Debemos ser parte del mundo
La vida nos la ha dado Dios para vivirla; pero, sobre todo, para saber vivirla, para ser positivos, para ser exitosos y vivir dignamente. También nos la da para brindar a nuestros semejantes parte de lo que El y la vida nos ha puesto a disposición. A veces no comprendo el comportamiento de algunas personas que creen o pretenden estar por encima de lo común de la vida. Es difícil llegarle a aquellos que, por una u otra razón, se colocan en un plano inalcanzable para la mayoría de los humanos que habitamos la tierra. Desde luego que Dios y la naturaleza han dotado a algunos de ciertos dones o ha privilegiado a otros grupos con oportunidades para aprender, para desenvolverse y superarse.
Pero, no olvidemos a quienes no han contado con esas prebendas o aquellos que, habiéndolas tenido, no supieron aprovecharla. Por las razones que sean, tanto ellos como los otros somos iguales ante Dios; iguales nacimos e igual será el final de nuestros días donde todos encontraremos la muerte.
¿Cuál es, entonces, la razón para que existan mundos diferentes, mundos compuestos por una elite y otro formado por una masa amorfa, según los elegidos? De ninguna manera puede ser bien interpretado por la humanidad una superioridad que desprecia a la otra parte de los seres vivientes.
Es innegable que siempre habrá quienes vivan en la opulencia y quienes vivan en la pobreza, a veces en la indigencia. Pero, esa falta de bienes materiales, Dios la ha suplido con una serie de cualidades que pudieran envidiar los más dotados.
En muchas ocasiones, los que poseen pocos haberes materiales, también han recibido de Dios una resignación y la felicidad por tener lo poco que tienen. Eso es, tienen una dicha que los ricos no han conocido. Sin embargo, no es fácil definir qué es felicidad. Aun así, dentro de esa dificultad, es feliz quien está satisfecho con sus pertenencias. En ocasiones, un rico tiene pertenencias, pero le falta, por ejemplo, un hijo que le llene su vida. En cambio, hay pobres de dones materiales que son dueños de la felicidad que le proporcionan un número plural de vástagos.
Donde hay amor espiritual, hay felicidad que no se encuentra siempre en lo material. Viendo así la vida, ¿por qué sentirnos superiores a quienes les falta lo que nosotros poseemos? Aquel que se eleva a vivir tan sólo su propia vida, termina solitario y la soledad es negra, es oscura, es inaguantable.
Resulta mejor compartir con la mayoría; compartir una amistad aunque esa persona sea humilde y sin cosas que posean otros. Ese amigo o amiga ofrece lo que, tal vez, nos ha costado mucho conseguir: nos ofrece cariño sincero, comprensión, un hombro donde llorar si lo necesitamos, una sonrisa, un consejo, un apoyo.
Me pregunto, pues, ¿cuál es el apuro en alejarse de quienes puedan hacernos felices? ¿En qué consiste la diferencia entre quienes han leído 100 libros y los que ofrecen 100 yardas de cariño? Pareciera que cada vez más gente va perdiendo el don de compartir; compartir amor, una sonrisa, un secreto, una palabra. Quien puede lograrlo, ha alcanzado la felicidad secreta del ser dotado de esas cualidades positivas, dignas de hacer copartícipes a otros de territorios vedados a quienes lo quieren todo para sí por creer que son los únicos que merecen lo que poseen.
No, amigos lectores. Fíjense cuánta gente comparte, participa de las gracias ajenas, de lo que llevan en su corazón y no sólo en su mente. Cuando sentimos felicidad en cualquier ambiente, satisfacción de ser iguales, agradados de hacer felices a otros y concientes del valor de lo que otros poseen, alcanzamos la felicidad y la tranquilidad de dar y de recibir; de ser y pertenecer a una sociedad, a una agrupación, a un pequeño número de personas que se encuentran para tener entre ellas momentos comunes que las haga vivir y sentir algo superior que es la igualdad entre todos los componentes de esos grupos. ¡Pruébalo y verás cómo te sientes!
Pero, no olvidemos a quienes no han contado con esas prebendas o aquellos que, habiéndolas tenido, no supieron aprovecharla. Por las razones que sean, tanto ellos como los otros somos iguales ante Dios; iguales nacimos e igual será el final de nuestros días donde todos encontraremos la muerte.
¿Cuál es, entonces, la razón para que existan mundos diferentes, mundos compuestos por una elite y otro formado por una masa amorfa, según los elegidos? De ninguna manera puede ser bien interpretado por la humanidad una superioridad que desprecia a la otra parte de los seres vivientes.
Es innegable que siempre habrá quienes vivan en la opulencia y quienes vivan en la pobreza, a veces en la indigencia. Pero, esa falta de bienes materiales, Dios la ha suplido con una serie de cualidades que pudieran envidiar los más dotados.
En muchas ocasiones, los que poseen pocos haberes materiales, también han recibido de Dios una resignación y la felicidad por tener lo poco que tienen. Eso es, tienen una dicha que los ricos no han conocido. Sin embargo, no es fácil definir qué es felicidad. Aun así, dentro de esa dificultad, es feliz quien está satisfecho con sus pertenencias. En ocasiones, un rico tiene pertenencias, pero le falta, por ejemplo, un hijo que le llene su vida. En cambio, hay pobres de dones materiales que son dueños de la felicidad que le proporcionan un número plural de vástagos.
Donde hay amor espiritual, hay felicidad que no se encuentra siempre en lo material. Viendo así la vida, ¿por qué sentirnos superiores a quienes les falta lo que nosotros poseemos? Aquel que se eleva a vivir tan sólo su propia vida, termina solitario y la soledad es negra, es oscura, es inaguantable.
Resulta mejor compartir con la mayoría; compartir una amistad aunque esa persona sea humilde y sin cosas que posean otros. Ese amigo o amiga ofrece lo que, tal vez, nos ha costado mucho conseguir: nos ofrece cariño sincero, comprensión, un hombro donde llorar si lo necesitamos, una sonrisa, un consejo, un apoyo.
Me pregunto, pues, ¿cuál es el apuro en alejarse de quienes puedan hacernos felices? ¿En qué consiste la diferencia entre quienes han leído 100 libros y los que ofrecen 100 yardas de cariño? Pareciera que cada vez más gente va perdiendo el don de compartir; compartir amor, una sonrisa, un secreto, una palabra. Quien puede lograrlo, ha alcanzado la felicidad secreta del ser dotado de esas cualidades positivas, dignas de hacer copartícipes a otros de territorios vedados a quienes lo quieren todo para sí por creer que son los únicos que merecen lo que poseen.
No, amigos lectores. Fíjense cuánta gente comparte, participa de las gracias ajenas, de lo que llevan en su corazón y no sólo en su mente. Cuando sentimos felicidad en cualquier ambiente, satisfacción de ser iguales, agradados de hacer felices a otros y concientes del valor de lo que otros poseen, alcanzamos la felicidad y la tranquilidad de dar y de recibir; de ser y pertenecer a una sociedad, a una agrupación, a un pequeño número de personas que se encuentran para tener entre ellas momentos comunes que las haga vivir y sentir algo superior que es la igualdad entre todos los componentes de esos grupos. ¡Pruébalo y verás cómo te sientes!