Delincuencia juvenil y aumento de penas
Existe una regla de oro que dice que los problemas difíciles no tienen soluciones fáciles. Y el de la delincuencia juvenil es un asunto sumamente complicado, el cual requiere de una serie de acciones para enfrentarlo.
Lo primero que tenemos que entender es que el mismo nos es un problema de grupos de jóvenes, sino de toda la sociedad. Ellos y nosotros somos la sociedad.
Es un error pensar que la vida que llevamos, de conflicto, de dolor, de atrocidades, es distinta al mundo atroz en que vivimos. Nosotros hemos creado este mundo.
A los jóvenes les ha tocado vivir en tiempos donde la maldad ha llegado a los extremos. Destruir ciudades, masacrar poblaciones enteras, torturar a los prisioneros, y ahora la moda es decapitarlos. Eso lo están viendo con sus propios ojos nuestros jóvenes a través de las películas y medios de comunicación social. En esas escenas queda demostrado que los seres humanos somos violentos, crueles. Estas barbaries no solamente las encontramos en los campos de guerra, sino en las ciudades, en las familias, el hogar y las escuelas.
Somos egoístas, ambiciosos, envidiosos, celosos y con una capacidad para odiar y, por otro lado, hemos creado una sociedad competitiva donde sólo triunfan los mejor dotados, aquellos que proceden de familias bien organizadas, que han tenido la oportunidad de una mejor educación. Pero en ese grupo no está el 40% de la población, y en el 60% restante, donde estamos usted y yo, somos imperfectos.
Muchos estudios se han hecho sobre la violencia, pero la gente no ha dejado de matar en las calles, ni en las guerras.
Nuestro problema es que la sociedad es tal como existe y que tiene que ser cambiada. Sin embargo, no hemos podido lograrlo, no lo han logrado los gobiernos, ni las organizaciones religiosas ni las no gubernamentales.
Lo que se requiere es que la sociedad cambie, que todos cambiemos. Pero eso no se logra encerrando a los menores por 20 años en una cárcel.
Me pregunto si el proyecto de ley fue discutido con los menores que están en las cárceles actualmente.
Me parece que desde el principio es muy importante descubrir no sólo lo que nosotros tenemos que decir, sino lo que piensan quienes nos escuchan, especialmente si tienen conocimiento de la materia.
Tenemos la costumbre de extraer ciertas conclusiones de lo que decimos, comparándolo con lo que ya conocemos, volviéndose este ejercicio en un entretenimiento intelectual.
Una de las primeras cosas que me enseñaron mis padres fue aprender a escuchar.
Definitivamente, lo que se necesita es un cambio en la sociedad, que pongamos a un lado nuestras luchas internas, ambiciones y competencias para producir dentro en nosotros una transformación radical; no gradual, o sea, no a través del tiempo, de muchos días o muchos años, para poder cambiar inmediatamente sin aceptar el tiempo en absoluto.
En este esfuerzo estamos comprometidos quien escribe y cada uno de los que leen este escrito. Hemos venido aceptando un estilo de vida corrupto, en el cual no hay una sola gota de amor o de compasión.
Estoy convencido que todos, así como somos, podemos de algún modo producir un cambio e ir más allá a ese estado de paz que hemos buscado perpetuamente.
Me opongo a la ley que aumenta la pena a los menores delincuentes. Ellos no son los menores de otros, son nuestros menores, parte de nuestra carne y de nuestra sangre, son menores panameños; y, en muchos casos, son nuestras víctimas del sistema que diseñamos y donde los hemos obligado a vivir.
Lo primero que tenemos que entender es que el mismo nos es un problema de grupos de jóvenes, sino de toda la sociedad. Ellos y nosotros somos la sociedad.
Es un error pensar que la vida que llevamos, de conflicto, de dolor, de atrocidades, es distinta al mundo atroz en que vivimos. Nosotros hemos creado este mundo.
A los jóvenes les ha tocado vivir en tiempos donde la maldad ha llegado a los extremos. Destruir ciudades, masacrar poblaciones enteras, torturar a los prisioneros, y ahora la moda es decapitarlos. Eso lo están viendo con sus propios ojos nuestros jóvenes a través de las películas y medios de comunicación social. En esas escenas queda demostrado que los seres humanos somos violentos, crueles. Estas barbaries no solamente las encontramos en los campos de guerra, sino en las ciudades, en las familias, el hogar y las escuelas.
Somos egoístas, ambiciosos, envidiosos, celosos y con una capacidad para odiar y, por otro lado, hemos creado una sociedad competitiva donde sólo triunfan los mejor dotados, aquellos que proceden de familias bien organizadas, que han tenido la oportunidad de una mejor educación. Pero en ese grupo no está el 40% de la población, y en el 60% restante, donde estamos usted y yo, somos imperfectos.
Muchos estudios se han hecho sobre la violencia, pero la gente no ha dejado de matar en las calles, ni en las guerras.
Nuestro problema es que la sociedad es tal como existe y que tiene que ser cambiada. Sin embargo, no hemos podido lograrlo, no lo han logrado los gobiernos, ni las organizaciones religiosas ni las no gubernamentales.
Lo que se requiere es que la sociedad cambie, que todos cambiemos. Pero eso no se logra encerrando a los menores por 20 años en una cárcel.
Me pregunto si el proyecto de ley fue discutido con los menores que están en las cárceles actualmente.
Me parece que desde el principio es muy importante descubrir no sólo lo que nosotros tenemos que decir, sino lo que piensan quienes nos escuchan, especialmente si tienen conocimiento de la materia.
Tenemos la costumbre de extraer ciertas conclusiones de lo que decimos, comparándolo con lo que ya conocemos, volviéndose este ejercicio en un entretenimiento intelectual.
Una de las primeras cosas que me enseñaron mis padres fue aprender a escuchar.
Definitivamente, lo que se necesita es un cambio en la sociedad, que pongamos a un lado nuestras luchas internas, ambiciones y competencias para producir dentro en nosotros una transformación radical; no gradual, o sea, no a través del tiempo, de muchos días o muchos años, para poder cambiar inmediatamente sin aceptar el tiempo en absoluto.
En este esfuerzo estamos comprometidos quien escribe y cada uno de los que leen este escrito. Hemos venido aceptando un estilo de vida corrupto, en el cual no hay una sola gota de amor o de compasión.
Estoy convencido que todos, así como somos, podemos de algún modo producir un cambio e ir más allá a ese estado de paz que hemos buscado perpetuamente.
Me opongo a la ley que aumenta la pena a los menores delincuentes. Ellos no son los menores de otros, son nuestros menores, parte de nuestra carne y de nuestra sangre, son menores panameños; y, en muchos casos, son nuestras víctimas del sistema que diseñamos y donde los hemos obligado a vivir.