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Democracia y cultura: los peligros de la autodestrucción


En mi concepción del mejor mundo posible, de aquel al cual todos los ciudadanos de un país -y, por extensión, del mundo- deberían aspirar como ideal supremo sobre el que puede y debe edificarse todo lo demás que contribuya al bienestar común (salud, educación, trabajo, vivienda, desarrollo social e intelectual, ocio creativo), son inseparables los valores que forman parte de los términos: cultura y democracia. Porque cuando hay auténtica democracia ésta se sustenta en un sólido basamento moral que no podría mantenerse en pie sin un sustrato cultural genuino, materia prima que alimenta al espíritu y, por tanto, a los más elevados ideales. Y, por otra parte, porque para que exista una cultura digna de ese nombre tiene que haber en las ideas y en los sentimientos de los hombres y mujeres que la crean, una expansiva necesidad de compartir sus manifestaciones sociales y artísticas, ya que éstas, por naturaleza, buscan ser comunidades y, no pocas veces, evaluadas; para lo que se requiere un clima de respeto y tolerancia, una retroalimentación, un interés en las maneras de ser de otros, todo lo cual no puede darse sin un profundo espíritu democrático.
Se requiere, pues, una visión amplia del mundo en que se expresan los demás, una permanente apertura y, ojalá, una disposición fraterna hacia la convivencia, sino de las personas físicas al menos de las ideas, sin afanes dogmáticos ni actitudes sectarias.
Y esta manera de interpretar la democracia, la cual tiene ancestrales asideros en la política, no puede separarse de la cultura de una civilización, de un pueblo, de un gremio e, incluso, de un individuo; pues si bien han existido siempre y siempre existirán tajantes diferencias, que a menudo conducen a rencillas, antagonismos que pueden ser irreconciliables y pasiones capaces de generar violencia, no puede desarrollarse la democracia, y mucho menos una cultura que no sea sólo referente de sí misma, sin libertad. Una libertad que, por supuesto, no puede ejercitarse si no la regulan leyes justas que, a su vez, hayan surgido de sus destinatarios mediante algún mecanismo político mayoritariamente acordado.
La elaboración de programas de desarrollo social, político y económico, en cuyos logros prospera o se estanca la sociedad, parte de la capacidad humana para articular coherentemente las ideas que luego serán llevadas a la práctica. Y su andamiaje, plasmado en moldes ideológicos expresados en un determinado lenguaje en el que las palabras connotan y denotan, anuncian y sustentan, organizan y en algún momento conducen a la acción, es el resultado elocuente o defectuoso de elucubraciones y conocimientos en los que el intelecto suele asociarse a la experiencia como resultado de la educación y la cultura de uno o muchos individuos.
Se ha dicho mucho que cultura es todo lo que el ser humano hace o crea en un momento dado o a lo largo de períodos extensos y cumulativos, ya sea dentro de los moldes rígidos o proteicos de una determinada sociedad en un momento específico de la historia, o a contracorriente de los comportamientos aceptados y mayoritarios de dicha sociedad. En ambos casos, se han erigido las aportaciones más representativas o de vanguardia propias de la tradición y de la ruptura en lo que a la obra de artistas, investigadores, creadores literarios y científicos se refiere. La libertad para pensar, investigar y crear en cualquiera de los muchos compartimientos en que la complejidad y la necesidad de especialización del siglo XX ha seccionado al conocimiento, no es posible sin una concepción democrática del mundo, tanto en su fase de especulación intelectual personalísima o de equipo, como en los indispensables mecanismos de difusión ligados al proceso enseñanza-aprendizaje.
Si la democracia no aspira a ser culta y a dejarse, a su vez, generar por los afluentes culturales que le son consubstanciales a la sociedad; y si, por otra parte, la cultura no brota de la indispensable libertad y tolerancia y respeto que le permitan ampliar su radio de acción y ser valorada por la sociedad, quienes vivimos en una parcela del mundo no seremos más que la negación de quienes habitan las demás parcelas, condenados todos indefinidamente a los siempre latentes peligros de la autodestrucción.

101 años de Panamá América

 
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