Democracia = Prosperidad
Cierto, pero solamente para unos pocos privilegiados, dicen algunos mal informados líderes populistas. Más de lo mismo: En los países subdesarrollados se escucha con frecuencia el argumento de que la diferencia entre los habitantes de mayores ingresos (generalmente hombres de negocio) y aquellos con menores recursos (generalmente obreros asalariados), comprueba el fracaso de la democracia.
También entre nosotros, hemos visto crecer una especie de República Mercantil, no sólo en notorio desbalance con el segmento económicamente más débil de la ciudadanía. Salta a la vista de quienes hemos tenido que alejarnos del terruño por más años de los que hubiésemos deseado, el detrimento de nuestra antes profesional y culta clase media y aun hasta de los herederos representativos de la vieja sociedad colonial, basada económicamente en la tierra, al estilo del "Acien Regime". A estos últimos, pues, también vemos disminuidos comparativamente, en términos económicos, dieciséis años después.
¿Será, incluso, más difícil hoy emular el ejemplo de jóvenes humildes que, en los comienzos de la República, llegaron a barrer un negocio o vendieron pan en las calles de sus pueblos antes de poder asistir a la escuela, pero supieron luego empinarse intelectualmente? ¡No lo creemos! Lo que sucede es que hoy, como ayer, esa posibilidad implica sacrificios mientras otros prefieren la frecuente diversión; así como también, dar la espalda a las drogas y otros vicios que siempre han existido y existirán.
Lo que algunos líderes populares parecieran no comprender en el llamado Tercer Mundo es que el problema de la polarización económica extrema es más bien característico del subdesarrollo y no de las democracias que, justamente, parecen garantizar la prosperidad generalizada dentro de enormes segmentos de la población. Ello, sin eliminar, a todo nivel de ingresos, el incentivo a la iniciativa y el esfuerzo individual, procurando al mismo tiempo paleativos y ayudas especiales para los más débiles física, mental y económicamente.
¿Será por ello que los pobres del mundo, y en particular de América Latina siguen procurando acceso (frecuentemente ilegal) al mundo desarrollado y no al revés? ¿Hemos visto acaso emigraciones masivas de pobres del Norte dirigiéndose hacia el Sur? ¿Serán nuestros pueblos de Iberoamérica capaces de aceptar algún día que son precisamente los habitantes de los llamados Países Libres, que se encuentran en mucha mejor situación económica que los que viven bajo "Hombres Fuertes", dentro de regímenes totalitarios?.
Estudios recientes colocan a la cabeza de la lista de los países más libres -pero también más desarrollados y prósperos- a Canadá, Inglaterra y los Estados Unidos, al igual que países de relativa poca población como a Nueva Zelandia, Finlandia y Dinamarca. Y... al contrario, entre los menos desarrollados, y menos libres, a Korea del Norte y Sudán, al igual que Libia, con todo su petróleo.
¿Cuánto estaremos en condiciones de aceptar que las inversiones en dinero, pero igualmente en esfuerzo humano, invitan más a planificar y a desarrollar todo tipo de iniciativas bajo un régimen de respeto a la Ley? O, por el contrario, que ello no sucede bajo la inspiración y el capricho, cuando no el desprecio burlón a la Ley y la Constitución, de parte de quienes simplemente se alzan con el poder. ¿Puede acaso esta especie de semi-dioses, garantizar cualquier cosa a semi-ciudadanos? ¿Será cierto que, incluso, consultas graciosamente concedidas por los encumbrados, son aceptadas para hacer exactamente lo opuesto de lo que recomiendan sus allegados?.
Otro aspecto digno de mención es que la muerte por hambre e inanición, que elimina a millones en Etiopía y Somalia (y se calcula que llegó a producir unos treinta (30) millones de desaparecidos en China en un año), jamás ha ocurrido en un país democrático, ni siquiera de los menos prósperos.
¿Qué influencia tiene en esto la crítica, ojalá constructiva, de la prensa no amordazada y libre? ¿Será que el ciudadano, tratado siempre como un niño, inhabilitado mentalmente para crecer, termina sin capacidad para funcionar?.
Algunas de éstas y otras reflexiones fueron expuestas recientemente en conferencias del Banco Interamericano de Desarrollo y en estudios publicados por esa conocida institución de salvaguarda democrática denominada "Freedom House". Ambos citados este fin de año en la columna que mantiene Andres Oppenheimer en el diario Miami Herald. Concluyamos entonces, de una vez por todas, que democracia equivale a prosperidad.
También entre nosotros, hemos visto crecer una especie de República Mercantil, no sólo en notorio desbalance con el segmento económicamente más débil de la ciudadanía. Salta a la vista de quienes hemos tenido que alejarnos del terruño por más años de los que hubiésemos deseado, el detrimento de nuestra antes profesional y culta clase media y aun hasta de los herederos representativos de la vieja sociedad colonial, basada económicamente en la tierra, al estilo del "Acien Regime". A estos últimos, pues, también vemos disminuidos comparativamente, en términos económicos, dieciséis años después.
¿Será, incluso, más difícil hoy emular el ejemplo de jóvenes humildes que, en los comienzos de la República, llegaron a barrer un negocio o vendieron pan en las calles de sus pueblos antes de poder asistir a la escuela, pero supieron luego empinarse intelectualmente? ¡No lo creemos! Lo que sucede es que hoy, como ayer, esa posibilidad implica sacrificios mientras otros prefieren la frecuente diversión; así como también, dar la espalda a las drogas y otros vicios que siempre han existido y existirán.
Lo que algunos líderes populares parecieran no comprender en el llamado Tercer Mundo es que el problema de la polarización económica extrema es más bien característico del subdesarrollo y no de las democracias que, justamente, parecen garantizar la prosperidad generalizada dentro de enormes segmentos de la población. Ello, sin eliminar, a todo nivel de ingresos, el incentivo a la iniciativa y el esfuerzo individual, procurando al mismo tiempo paleativos y ayudas especiales para los más débiles física, mental y económicamente.
¿Será por ello que los pobres del mundo, y en particular de América Latina siguen procurando acceso (frecuentemente ilegal) al mundo desarrollado y no al revés? ¿Hemos visto acaso emigraciones masivas de pobres del Norte dirigiéndose hacia el Sur? ¿Serán nuestros pueblos de Iberoamérica capaces de aceptar algún día que son precisamente los habitantes de los llamados Países Libres, que se encuentran en mucha mejor situación económica que los que viven bajo "Hombres Fuertes", dentro de regímenes totalitarios?.
Estudios recientes colocan a la cabeza de la lista de los países más libres -pero también más desarrollados y prósperos- a Canadá, Inglaterra y los Estados Unidos, al igual que países de relativa poca población como a Nueva Zelandia, Finlandia y Dinamarca. Y... al contrario, entre los menos desarrollados, y menos libres, a Korea del Norte y Sudán, al igual que Libia, con todo su petróleo.
¿Cuánto estaremos en condiciones de aceptar que las inversiones en dinero, pero igualmente en esfuerzo humano, invitan más a planificar y a desarrollar todo tipo de iniciativas bajo un régimen de respeto a la Ley? O, por el contrario, que ello no sucede bajo la inspiración y el capricho, cuando no el desprecio burlón a la Ley y la Constitución, de parte de quienes simplemente se alzan con el poder. ¿Puede acaso esta especie de semi-dioses, garantizar cualquier cosa a semi-ciudadanos? ¿Será cierto que, incluso, consultas graciosamente concedidas por los encumbrados, son aceptadas para hacer exactamente lo opuesto de lo que recomiendan sus allegados?.
Otro aspecto digno de mención es que la muerte por hambre e inanición, que elimina a millones en Etiopía y Somalia (y se calcula que llegó a producir unos treinta (30) millones de desaparecidos en China en un año), jamás ha ocurrido en un país democrático, ni siquiera de los menos prósperos.
¿Qué influencia tiene en esto la crítica, ojalá constructiva, de la prensa no amordazada y libre? ¿Será que el ciudadano, tratado siempre como un niño, inhabilitado mentalmente para crecer, termina sin capacidad para funcionar?.
Algunas de éstas y otras reflexiones fueron expuestas recientemente en conferencias del Banco Interamericano de Desarrollo y en estudios publicados por esa conocida institución de salvaguarda democrática denominada "Freedom House". Ambos citados este fin de año en la columna que mantiene Andres Oppenheimer en el diario Miami Herald. Concluyamos entonces, de una vez por todas, que democracia equivale a prosperidad.