Del Oncológico a Mónaco
Esa mañana era distinta a todas las demás. Era una mañana muy especial. Laura llevaba semanas convaleciendo en esa cama del Oncológico. Los días iban y venían sin nada extraordinario. No habían noticias de mejoría y el cáncer avanzaba desconociendo fronteras biológicas o psíquicas. Pero esa mañana fue distinta a todas las que habían pasado frente a su ventana: ella se levantó de la cama, peinó su larga cabellera negra y asomándose al día, a través de la vidriera de aquella ventana, advirtió que el sol brillaba más intensamente. ¡Qué día más hermoso!, exclamó y llamó a su madre para que le trajeran una cámara, pues quería fotografiar el día. Habló a todos lo hermoso del día y en su rostro se dibujó una cara de alegría, de satisfacción plena. Ese mismo día, al caer la tarde, moría aquella linda jovencita que había sido internada en el hospital por un cáncer. ¡Dios le había regalado el último día de los días de su corta vida! Médicos y enfermeras, aseadores y auxiliares lloraron la despedida de aquella paciente, de quien se dice nunca se quejó de nada, ni siquiera de la quimioterapia. ¡Fue valiente!
En una ocasión, en el Hospital Oncológico, internaron a Pedro, un joven mozo de apenas 18 años de edad. Era amante de la música y diestro en hacer sonar la trompeta de la cual sacaba los mejores tonos y que su padre, desde los años de infancia, se la había regalado. Todas las navidades tocaba, para su padre, esa trompeta. Su enfermedad: cáncer en la sangre. Rodrigo, su padre, durante seis meses permaneció sentado en una silla mecedora contemplando el tierno rostro de su hijo y hablándole al oído. También le cantaba canciones de cuna. Este había perdido el conocimiento; pero su padre insistía, todos los días, en platicarle, como si su hijo lo escuchara y de rodillas, postrado junto a la cama, elevaba una plegaria al Dios del cielo pidiendo la sanidad de su amantísimo hijo. ¿Quién tocará la trompeta en las Pascuas de diciembre?, preguntaba con llanto quejumbroso aquel padre dolido sin recibir más respuesta que el silencio fúnebre del hijo agonizante. Cuando murió ese joven, se dice, también todos lloraron, menos el padre. Al ver a los demás llorar la muerte de aquella núbil vida, el padre los consolaba diciendo: mi hijo ha pasado a mejor vida y si yo que soy su padre no lloro, no deben ustedes llorar. ¡El ha descansado!
En ese mismo hospital ingresó una jovencita, que tal vez no superaba los 20 años de edad. Un terrible y enorme tumor cubría la mitad de su rostro. Sobrevivió a la operación, pero de su esplendoroso físico tan sólo quedaba mitad rostro y mitad calavera. Sin embargo, ella reía de gozo y de contento. Como una loca gritaba por los pasillos del hospital que había salido bien en la operación. Reía y agitaba sus brazos, entre tanto que con lágrimas de alegría que bañaban sus ojos, decía: ¡Gracias Dios mío, Gracias! Un desafortunado se le acercó y le dijo: ¡Qué feo ha quedado tu rostro! Y ella, otra vez con sonrisa, le dijo: ¡Y qué si tengo la vida!
Las historias que he relatado no han sido producto de la imaginación. No han ocurrido en otro planeta ni otra dimensión. No se dieron en China, Japón o en Korea, ni siquiera en Estado Unidos; no ocurrieron en Argentina o en Angola o en Chile. Tampoco en Groenlandia o en Canadá. Todas acontecieron a la vuelta de la esquina de nuestra ciudad. Allí en el Hospital Oncológico. Sin embargo, de seguro, en cada rincón del mundo y de nuestro país, en este preciso instante, está aconteciendo algún prodigio o alguna tragedia. Vidas que se van y otras que se levantan ante la adversidad. Algunas han sido víctimas de calamitosos desastres de la naturaleza; otras de fatales accidentes en donde falló la máquina o el dispositivo eléctrico; otras caen merced a la mano criminal de propios semejantes; muchas vidas forman lagos de sangre al caer estrepitoso el avión dentro del cual explotó la bomba puesta por la mano satánica de terroristas. Y así, sucesiva y tétricamente, el mundo sigue girando, sin parar, hasta que conforme a los designios del Creador, se diga: ¡Basta! Y entonces comparezcamos todos ante el altar de Dios y de Cristo a rendir cuentas por nuestras acciones y pensamientos.
En Panamá, penosamente, estamos viviendo los tiempos de la indiferencia. No se trata de cualquier indiferencia, sino de la más virulenta y mordaz: aquella que menosprecia la vida de nuestros semejantes; que vilipendia la dignidad y el decoro de la existencia que merecen nuestros congéneres. Hablamos del menosprecio por el primigenio derecho a la vida. Todos tenemos que aprender de estas historias. ¿Cuándo fue la última vez que dimos gracias a Dios por el sol, la luna o las estrellas, o por el oxígeno y la vida? ¿Cuándo fue la última vez que dijimos a Dios: "hágase tu voluntad así en la Tierra como en el cielo?; o ¿cuándo revisamos nuestra escala de valores y pusimos en primer lugar aquellas cosas que, real y verdaderamente, merecen nuestra importancia y atención? Nuestras autoridades necesitan sumergirse en las aguas de la humildad y de la justicia social, en el amor hacia los demás y aplicar un tanto más la vieja y olvidada regla de oro: ¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!
No puede ser cierto que, entre tanto el país sucumbe en medio de la pobreza y del hambre; de enfermedades y penurias, las altas autoridades del gobierno continúen haciendo gastos y erogaciones casi millonarias pretextándose giras o visitas a principados que nada tienen para nuestro pueblo y nuestra humilde gente. De seguro que los cientos de miles de dólares que se han gastado para llegar hasta Mónaco, habrían resuelto caros y acuciosos problemas a grandes sectores de nuestra población. Mientras, en nuestro medio, cientos de precaristas luchan por el derecho a un rancho, las óperas de Mozart o las clásicas composiciones de Chopin deleitaban, en Europa, a la Presidenta. En París, el célebre ginebrino Jean Jacques Rousseau, exclamaría: "¡C"est la vie monsieur!" En Panamá decimos: "Dios nos encuentre confesos y arrepentidos!"
Nota: Los nombres aquí utilizados son ficticios, no así las historias que se relatan.
(stekrakri@hotmail.com)
Afirmó que hay que "guardar como un fino tesoro, la herencia democrática que nos legaron nuestros antepasados". Pero para lograr ese objetivo "hay que introducir un poco de sensatez, de cordura, en el concepto de libertad individual y de reconocer...(que) están sobre ellos (los hombres) las obligaciones hacia la comunidad, hacia la sociedad, hacia el Estado". Llama la atención la equiparación entre sociedad y estado en cuanto a la relación con los individuos.
Dado este concepto de democracia, "es imperativo extender e intensificar la educación y la instrucción pública, con programas tendientes a resultados utilitarios que produzcan ciudadanos trabajadores y artesanos especializados y no "amargados pseudo intelectuales". La universidad no debe ser centro propaganda de "doctrinas personales". Y por su parte, la prensa, la radio y los espectáculos públicos "deben adoptar una ética y una disciplina elevada" que enaltezcan el nivel cultural de la nación, aunque no se precisa vigilará que ello se cumpla.
Por otra parte, el Estado debe garantizar un pedazo de tierra a todo campesino hábil. Debemos enfatizar la agricultura y la industrialización, para no depender del turismo y el comercio. Además, necesitamos más población que mejore las condiciones biológicas, y no como la que han traído los EU para la construcción del Canal; o sea "elementos de color, extraños a nuestra cultura", como tampoco la de algunos pueblos de Asia. Debe evitarse una "afluencia migratoria parasitaria", es decir la que se dedique principalmente al comercio al por menor, y , los medios y espectáculos requeridos por el Estado han de practicar normas exigentes de ética y disciplina. Todo apunta en una misma dirección.
En Europa durante las décadas de 1920 a 1939, se presentó un escenario político tripartita. El liberalismo como pensamiento y régimen entró en crisis que parecía irreversible, como resultado de la depresión económica por la cual se le atribuía la responsabilidad; por reacción, el socialismo y sobre todo el marxismo-leninismo se extendieron también como ideología y como régimen y, por reacción a esta reacción, surgió el fascismo como pretendida única respuesta capaz de vencer al marxismo-leninismo, con particular atractivo para las clases medias y sectores económicamente muy poderosos, pero también para sectores populares sometidos al trauma de la crisis económica de esos años. La posición parcialmente de Acción Comunal y sobre todo del Panameñismo, de 1920 a 1940, respondió aproximadamente a un escenario nacional en alguna medida similar al internacional: el desprestigio del liberalismo, la presencia creciente del socialismo y del marxismo leninismo, y el pensamiento del sector autoritario de Acción Comunal y sobre todo del Panameñismo como la pretendida única superación del liberalismo en contraposición, si no al socialismo, por lo menos al marxismo leninismo.
No sorprende, por lo tanto, que el discurso de toma de posesión haya seguido un esquema de pensamiento autoritario derechizante, próximo al fascismo: la convicción providencial de su papel, la disposición a confrontar al competidor como enemigo, la educación utilitaria de hombres trabajadores en contraposición a los amargados pseudo-intelectuales; las consideraciones racistas con consecuencias económicas; la propensión a justificar el uso de la fuerza y a considerar su adquisición como objetivo válido , la equiparación entre sociedad y estado y la percepción de que el partido ha de ser el eje del gobierno y el motor de la actividad nacional, todo ello hace de este texto un texto próximo al facismo, sobre todo si recordamos lo que Arnulfo Arias dijo de su doctrina panameñista al iniciar su campaña: "Aquí en Panamá sólo debe existir, germinar y desarrollarse un solo credo, una sola doctrina, una sola fuerza directriz: nuestro Panameñismo." Pero añade algunas consideraciones correspondientes al contexto panameño: tal el pedazo de tierra cada campesino para todo campesino hábil; la expresión de panamericanismo y de amistad con los EU considerados como "arrendatarios", no propietarios de la Zona del Canal; la preocupación por la deuda externa de B/31 millones y la deuda interna de B/4 millones.
(Continuará la próxima semana)
(ariyan@sinfo.net)
En una ocasión, en el Hospital Oncológico, internaron a Pedro, un joven mozo de apenas 18 años de edad. Era amante de la música y diestro en hacer sonar la trompeta de la cual sacaba los mejores tonos y que su padre, desde los años de infancia, se la había regalado. Todas las navidades tocaba, para su padre, esa trompeta. Su enfermedad: cáncer en la sangre. Rodrigo, su padre, durante seis meses permaneció sentado en una silla mecedora contemplando el tierno rostro de su hijo y hablándole al oído. También le cantaba canciones de cuna. Este había perdido el conocimiento; pero su padre insistía, todos los días, en platicarle, como si su hijo lo escuchara y de rodillas, postrado junto a la cama, elevaba una plegaria al Dios del cielo pidiendo la sanidad de su amantísimo hijo. ¿Quién tocará la trompeta en las Pascuas de diciembre?, preguntaba con llanto quejumbroso aquel padre dolido sin recibir más respuesta que el silencio fúnebre del hijo agonizante. Cuando murió ese joven, se dice, también todos lloraron, menos el padre. Al ver a los demás llorar la muerte de aquella núbil vida, el padre los consolaba diciendo: mi hijo ha pasado a mejor vida y si yo que soy su padre no lloro, no deben ustedes llorar. ¡El ha descansado!
En ese mismo hospital ingresó una jovencita, que tal vez no superaba los 20 años de edad. Un terrible y enorme tumor cubría la mitad de su rostro. Sobrevivió a la operación, pero de su esplendoroso físico tan sólo quedaba mitad rostro y mitad calavera. Sin embargo, ella reía de gozo y de contento. Como una loca gritaba por los pasillos del hospital que había salido bien en la operación. Reía y agitaba sus brazos, entre tanto que con lágrimas de alegría que bañaban sus ojos, decía: ¡Gracias Dios mío, Gracias! Un desafortunado se le acercó y le dijo: ¡Qué feo ha quedado tu rostro! Y ella, otra vez con sonrisa, le dijo: ¡Y qué si tengo la vida!
Las historias que he relatado no han sido producto de la imaginación. No han ocurrido en otro planeta ni otra dimensión. No se dieron en China, Japón o en Korea, ni siquiera en Estado Unidos; no ocurrieron en Argentina o en Angola o en Chile. Tampoco en Groenlandia o en Canadá. Todas acontecieron a la vuelta de la esquina de nuestra ciudad. Allí en el Hospital Oncológico. Sin embargo, de seguro, en cada rincón del mundo y de nuestro país, en este preciso instante, está aconteciendo algún prodigio o alguna tragedia. Vidas que se van y otras que se levantan ante la adversidad. Algunas han sido víctimas de calamitosos desastres de la naturaleza; otras de fatales accidentes en donde falló la máquina o el dispositivo eléctrico; otras caen merced a la mano criminal de propios semejantes; muchas vidas forman lagos de sangre al caer estrepitoso el avión dentro del cual explotó la bomba puesta por la mano satánica de terroristas. Y así, sucesiva y tétricamente, el mundo sigue girando, sin parar, hasta que conforme a los designios del Creador, se diga: ¡Basta! Y entonces comparezcamos todos ante el altar de Dios y de Cristo a rendir cuentas por nuestras acciones y pensamientos.
En Panamá, penosamente, estamos viviendo los tiempos de la indiferencia. No se trata de cualquier indiferencia, sino de la más virulenta y mordaz: aquella que menosprecia la vida de nuestros semejantes; que vilipendia la dignidad y el decoro de la existencia que merecen nuestros congéneres. Hablamos del menosprecio por el primigenio derecho a la vida. Todos tenemos que aprender de estas historias. ¿Cuándo fue la última vez que dimos gracias a Dios por el sol, la luna o las estrellas, o por el oxígeno y la vida? ¿Cuándo fue la última vez que dijimos a Dios: "hágase tu voluntad así en la Tierra como en el cielo?; o ¿cuándo revisamos nuestra escala de valores y pusimos en primer lugar aquellas cosas que, real y verdaderamente, merecen nuestra importancia y atención? Nuestras autoridades necesitan sumergirse en las aguas de la humildad y de la justicia social, en el amor hacia los demás y aplicar un tanto más la vieja y olvidada regla de oro: ¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo!
No puede ser cierto que, entre tanto el país sucumbe en medio de la pobreza y del hambre; de enfermedades y penurias, las altas autoridades del gobierno continúen haciendo gastos y erogaciones casi millonarias pretextándose giras o visitas a principados que nada tienen para nuestro pueblo y nuestra humilde gente. De seguro que los cientos de miles de dólares que se han gastado para llegar hasta Mónaco, habrían resuelto caros y acuciosos problemas a grandes sectores de nuestra población. Mientras, en nuestro medio, cientos de precaristas luchan por el derecho a un rancho, las óperas de Mozart o las clásicas composiciones de Chopin deleitaban, en Europa, a la Presidenta. En París, el célebre ginebrino Jean Jacques Rousseau, exclamaría: "¡C"est la vie monsieur!" En Panamá decimos: "Dios nos encuentre confesos y arrepentidos!"
Nota: Los nombres aquí utilizados son ficticios, no así las historias que se relatan.
(stekrakri@hotmail.com)
Afirmó que hay que "guardar como un fino tesoro, la herencia democrática que nos legaron nuestros antepasados". Pero para lograr ese objetivo "hay que introducir un poco de sensatez, de cordura, en el concepto de libertad individual y de reconocer...(que) están sobre ellos (los hombres) las obligaciones hacia la comunidad, hacia la sociedad, hacia el Estado". Llama la atención la equiparación entre sociedad y estado en cuanto a la relación con los individuos.
Dado este concepto de democracia, "es imperativo extender e intensificar la educación y la instrucción pública, con programas tendientes a resultados utilitarios que produzcan ciudadanos trabajadores y artesanos especializados y no "amargados pseudo intelectuales". La universidad no debe ser centro propaganda de "doctrinas personales". Y por su parte, la prensa, la radio y los espectáculos públicos "deben adoptar una ética y una disciplina elevada" que enaltezcan el nivel cultural de la nación, aunque no se precisa vigilará que ello se cumpla.
Por otra parte, el Estado debe garantizar un pedazo de tierra a todo campesino hábil. Debemos enfatizar la agricultura y la industrialización, para no depender del turismo y el comercio. Además, necesitamos más población que mejore las condiciones biológicas, y no como la que han traído los EU para la construcción del Canal; o sea "elementos de color, extraños a nuestra cultura", como tampoco la de algunos pueblos de Asia. Debe evitarse una "afluencia migratoria parasitaria", es decir la que se dedique principalmente al comercio al por menor, y , los medios y espectáculos requeridos por el Estado han de practicar normas exigentes de ética y disciplina. Todo apunta en una misma dirección.
En Europa durante las décadas de 1920 a 1939, se presentó un escenario político tripartita. El liberalismo como pensamiento y régimen entró en crisis que parecía irreversible, como resultado de la depresión económica por la cual se le atribuía la responsabilidad; por reacción, el socialismo y sobre todo el marxismo-leninismo se extendieron también como ideología y como régimen y, por reacción a esta reacción, surgió el fascismo como pretendida única respuesta capaz de vencer al marxismo-leninismo, con particular atractivo para las clases medias y sectores económicamente muy poderosos, pero también para sectores populares sometidos al trauma de la crisis económica de esos años. La posición parcialmente de Acción Comunal y sobre todo del Panameñismo, de 1920 a 1940, respondió aproximadamente a un escenario nacional en alguna medida similar al internacional: el desprestigio del liberalismo, la presencia creciente del socialismo y del marxismo leninismo, y el pensamiento del sector autoritario de Acción Comunal y sobre todo del Panameñismo como la pretendida única superación del liberalismo en contraposición, si no al socialismo, por lo menos al marxismo leninismo.
No sorprende, por lo tanto, que el discurso de toma de posesión haya seguido un esquema de pensamiento autoritario derechizante, próximo al fascismo: la convicción providencial de su papel, la disposición a confrontar al competidor como enemigo, la educación utilitaria de hombres trabajadores en contraposición a los amargados pseudo-intelectuales; las consideraciones racistas con consecuencias económicas; la propensión a justificar el uso de la fuerza y a considerar su adquisición como objetivo válido , la equiparación entre sociedad y estado y la percepción de que el partido ha de ser el eje del gobierno y el motor de la actividad nacional, todo ello hace de este texto un texto próximo al facismo, sobre todo si recordamos lo que Arnulfo Arias dijo de su doctrina panameñista al iniciar su campaña: "Aquí en Panamá sólo debe existir, germinar y desarrollarse un solo credo, una sola doctrina, una sola fuerza directriz: nuestro Panameñismo." Pero añade algunas consideraciones correspondientes al contexto panameño: tal el pedazo de tierra cada campesino para todo campesino hábil; la expresión de panamericanismo y de amistad con los EU considerados como "arrendatarios", no propietarios de la Zona del Canal; la preocupación por la deuda externa de B/31 millones y la deuda interna de B/4 millones.
(Continuará la próxima semana)
(ariyan@sinfo.net)