¡Dejad que pasen!
Desde el Golpe de Estado de 1968, la juventud, concentrada en los movimientos estudiantiles secundarios y de la Universidad, se alzó en protesta y jugó un papel de vanguardia contra los militares. El Instituto Nacional y la Universidad de Panamá fueron los lugares donde se concentraron los focos de resistencia durante la década del "70. El combate fue rudo. La juventud aportó sangre y sacrificio. Lo que no podían o no querían decir o hacer algunos, la juventud lo decía y lo hacía, como lo hizo en gestas históricas anteriores, como la del 9 de enero de 1964. En los años "80 y "90, la juventud también cumplió, lo que se hizo patente con el grito: "Que escuchen los nacidos y los que están por nacer, nacimos para vencer y no para ser vencidos". El movimiento estudiantil dejó su huella en la historia y nunca fue vencido.
A pesar de lo anterior, escuchamos comentarios sobre la pobreza espiritual de nuestra juventud, su falta de compromiso, su liviandad, lo vencida y desgastada que está. Algunos han lanzado los dardos envenenados, de los que nos prevenía la poetiza Amelia Denis de Icaza, sin darse cuenta que ellos son culpables y cómplices de lo que dicen. ¿Existe una crisis en la juventud y cómo la explicamos? Los razonamientos simplistas ven los efectos sin tomar en cuenta la causa, por lo que concluyen en la carencia de la "experiencia o de los conocimientos necesarios". Para aquéllos, ser joven es ser inexperto, ignorante o falto de criterio, lo que equivale a seres "incapaces" o "espiritualmente impedidos".
La mediocridad del pensamiento juvenil tiene su causa en la cultura y en la educación, así como en el irrelevante papel que se le ha otorgado y que gustosa ha aceptado. La juventud pareciera no estar a la altura de sus tiempos, conformista, ha reducido sus sueños a lo banal, vacío, surrealista. Lo juvenil se ha convertido en la suma de todo aquello que en el mundo cultural, artístico, científico o filosófico hay de insustancial. Prueba de ello son los festivales de la juventud, plagados de una sublimación sin límites de lo auténticamente irrelevante y de lo ridículamente vulgar.
La juventud de hoy, lamentamos, no es consciente de los riesgos que corre, porque carece de una visión de su rol histórico. Tal castración no la ha adquirido por sí misma, al contrario, se la han inculcado y la ha reproducido. Los valores elevados de la humanidad se diluyen y se disuelven, no por el reducido número de posibilidades materiales, aunque las de ahora sean mejores que las de antes, sino por el afán de satisfacción egoísta de sus impulsos, más semejantes a los de seres elementales que a los de un hombre sublime.
El problema es o se ha hecho cultural. Una mejor explicación la proporcionó Octavio Méndez Pereira: "Y no puede llamarse así lo que ahora se entiende como cultura de masa, que es una forma degradada de la cultura superior convertida en instrumento de dominio político por medio de la radio, la televisión, el cine, la revista, la novela barata, las máquinas musicales, las historias en tiras de muñecos." La situación es tal que la cultura de la decadencia es el producto de consumo más extendido. La mediocridad de espíritu, la simplista sin razón de las conciencias. Almas traslúcidas que deambulan por las calles, seres impávidos, cuyas únicas metas residen en la satisfacción de sus apetitos, logrando metas para el beneplácito de su propia digestión. A esto se ha querido reducir a la juventud. Para cambiar, hay que querer, debemos desear mejorar.
Confío y espero en las generaciones presentes y futuras, con perseverancia y ánimo renovador. Tal vez cometa el pecado del optimismo, pero sin tal no podría continuar. Pero el relevo generacional no se da de forma automática. Las bases de tal desarrollo deben ser formadas. Octavio Méndez Pereira ya lo dijo: "He dicho contestando antes a estas observaciones, lo que necesitan nuestros jóvenes, son estímulos superiores que recojan y eleven su energía juvenil, su superabundancia de vida; necesitan también el clima de toda actitud creadora que es la libertad; desde luego, con responsabilidad, sin lo cual puede aquella convertirse en patente de corso para las arbitrariedades. La sustancia universitaria, ha sido lugar común mío el sostenerlo, consiste en la libre investigación de la verdad, sin miedo a la verdad; el choque o juego libre y amplio de ideas, sin miedo a las ideas; y a ello se opone todo lo que tenga carácter de catequización política o religiosa, aún filosófica."
Ser joven no debe ser sinónimo de nihilismo, sino de acción, pasión, sacrificio y compromiso con la verdad, con la Nación, con los sentimientos, con la historia y los principios. Requerimos de los jóvenes participación y esfuerzo, no como simples observadores, sino como actores vivos del cambio, como catalizadores del futuro. Su aporte no debe limitarse a una cuestión numérica, sino de sustancia y materia viva; de propuestas consecuentes y congruentes, de práctica política activa y coherente. Necesitamos una juventud renovadora, consciente de sus cambios.
La juventud no es sólo un espacio de tiempo, es una oportunidad. Las generaciones que nos anteceden tienen la obligación de dejarnos pasar, nosotros tenemos la obligación de abrirnos paso. Ya lo dijo Amelia Denis de Icaza en su poema "Dejad que pasen"
A pesar de lo anterior, escuchamos comentarios sobre la pobreza espiritual de nuestra juventud, su falta de compromiso, su liviandad, lo vencida y desgastada que está. Algunos han lanzado los dardos envenenados, de los que nos prevenía la poetiza Amelia Denis de Icaza, sin darse cuenta que ellos son culpables y cómplices de lo que dicen. ¿Existe una crisis en la juventud y cómo la explicamos? Los razonamientos simplistas ven los efectos sin tomar en cuenta la causa, por lo que concluyen en la carencia de la "experiencia o de los conocimientos necesarios". Para aquéllos, ser joven es ser inexperto, ignorante o falto de criterio, lo que equivale a seres "incapaces" o "espiritualmente impedidos".
La mediocridad del pensamiento juvenil tiene su causa en la cultura y en la educación, así como en el irrelevante papel que se le ha otorgado y que gustosa ha aceptado. La juventud pareciera no estar a la altura de sus tiempos, conformista, ha reducido sus sueños a lo banal, vacío, surrealista. Lo juvenil se ha convertido en la suma de todo aquello que en el mundo cultural, artístico, científico o filosófico hay de insustancial. Prueba de ello son los festivales de la juventud, plagados de una sublimación sin límites de lo auténticamente irrelevante y de lo ridículamente vulgar.
La juventud de hoy, lamentamos, no es consciente de los riesgos que corre, porque carece de una visión de su rol histórico. Tal castración no la ha adquirido por sí misma, al contrario, se la han inculcado y la ha reproducido. Los valores elevados de la humanidad se diluyen y se disuelven, no por el reducido número de posibilidades materiales, aunque las de ahora sean mejores que las de antes, sino por el afán de satisfacción egoísta de sus impulsos, más semejantes a los de seres elementales que a los de un hombre sublime.
El problema es o se ha hecho cultural. Una mejor explicación la proporcionó Octavio Méndez Pereira: "Y no puede llamarse así lo que ahora se entiende como cultura de masa, que es una forma degradada de la cultura superior convertida en instrumento de dominio político por medio de la radio, la televisión, el cine, la revista, la novela barata, las máquinas musicales, las historias en tiras de muñecos." La situación es tal que la cultura de la decadencia es el producto de consumo más extendido. La mediocridad de espíritu, la simplista sin razón de las conciencias. Almas traslúcidas que deambulan por las calles, seres impávidos, cuyas únicas metas residen en la satisfacción de sus apetitos, logrando metas para el beneplácito de su propia digestión. A esto se ha querido reducir a la juventud. Para cambiar, hay que querer, debemos desear mejorar.
Confío y espero en las generaciones presentes y futuras, con perseverancia y ánimo renovador. Tal vez cometa el pecado del optimismo, pero sin tal no podría continuar. Pero el relevo generacional no se da de forma automática. Las bases de tal desarrollo deben ser formadas. Octavio Méndez Pereira ya lo dijo: "He dicho contestando antes a estas observaciones, lo que necesitan nuestros jóvenes, son estímulos superiores que recojan y eleven su energía juvenil, su superabundancia de vida; necesitan también el clima de toda actitud creadora que es la libertad; desde luego, con responsabilidad, sin lo cual puede aquella convertirse en patente de corso para las arbitrariedades. La sustancia universitaria, ha sido lugar común mío el sostenerlo, consiste en la libre investigación de la verdad, sin miedo a la verdad; el choque o juego libre y amplio de ideas, sin miedo a las ideas; y a ello se opone todo lo que tenga carácter de catequización política o religiosa, aún filosófica."
Ser joven no debe ser sinónimo de nihilismo, sino de acción, pasión, sacrificio y compromiso con la verdad, con la Nación, con los sentimientos, con la historia y los principios. Requerimos de los jóvenes participación y esfuerzo, no como simples observadores, sino como actores vivos del cambio, como catalizadores del futuro. Su aporte no debe limitarse a una cuestión numérica, sino de sustancia y materia viva; de propuestas consecuentes y congruentes, de práctica política activa y coherente. Necesitamos una juventud renovadora, consciente de sus cambios.
La juventud no es sólo un espacio de tiempo, es una oportunidad. Las generaciones que nos anteceden tienen la obligación de dejarnos pasar, nosotros tenemos la obligación de abrirnos paso. Ya lo dijo Amelia Denis de Icaza en su poema "Dejad que pasen"