen de todo, y los medios de comunicación se aprovechan de estas particularidades.
En este país los políticos nos han acostumbrado a que tienen la solución para todo, y necesitan un vehículo para expresarse y dar a conocer sus opiniones. Se trata de una dinámica egoísta entre medios de comunicación y políticos que yo creo que desvirtúa el debate de fondo, el debate de las ideas, de las propuestas, de la imagen y trayectoria del candidato.
Sin embargo, algunos medios con el afán de ubicarse en el primer lugar del rating informativo, fomentan los debates "a la defensiva", de mutua agresión, de ver quién gana, de tratar de mancillar el "buen" nombre del adversario por encima de todo, de acreditarse logros como de lugar, etc.
Yo creo que esto no contribuye a lo que se dice del prestigio, la proximidad o la reafirmación entre los ciudadanos y la política.
Me refiero al debate de la noche del 16. En mi búsqueda de algo nuevo en los planteamientos de los candidatos, pues me quedé en eso: en plena búsqueda. No obstante, para no sentirme del tanto defraudada prefiero verle el lado positivo al tan esperado acontecimiento: el debate sirvió para que los candidatos nos hicieran recordar sus propuestas y sus ideas, y si la finalidad del mismo era el de elegir un ganador, mi escogencia recae en Martín Torrijos. Su intervención la hizo con elegancia y estilo, propio de un líder que no se deja cautivar por el apasionamiento, el ataque ni la diatriba. Coherente en sus afirmaciones y con un lenguaje inofensivo y concentrado en responder solamente a lo que se le preguntó.
En este espacio me abstengo en dar mi opinión de los demás candidatos. Sólo deseo aclarar que aún no me decido cuál entre los cuatro será mi elegido para el 2 de mayo. Aún hay mucho por recorrer. Pero, si se me preguntara después del debate por quién votaría, hubiese elegido en ese momento a Martín Torrijos. Y, la culpa de mi elección recaería en Martinelli, Endara y Alemán, que, según mi apreciación, no dieron la talla en tan importante evento.
Del mismo modo, quiero referirme a este otro punto: En democracia hay que velar por las relaciones y preservar las buenas maneras y debatir con estilo, prudencia y respeto.
Por el contrario, nuestro actual sistema democrático destaca como un principio elemental: "Lo que dice el otro es malo y, por lo tanto, me tengo que oponer. Cuanto más fuertemente me opongo, o denigro, o me expreso despectivamente, llegando al insulto, al secreto revelado y al golpe de traición, entonces tengo la razón, soy el mejor, el más fuerte".
La democracia parte de un elemento, que es la igualdad. La política ha de ser favorecedora de la igualdad, si no, no hay política, porque no hay bien común, no hay intereses comunes.
El problema de fondo no es tanto la democracia en sí, sino la política. Pero tampoco tenemos una idea clara qué quiere decir "política"; para unos es una cosa y para otros, otra.
Muchas actuaciones de los políticos no son políticas, sino que responden a intereses partidistas y personales, que no son imparciales; por tanto, muchas veces los políticos no actúan políticamente.
De hecho la historia es la que nos permite hacer un determinado diagnóstico de la democracia, aunque a lo mejor dentro de cinco años nos obligará a hacer otro, y quizá los problemas no serán exactamente los mismos, pero nos ayudaría, como mínimo, a ver cómo se va articulando esta convivencia para responder a las necesidades de la persona y de los grupos sociales.
La polémica enriquece no sólo a quienes la protagonizan. También a todos los que se notician y alimentan de ella, que ha sido y es el mejor modo de extender y democratizar la participación de todos.
En momentos de confusión ideológica y dispersión política como sucede hoy día, sólo el debate respetuoso y fraternal entre quienes tienen los mismos intereses históricos, puede conducir a una vigorosa unidad política militante realmente transformadora. La democracia así lo demanda.

101 años de Panamá América

 
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