Democracia y ruptura
1 de enero de 2000. Inicia el siglo XXI panameño con la realización de un sueño. El Estado Nacional está perfeccionado. En la víspera fue coronado el proceso de transferencia del canal interoceánico y de sus áreas colindantes.
Por fin, esa parte del territorio nacional está bajo la jurisdicción y la soberanía plenas de la República de Panamá.
Durante la centuria precedente la identidad colectiva istmeña se forjó un proyecto. La tarea era titánica y demandaba una amalgama de voluntades. Recuperar ese recurso natural esencial que nos birló el expansionismo yanqui.
La identidad que construimos después de 1903 -año tras año, lustro tras lustro, decenio tras decenio- se cimentó en una reivindicación frente al extraño. Contra el norteamericano que usurpaba y mancillaba nuestro suelo. Todos, individual y colectivamente, suscribimos el empeño. Una obstinación que enlazó a panameños de los diversos segmentos sociales, pero que caló profundo en las capas medias y en las clases populares marginadas, que ligaron lo nacional a lo popular.
No obstante, la acumulación y la conjugación de esfuerzos colmaron las expectativas. Otros serían, a partir de aquí, los quehaceres del porvenir, del milenio que asomaba. La democracia política plena parece tornarse en la tarea de los nuevos tiempos. Y con los instrumentos que proporciona esa democracia, la anhelada solidaridad que reclaman los marginados del progreso y la globalización.
La nueva utopía es la democracia. Precisa, pues, desterrar los modelos insurreccionales que inflamaron a muchos hace cuarenta años. Una revolución ya no tiene cabida. Pertenece al pasado. Los que la erigieron como norte pecaron de mesianismo y voluntarismo. Ahora, como subrayó Norbert Lechner, no importa tanto qué se decide. Lo que vale es el cómo se decide.
En nuestro horizonte avizoramos, pues, la construcción del consenso. Un consenso que incluya su contrario: el disenso. Pues, el consenso -por sí solo- no es más que unidad totalitaria. Para lograr esto, necesitamos un partido amplio y participativo. No un partido de pequeño comité.
Pertenecen al pasado aquellos colectivos donde todavía impera el "¡ordene comandante!" Y esto alcanza tanto a la izquierda como a la derecha.
La emancipación social es un proceso de autodeterminación. Y más que la revolución, la ruptura pactada es el medio para edificar una voluntad colectiva que rescate la política; que reivindique la democracia.