Decadencia moral en la Corte
La Corte Suprema de Justicia se está convirtiendo en un reto difícil para la democracia panameña, situación imperdonable en una sociedad que padeció los desafueros de la dictadura, y debió aprender que sin justicia no hay crecimiento institucional posible.
El cáncer viene desde la cabeza y se esparce por el resto del cuerpo que es el Órgano Judicial. Rumores sobre venta de fallos, exabruptos jurídicos, intimidación a quienes intenten adentrarse en los vericuetos de sus podredumbres, deflagración moral en la que poco sentido tienen el esfuerzo intelectual, el estudio, el apego al Derecho y a la doctrina, porque lo que parece valer es el olor del dinero, sin importar su procedencia.
En un país que está dando saltos exponenciales en materia económica, es delicado que exista este pozo oscuro e infecto, que puede echar todo por la borda. Pero, ¿la solución es arrancar de raíz las frutas podridas? ¿Es lícito que otros órganos intervengan para rehacer el que es tal vez el más crucial de los Poderes? ¿Debe hacerlo el pueblo al estilo de la revolución francesa, de reciente recordación? Todas son preguntas legítimas, y hay quienes tiene respuestas desesperanzadoras: que este no es un asunto de hombres, que en Panamá no hay ángeles inmaculados para ponerlos en lugar de los magistrados cuestionados, que este es un negocio perdido, y que hay que dejar que la arcaica estructura se venga abajo desgastada por el peso de sus propias miserias, para entonces, si es posible, intentar un acto de magia.
Fue Aristóteles quien dijo que la excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, con nuestros actos de templanza; y valientes, si vivimos una y otra vez con valentía. A los panameños nos toca aprender de este sabio griego, para que termine de una vez por todas tanta sutileza, y nos pongamos manos a la obra.
El cáncer viene desde la cabeza y se esparce por el resto del cuerpo que es el Órgano Judicial. Rumores sobre venta de fallos, exabruptos jurídicos, intimidación a quienes intenten adentrarse en los vericuetos de sus podredumbres, deflagración moral en la que poco sentido tienen el esfuerzo intelectual, el estudio, el apego al Derecho y a la doctrina, porque lo que parece valer es el olor del dinero, sin importar su procedencia.
En un país que está dando saltos exponenciales en materia económica, es delicado que exista este pozo oscuro e infecto, que puede echar todo por la borda. Pero, ¿la solución es arrancar de raíz las frutas podridas? ¿Es lícito que otros órganos intervengan para rehacer el que es tal vez el más crucial de los Poderes? ¿Debe hacerlo el pueblo al estilo de la revolución francesa, de reciente recordación? Todas son preguntas legítimas, y hay quienes tiene respuestas desesperanzadoras: que este no es un asunto de hombres, que en Panamá no hay ángeles inmaculados para ponerlos en lugar de los magistrados cuestionados, que este es un negocio perdido, y que hay que dejar que la arcaica estructura se venga abajo desgastada por el peso de sus propias miserias, para entonces, si es posible, intentar un acto de magia.
Fue Aristóteles quien dijo que la excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, con nuestros actos de templanza; y valientes, si vivimos una y otra vez con valentía. A los panameños nos toca aprender de este sabio griego, para que termine de una vez por todas tanta sutileza, y nos pongamos manos a la obra.