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Del fútbol y la piratería


Grandes piratas han asolado el istmo de Panamá desde la época colonial hasta nuestros días, el pirata Drake, Henry Morgan, y uno que otro político rapaz que ha vilipendiado el erario público dejando a su paso en ruinas todo lo construido, edificado y hasta soñado por este pueblo noble y trabajador. Este breve recuento toma vigencia en el firmamento deportivo con los hechos que nos ha tocado vivir en los dos partidos de fútbol válidos para la eliminatoria mundialista del 2009, entre las selecciones de Panamá y El Salvador, donde los piratas modernos parecieran haberse clonado en el tiempo, esta vez, bajo los nombres de Alexandre B. Guimaraes y Marco A. Rodríguez. el primero, director del onceno panameño, de origen costarricense, nombrado por el presidente de la Federación Panameña de Fútbol; y el segundo, árbitro "imparcial" de origen mexicano nombrado por la FIFA.

No es noticia que en el ambiente de fútbol un árbitro sin valores como Rodríguez se venda, se entregue, o se regale, y se constituya en un pirata moderno en el mar del fútbol, o que participe de intereses malsanos de los terroristas del fútbol. Marcos Rodríguez, árbitro que deshonra su gafete de la FIFA, llena perfectamente, por sus actuaciones pasadas y presentes, el perfil de pirata y eso se entiende. Pero que un técnico realice un acto de piratería contra el propio equipo que dirige es imperdonable, es vil, es bajo, porque su acto mal intencionado, doloso, solapado con el manto del error, devasta el sentimiento solidario y esperanzador del colectivo futbolístico de Panamá, de una generación de deportistas, de un pueblo cuya inteligencia y dignidad han sido insultadas.

Quizás nunca sepamos qué mezquinos intereses ha representado Guimaraes, con sus decisiones sospechosas, errores infantiles que rayan en el dolo y la maleficencia. ¿Un caballo de Troya podría ser?, que ni los propios jugadores entienden; esos 22 jugadores nacionales, una generación perdida, aquellos que sintieron quemar sus alas y sueños mundialistas en el nido hostil del Cuscatlán, de la mano siniestra de Guimaraes.

La responsabilidad y la renuncia deben ser compartidas hacia los que contrataron, protegieron, amamantaron y no se hicieron sentir ese día del partido en que los panameños fueron objeto de vejámenes. Hacia ellos sólo nos queda nuestro desprecio y esperar su abdicación.

Sin embargo, queda la esperanza de otro mañana sobre la base de un aprendizaje para todos, para empinarnos sobre la humillación sufrida por estos 22 panameños que, como en los tiempos de un tal Bunau Varilla, vieron traicionada su causa y vejada su bandera. A la vez esperamos que esta encrucijada en la historia sirva de inspiración para que, en un corto tiempo, otros 22 panameños, salidos de nuestros barrios y campiñas, levanten la bandera, esa misma bandera que se yergue soberana el Cerro Ancón, a el más alto sitial del fútbol, en ese sitio donde Guimaraes y Rodríguez no la quieren ver.

101 años de Panamá América

 
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