Democracias de juguete en América Latina
Caracas (AIPE)- ¡Pobre América Latina, tan lejos de Dios y tan cerca de sí misma! Esta exclamación bien podría emplearse para caracterizar el panorama de varias de las actuales "democracias" latinoamericanas, que pasan por tales en los burocratizados cenáculos de la OEA y en algunos círculos en Washington, pero que en realidad no son más que autoritarismos disfrazados. Esta triste realidad, de paso, nada tiene que ver con la influencia del "imperialismo" u otro de los conocidos fantasmas a los que recurre nuestra izquierda para justificar el reiterado fracaso de las naciones al sur del Río Grande en establecer gobiernos estables, legítimos, respetuosos de las leyes y de la libertad individual. La precariedad de la democracia en América Latina hunde sus raíces en nuestros propios errores y limitaciones, y sólo en nosotros se encuentra un posible remedio al mal.
Llamar "democracias" a regímenes como el de Fujimori en Perú o el de Hugo Chávez en Venezuela es más que un eufemismo, es una flagrante distorsión del significado del término para referirse a una sociedad de hombres y mujeres libres. Se trata, en verdad, de democracias de juguete, afincadas en la errónea creencia según la cual un temporal apoyo de masas justifica al caudillo para hacer prácticamente lo que quiera, violentando las más de las veces el ordenamiento jurídico y haciendo mofa de cualquier noción de Estado de Derecho. En el caso particular de Chávez, personaje que gusta vestir con uniforme militar para ratificar su menosprecio por el mando civil, el caudillo venezolano ha dicho muchas veces que la democracia representativa de tradición occidental es una "falsa" democracia, y que él lucha por una democracia superior que denomina "participativa", pero no es otra cosa que el disfraz bajo el que se oculta la personalización y concentración del poder en sus manos.
Estas llamadas "democracias" de Fujimori y Chávez, entre otros, son de juguete porque son imitaciones empobrecidas de una realidad distinta, de las verdaderas democracias liberales en las que se respeta a las minorías, se protege una esfera inviolable de derechos individuales, se cuida el ordenamiento legal, se administra una justicia imparcial y se equilibran los poderes. Todos estos aspectos se hallan menguados o son inexistentes parcial o totalmente en los regímenes personalistas de los neocaudillos latinoamericanos, expresión lamentable de nuestra dificultad para acceder a la modernidad civilizada.
Resulta como mínimo desafortunado que no pocos decisores en Washington prosigan con una actitud complaciente hacia estas democracias de juguete. Ha sido especialmente reprochable la línea blanda y en ocasiones hasta entreguista del Departamento de Estado y la Embajada norteamericana en Caracas hacia Hugo Chávez y su disparatada "revolución". Pareciera que para la Administración Clinton todo puede perdonarse en tanto se celebren elecciones, no importa cuán amañadas sean éstas, y en qué condiciones se lleven a cabo. Pero la actitud de Washington es en todo caso asunto secundario. Los únicos que en última instancia podremos construir democracias verdaderas en América Latina somos nosotros, los latinoamericanos. Nadie más lo hará en nuestro lugar. (c)
www.aipenet.com
Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.
Llamar "democracias" a regímenes como el de Fujimori en Perú o el de Hugo Chávez en Venezuela es más que un eufemismo, es una flagrante distorsión del significado del término para referirse a una sociedad de hombres y mujeres libres. Se trata, en verdad, de democracias de juguete, afincadas en la errónea creencia según la cual un temporal apoyo de masas justifica al caudillo para hacer prácticamente lo que quiera, violentando las más de las veces el ordenamiento jurídico y haciendo mofa de cualquier noción de Estado de Derecho. En el caso particular de Chávez, personaje que gusta vestir con uniforme militar para ratificar su menosprecio por el mando civil, el caudillo venezolano ha dicho muchas veces que la democracia representativa de tradición occidental es una "falsa" democracia, y que él lucha por una democracia superior que denomina "participativa", pero no es otra cosa que el disfraz bajo el que se oculta la personalización y concentración del poder en sus manos.
Estas llamadas "democracias" de Fujimori y Chávez, entre otros, son de juguete porque son imitaciones empobrecidas de una realidad distinta, de las verdaderas democracias liberales en las que se respeta a las minorías, se protege una esfera inviolable de derechos individuales, se cuida el ordenamiento legal, se administra una justicia imparcial y se equilibran los poderes. Todos estos aspectos se hallan menguados o son inexistentes parcial o totalmente en los regímenes personalistas de los neocaudillos latinoamericanos, expresión lamentable de nuestra dificultad para acceder a la modernidad civilizada.
Resulta como mínimo desafortunado que no pocos decisores en Washington prosigan con una actitud complaciente hacia estas democracias de juguete. Ha sido especialmente reprochable la línea blanda y en ocasiones hasta entreguista del Departamento de Estado y la Embajada norteamericana en Caracas hacia Hugo Chávez y su disparatada "revolución". Pareciera que para la Administración Clinton todo puede perdonarse en tanto se celebren elecciones, no importa cuán amañadas sean éstas, y en qué condiciones se lleven a cabo. Pero la actitud de Washington es en todo caso asunto secundario. Los únicos que en última instancia podremos construir democracias verdaderas en América Latina somos nosotros, los latinoamericanos. Nadie más lo hará en nuestro lugar. (c)
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Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.