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Debate viciado


Honduras es la ocasión para mostrar qué es un debate viciado: las diferentes intervenciones sobre el caso hondureño tienen una apariencia de debate, pero en realidad son un concurso de estrategias de posicionamiento sin que el país importe mucho. Ningún demócrata que se respete a sí mismo puede validar el golpe: si había méritos suficientes para juzgar al presidente Zelaya, la conclusión es entonces juzgarlo con transparencia y con arreglo al debido proceso y, una vez comprobados los alegatos acusatorios, destituirlo. Zelaya pasaría así a ser un ex presidente más en una larga fila de mandatarios destituidos por corruptos.

En el momento en que la Asamblea hondureña no lo juzgó ni lo destituyó, y los militares lo secuestraron en pijamas y lo abandonaron así en la autopista del aeropuerto de la capital costarricense, se extinguió la oportunidad de removerlo por medios constitucionales. Pero si el intento fracasado por justificar el golpe con argumentos supuestamente democráticos da ganas de llorar, el tono de escándalo moral con el que han protestado los representantes de los gobiernos de Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia por la violación flagrante a la Constitución, mueve a risa.

La diabólica mezcla de soberanía popular con el mal concebido dogma de la hegemonía del Ejecutivo, en que se basan dichos gobiernos, es una fórmula diseñada para violar la Constitución cuantas veces sea necesario y justificar así los atropellos y desmanes contra los derechos ciudadanos. En el medio yacen una Honduras traumada y una OEA incapaz de cumplir su misión.

101 años de Panamá América

 
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