Democracia electorera frente a la democracia verdadera
La democracia como sistema de convivencia política y social tiene en sus mecanismos de autorregulación uno de sus puntos más fuertes. Es su propia conciencia de forma inacabada, interactiva, donde radica la esencia misma de su existencia. La vivencia de este sistema como tal debería servir para desmitificar esa idealización romántica que de ella se ha hecho tradicionalmente y que muchas veces impide ver que, como forma de convivencia, ha de servirnos como medio para el logro de los fines supremos de nuestra condición de seres humanos.
No podemos pretender que la democracia per sé actúe a la inversa y corrija los despropósitos de quienes tenemos entre nuestros deberes perfeccionar el sistema en el que vivimos, y ello no tiene nada que ver con perpetuar el orden imperante, a todas luces ineficiente.
En la medida en que concibamos la democracia solamente como sistema electoral, lo que transforma el acceso al poder político en el fin último de la sociedad, especialmente de algunos individuos, estaremos construyendo una sociedad sobre valores vulnerables, una peligrosa patente de corso en la que pareciese que el fin justifica los medios.
La campaña electorera 2009 ha defraudado completamente a quienes guardábamos las esperanzas de un período de propuestas concretas y viables en un país cuyos indicadores económicos generales son halagüeños, pero no así la distribución de la riqueza.
El capitalismo salvaje, que ya internacionalmente ha dejado su impronta nefasta con la llamada crisis financiera mundial, lo que muchos entienden como el colapso del modelo económico, parece reflejarse con contundencia en esta democracia nuestra más electorera que humana y solidaria.
El consumismo atroz ha llegado a las operaciones electorales, las inmoralmente millonarias campañas en los medios de comunicación demuestran que quienes más veces salen en televisión más posibilidades tienen de llegar al ansiado Palacio de las Garzas, sin importar si se presenta con una responsable y factible propuesta de gobierno. Al fin y al cabo –como tantas otras veces antes–, parece que las masas panameñas se dejan influenciar más por el jolgorio y colorido de la escogencia que por el posible desempeño de los cinco años siguientes.
De estas inquietudes nos surgen unas cuantas preguntas: ¿Por qué la legislación panameña no pone límites a las donaciones de las campañas políticas? ¿Por qué tales donaciones tienen que mantenerse en el anonimato? ¿Por qué no se regula con mayor sentido común la cantidad de propaganda política?
Desde luego con las actuales reglas del juego hay intereses que se benefician enormemente, por lo que la ciudadanía en general es la que tiene que exigir una verdadera transparencia en esta materia. A ningún candidato se le ha escuchado aún propuestas al respecto. Quizás ante el revuelo bochornoso a raíz de las donaciones a campañas políticas reflexionemos y demos un claro ejemplo de dignidad y vergüenza nacional, por el bien de nuestra costosa democracia y por la gente honesta de este país.