Decir la verdad causa enojos
Cada vez que un sector de la sociedad panameña se refiere a la agobiante crisis económica y moral por la que atraviesa la nación, surgen de inmediato las reacciones, enojos, censuras y cuestionamientos a quienes se atreven a decirla.
Es evidente que en dicha crisis, la incredibilidad y el descontento social se deben al ciclo de corrupción que existe dentro de la sociedad en materia política, social, moral y gubernamental; tratar de obviar esa triste realidad es querer tapar el sol con las manos.
Ese doloroso clamor se escucha dentro de las clases populares y marginadas, aquellas que no cuentan con un digno y humilde trabajo para llevar el sustento a su familia, aquellas que a veces comen una irrisoria comida al día, aquellas que mueren por la falta de atención médica oportuna, aquellas que permanecen en las cárceles por largo tiempo sin que les hagan sus audiencias de forma respetuosa y expeditas. Sin embargo, aquellos que poseen una plaza de trabajo con altos salarios, canonjías, y los privilegios del Estado; aquellos que forman parte de la privilegiada burocracia estatal no justificada en cierto modo, dicen que no hay tal crisis ni corrupción e inmoralidades, sino el efecto negativo y supuesto para hacerle daño a la imagen del gobierno.
Sobre esa triste realidad, ¿quiénes estarán diciendo la verdad? Un pueblo sin trabajo y sin respuestas a sus familias o aquellos altos funcionarios con flamantes salarios, canonjías y privilegios estatales. En cierto modo, es asunto de conciencia, humanidad y patriotismo.
Por otro lado, se viene censurando a la Iglesia y al cuerpo diplomático de manera egoísta al estar haciendo llamados constructivos para el bien de la nación sin considerar que los sectores que conviven en nuestra sociedad son testigos de lo que pasa en Panamá, por lo que están en su derecho de decir la verdad.
No es un delito ni un pecado ni una intromisión en los asuntos internos de la nación decir lo que se palpa, a menos que sean mercenarios para desestabilizar al país; ello es una solidaridad humana, social, cristiana entre los pueblos y naciones por tratarse del género humano para la buena armonía de las naciones del universo.
Es tarea de los pueblos y de la sociedad cambiarle el destino moral, político, social, gubernamental y patriótico al país como un regalo y una obligación en su centenario de vida independiente.
Es evidente que en dicha crisis, la incredibilidad y el descontento social se deben al ciclo de corrupción que existe dentro de la sociedad en materia política, social, moral y gubernamental; tratar de obviar esa triste realidad es querer tapar el sol con las manos.
Ese doloroso clamor se escucha dentro de las clases populares y marginadas, aquellas que no cuentan con un digno y humilde trabajo para llevar el sustento a su familia, aquellas que a veces comen una irrisoria comida al día, aquellas que mueren por la falta de atención médica oportuna, aquellas que permanecen en las cárceles por largo tiempo sin que les hagan sus audiencias de forma respetuosa y expeditas. Sin embargo, aquellos que poseen una plaza de trabajo con altos salarios, canonjías, y los privilegios del Estado; aquellos que forman parte de la privilegiada burocracia estatal no justificada en cierto modo, dicen que no hay tal crisis ni corrupción e inmoralidades, sino el efecto negativo y supuesto para hacerle daño a la imagen del gobierno.
Sobre esa triste realidad, ¿quiénes estarán diciendo la verdad? Un pueblo sin trabajo y sin respuestas a sus familias o aquellos altos funcionarios con flamantes salarios, canonjías y privilegios estatales. En cierto modo, es asunto de conciencia, humanidad y patriotismo.
Por otro lado, se viene censurando a la Iglesia y al cuerpo diplomático de manera egoísta al estar haciendo llamados constructivos para el bien de la nación sin considerar que los sectores que conviven en nuestra sociedad son testigos de lo que pasa en Panamá, por lo que están en su derecho de decir la verdad.
No es un delito ni un pecado ni una intromisión en los asuntos internos de la nación decir lo que se palpa, a menos que sean mercenarios para desestabilizar al país; ello es una solidaridad humana, social, cristiana entre los pueblos y naciones por tratarse del género humano para la buena armonía de las naciones del universo.
Es tarea de los pueblos y de la sociedad cambiarle el destino moral, político, social, gubernamental y patriótico al país como un regalo y una obligación en su centenario de vida independiente.