Del carpintero
Aprovechando el mes de la natividad deseamos, a continuación, reproducir dos anécdotas que dan cuenta de las consideraciones que hemos de considerar al erigir nuestras vidas. 1° Un viejo carpintero comunicó al contratista para quien trabajaba sus planes de retirarse del negocio de construir casas para disfrutar de su familia. Reconoció que echaría de menos su trabajo y su cheque, pero había llegado la hora de decir adiós. Los últimos años que le quedaban por recorrer los quería dedicar a lo que nunca le había sido posible lograr: convivir con sus seres queridos, que además siempre se lo reclamaban.
El contratista le pidió si pudiese construir sólo una casa más como un último favor personal. El carpintero aceptó, pero el tiempo demostró que su corazón ya no estaba en su trabajo. No ponía el mismo cuidado y utilizaba materiales de inferior calidad. Fue una desafortunada manera de terminar una carrera dedicada.
Cuando el carpintero terminó su trabajo, el empleador vino a inspeccionar la casa y al final le entregó al carpintero la llave de la casa diciéndole, "Esta es tu casa, es mi regalo de despedida."
El carpintero se asombro. ¡Qué lastima, si hubiese sabido que estaba construyendo su propia casa, hubiese hecho las cosas tan diferente!
Así es con nosotros. Construimos nuestras vidas día tras día, muchas veces poniendo menos de lo mejor en el edificio. Entonces nos asombramos cuando nos damos cuenta que tenemos que vivir en la casa que hemos construido. Si pudiéramos hacerlo de nuevo lo hubiésemos hecho muy diferente. No se puede regresar, pero sí te queda el futuro.
Tú eres el carpintero. Cada día martillas un clavo, colocas una madera o construyes una pared en tu propia vida. Tus actitudes y lo que eliges hoy construyen "la casa" donde tu vivirás mañana.
2° Un niño de apenas 13 años de edad, oriundo de un pueblo de nuestra campiña le contaba a su abuelita paterna que todo iba mal: la escuela, problemas con la familia, enfermedades y qué decir con la situación económica en su hogar donde sólo trabajaba su hermano mayor. Entretanto, su abuela confeccionaba un bizcocho. Después de escucharlo, la abuelita le dice: "¿Quieres una merienda?". A lo cual el niño le contesta con mucho entusiasmo: "¡Claro que sí!".
"Toma, aquí tienes un poco de aceite de cocinar." "Yuck", dice el niño. Pero ese aceite es lo más repugnante. ¿Cómo me ofreces abuela eso de merienda? "¿Qué te parecen un par de huevos crudos?". "ARRR, ¡abuela!". ¿Estás acaso bromeando? ¿Cómo pretendes que me coma dos huevos crudos, si eso es lo más nauseabundo? "Entonces, ¿prefieres un poco de harina de trigo o tal vez un poco de levadura? "Abuela, ¿te has vuelto loca? ¡Todo eso sabe horrible!"
A lo que la abuela responde: "Sí, todas esas cosas saben horribles, cada una aparte de las otras. Pero si las pones juntas en la forma adecuada, haces un delicioso bizcocho. Dios trabaja de la misma forma. Muchas veces nos preguntamos por qué nos permite andar caminos y afrontar situaciones tan difíciles. ¡Pero cuando Dios pone esas cosas en su orden divino, todo obra para bien! Solamente tenemos que confiar en l y a la larga veremos que Dios hace algo maravilloso.
El contratista le pidió si pudiese construir sólo una casa más como un último favor personal. El carpintero aceptó, pero el tiempo demostró que su corazón ya no estaba en su trabajo. No ponía el mismo cuidado y utilizaba materiales de inferior calidad. Fue una desafortunada manera de terminar una carrera dedicada.
Cuando el carpintero terminó su trabajo, el empleador vino a inspeccionar la casa y al final le entregó al carpintero la llave de la casa diciéndole, "Esta es tu casa, es mi regalo de despedida."
El carpintero se asombro. ¡Qué lastima, si hubiese sabido que estaba construyendo su propia casa, hubiese hecho las cosas tan diferente!
Así es con nosotros. Construimos nuestras vidas día tras día, muchas veces poniendo menos de lo mejor en el edificio. Entonces nos asombramos cuando nos damos cuenta que tenemos que vivir en la casa que hemos construido. Si pudiéramos hacerlo de nuevo lo hubiésemos hecho muy diferente. No se puede regresar, pero sí te queda el futuro.
Tú eres el carpintero. Cada día martillas un clavo, colocas una madera o construyes una pared en tu propia vida. Tus actitudes y lo que eliges hoy construyen "la casa" donde tu vivirás mañana.
2° Un niño de apenas 13 años de edad, oriundo de un pueblo de nuestra campiña le contaba a su abuelita paterna que todo iba mal: la escuela, problemas con la familia, enfermedades y qué decir con la situación económica en su hogar donde sólo trabajaba su hermano mayor. Entretanto, su abuela confeccionaba un bizcocho. Después de escucharlo, la abuelita le dice: "¿Quieres una merienda?". A lo cual el niño le contesta con mucho entusiasmo: "¡Claro que sí!".
"Toma, aquí tienes un poco de aceite de cocinar." "Yuck", dice el niño. Pero ese aceite es lo más repugnante. ¿Cómo me ofreces abuela eso de merienda? "¿Qué te parecen un par de huevos crudos?". "ARRR, ¡abuela!". ¿Estás acaso bromeando? ¿Cómo pretendes que me coma dos huevos crudos, si eso es lo más nauseabundo? "Entonces, ¿prefieres un poco de harina de trigo o tal vez un poco de levadura? "Abuela, ¿te has vuelto loca? ¡Todo eso sabe horrible!"
A lo que la abuela responde: "Sí, todas esas cosas saben horribles, cada una aparte de las otras. Pero si las pones juntas en la forma adecuada, haces un delicioso bizcocho. Dios trabaja de la misma forma. Muchas veces nos preguntamos por qué nos permite andar caminos y afrontar situaciones tan difíciles. ¡Pero cuando Dios pone esas cosas en su orden divino, todo obra para bien! Solamente tenemos que confiar en l y a la larga veremos que Dios hace algo maravilloso.