"Défense du français" o de su derecho a la vida
Cultura y educación, términos sinónimos. Lengua y cultura, aspectos indisolubles. Así como cultivamos plantas y árboles para que crezcan y se desarrollen en todo su esplendor y belleza para el regocijo del hombre, de igual manera nutrimos y cultivamos la mente y el espíritu. Estos últimos los nutrimos y cultivamos con disciplinas que favorezcan el desarrollo de ciertas facultades del espíritu. Las disciplinas literarias, por ejemplo, estimulan el espíritu. La máquina jamás podrá reemplazar los sentimientos y emociones que suscitan en nosotros la lectura y el estudio de los grandes autores. Lecturas, ejemplos y ejercicios son la ocasión para el desarrollo del sentido crítico, del rigor científico, del gusto y de la precisión en la expresión. La historia y la civilización nos permiten el contacto con tiempos pasados y presentes, con modos de vida y de pensamiento diferentes y, por lo mismo, enriquecedores y útiles herramientas para reconocer nuestras limitaciones, entender y aceptar las diferencias -las propias y las del otro. Con la educación se nutre la mente con conocimientos, se cultiva el espíritu, se desarrollan cualidades humanas.
Hasta las años setenta se impartía la enseñanza del latín en el bachillerato. ºQué gran privilegio para quienes pudimos ejercitarnos intelectualmente con el análisis de la oración latina! ¿Qué razones llevaron a la eliminación de esta enseñanza? ¿Se creyó quizás que era de poca utilidad práctica? Allez savoir! Al momento de la puesta en marcha de la modernización de la enseñanza, surgen inquietantes interrogantes entre quienes enseñamos el francés y entre quienes tenemos nexos particulares con Francia y con la comunidad franco-hablante. ¿Qué suerte correrá la lengua francesa? ¿Qué lugar se le dará a la misma en la enseñanza media? Hoy, día nacional de Francia y fiesta universal, nos parece oportuno reflexionar acerca de la importancia del aprendizaje de esta lengua y de la necesidad de mantenerla en los planes y programas de enseñanza.
La lengua es un sistema dinámico ligado a la actividad del pensamiento. La adquisición de la misma va más allá de la simple memorización del vocabulario y de los mecanismos morfosintácticos. Operaciones tales como la observación, descripción, clasificación, análisis y síntesis son solicitadas también. En niveles superiores del aprendizaje, la comparación de los sistemas lingüísticos lleva al domino y perfección tanto de la lengua materna como de la lengua extranjera. ¿En nombre de qué privaríamos a nuestros educandos de esta posibilidad de desarrollar y ejercitar destrezas y capacidades intelectuales?
La competencia lingüística supone una competencia "etno-sociocultural". Dotar al educando de esta última a través de la lengua, significa poner a su alcance un cúmulo de conocimientos culturales y de hechos históricos importantes para Francia y para el mundo occidental. Significa dotarlo de saberes y de un "savoir-faire" cultural que garanticen su participación en el gran diálogo humano. Por otra parte, ¿acaso no es el francés el vector privilegiado de cultura y de los valores universales de libertad, igualdad y fraternidad? ¿En nombre de qué limitaríamos el enriquecimiento cultural de nuestros jóvenes y la oportunidad de hacer de ellos hombres y mujeres combativos, celosos custodios de sus derechos y respetuosos de sus deberes?.
Hay quienes al momento de incluir o excluir el aprendizaje de una lengua extranjera, sólo consideran su utilidad práctica. Pues bien, el francés, a pesar del claro dominio del inglés sigue siendo lengua internacional y de la Unión Europea, sinónimo de modernidad y de avances tecnológicos. Francia se mantiene a la cabeza en las telecomunicaciones, la aereonaútica, la agronomía, la bio-genética, para citar sólo algunos campos. Para tener acceso directo y rápido a estos avances se hace necesario el conocimiento del francés. ¿En nombre de qué no seguir dándole cabida y derecho de ciudadanía en la formación de nuestros educandos? Es más, ¿no convendría incluirlo en la formación continua de nuestros profesionales?.
En fin, ante la perspectiva de una comunidad mundial sin fronteras y en la era de la comunicación y de la información, la demanda de una formación polivalente, pluricultural y plurilingüistica se hace imperativa. Convendría pues, reflexionar sobre el papel de las lenguas extranjeras, y del francés en particular, en nuestros programas y planes de estudio. Rehusar este privilegio a nuestros educandos sería condenarlos a una uniformización del conocimiento, a privarlos del acceso directo a otras culturas y realidades. Estaríamos propiciando, además, la aparición de una generación de marginados o de discapacitados intelectualmente para afrontar el mundo de hoy y presas fáciles de todo tipo de manipulaciones. ¿Deseamos ésto para el Panamá del próximo milenio? Claro que no. Después de todo la defensa del francés es también la defensa de nuestra latinidad.
Hasta las años setenta se impartía la enseñanza del latín en el bachillerato. ºQué gran privilegio para quienes pudimos ejercitarnos intelectualmente con el análisis de la oración latina! ¿Qué razones llevaron a la eliminación de esta enseñanza? ¿Se creyó quizás que era de poca utilidad práctica? Allez savoir! Al momento de la puesta en marcha de la modernización de la enseñanza, surgen inquietantes interrogantes entre quienes enseñamos el francés y entre quienes tenemos nexos particulares con Francia y con la comunidad franco-hablante. ¿Qué suerte correrá la lengua francesa? ¿Qué lugar se le dará a la misma en la enseñanza media? Hoy, día nacional de Francia y fiesta universal, nos parece oportuno reflexionar acerca de la importancia del aprendizaje de esta lengua y de la necesidad de mantenerla en los planes y programas de enseñanza.
La lengua es un sistema dinámico ligado a la actividad del pensamiento. La adquisición de la misma va más allá de la simple memorización del vocabulario y de los mecanismos morfosintácticos. Operaciones tales como la observación, descripción, clasificación, análisis y síntesis son solicitadas también. En niveles superiores del aprendizaje, la comparación de los sistemas lingüísticos lleva al domino y perfección tanto de la lengua materna como de la lengua extranjera. ¿En nombre de qué privaríamos a nuestros educandos de esta posibilidad de desarrollar y ejercitar destrezas y capacidades intelectuales?
La competencia lingüística supone una competencia "etno-sociocultural". Dotar al educando de esta última a través de la lengua, significa poner a su alcance un cúmulo de conocimientos culturales y de hechos históricos importantes para Francia y para el mundo occidental. Significa dotarlo de saberes y de un "savoir-faire" cultural que garanticen su participación en el gran diálogo humano. Por otra parte, ¿acaso no es el francés el vector privilegiado de cultura y de los valores universales de libertad, igualdad y fraternidad? ¿En nombre de qué limitaríamos el enriquecimiento cultural de nuestros jóvenes y la oportunidad de hacer de ellos hombres y mujeres combativos, celosos custodios de sus derechos y respetuosos de sus deberes?.
Hay quienes al momento de incluir o excluir el aprendizaje de una lengua extranjera, sólo consideran su utilidad práctica. Pues bien, el francés, a pesar del claro dominio del inglés sigue siendo lengua internacional y de la Unión Europea, sinónimo de modernidad y de avances tecnológicos. Francia se mantiene a la cabeza en las telecomunicaciones, la aereonaútica, la agronomía, la bio-genética, para citar sólo algunos campos. Para tener acceso directo y rápido a estos avances se hace necesario el conocimiento del francés. ¿En nombre de qué no seguir dándole cabida y derecho de ciudadanía en la formación de nuestros educandos? Es más, ¿no convendría incluirlo en la formación continua de nuestros profesionales?.
En fin, ante la perspectiva de una comunidad mundial sin fronteras y en la era de la comunicación y de la información, la demanda de una formación polivalente, pluricultural y plurilingüistica se hace imperativa. Convendría pues, reflexionar sobre el papel de las lenguas extranjeras, y del francés en particular, en nuestros programas y planes de estudio. Rehusar este privilegio a nuestros educandos sería condenarlos a una uniformización del conocimiento, a privarlos del acceso directo a otras culturas y realidades. Estaríamos propiciando, además, la aparición de una generación de marginados o de discapacitados intelectualmente para afrontar el mundo de hoy y presas fáciles de todo tipo de manipulaciones. ¿Deseamos ésto para el Panamá del próximo milenio? Claro que no. Después de todo la defensa del francés es también la defensa de nuestra latinidad.