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Dengue, Colombia y muerte


América Latina podría convertirse, de la noche a la mañana, en una zona de desastre, si sus habitantes no toman conciencia de los acontecimientos que se reproducen en su entorno. La epidemia del dengue no es una amenaza, es una mortal realidad en la mayoría de los países del continente. Según expertos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) el dengue ha alcanzado categoría de "Pandemia" que ha reportado, de manera oficial en lo que va del año, unos 250 mil casos en América.
Cerca de medio centenar de muertes se han reportado en lo que va del año, de las cuales la mayoría de los casos son niños. De acuerdo con datos de la OPS, Brasil encabeza los casos de dengue en América Latina con 171,831 infectados, seguido de Paraguay con 24,282; Ecuador con 12,802; Venezuela con 11,801 y Colombia con 10,934 casos. En la lista de la OPS también figuran Guatemala con 4,221; Honduras con 3,559; Nicaragua con 3,277; El Salvador con 2,096; Perú 1,103; Costa Rica 814; República Dominicana 665; Argentina 565; México 413; y Panamá con 185 casos. El dengue es un problema ambiental causado por el hombre y su desaseo doméstico y de fácil solución si la comunidad asume su cuota de responsabilidad en la prevención y control.
Ante este incremento virulento del dengue, pese a campañas realizadas para le erradicación del mosquito transmisor, las autoridades de salud deberán incrementar las medidas coercitivas y sancionadoras contra quienes no eliminen los criaderos del mosquito, incluyendo hogares, industrias, talleres y comercios, paralelamente a campañas de divulgación diversas. Pero mientras el mosquito Aedes prolifera por la región, en la hermana República de Colombia los avances y expectativas del proceso de paz se mantienen congelados desde el pasado 8 de septiembre y por el contrario, se acalora la situación con la puesta en marcha del llamado "Plan Colombia" que podría intensificar e internacionalizar el conflicto que ya ha costado la vida a medio millón de colombianos.
Estados Unidos parece haberse involucrado abiertamente, una vez más, en una situación interna del vecino país. El supuesto objetivo norteamericano es el narcotráfico que aún no ha logrado controlar dentro de sus propias fronteras, pero el objetivo real es convertirse en una fuerza determinante y parcializada del conflicto armado colombiano. Para algunos observadores, se trata de un reacomodo norteamericano en la región suramericana frente al Mercosur, la incertidumbre peruana, el presidente Chávez en Venezuela y la inestabilidad política en otros países vecinos. Una movida geopolítica montada en juegos de guerra para convertir la región en zona de alto riesgo, en donde cualquier cosa puede pasar. Se nos ha querido convencer que se pretende detener el comercio de la droga en la fuente, en el inicio de la cadena de producción, cuando no se necesita ser un genio financiero para comprender que la economía de las drogas constituye un verdadero circuito mundial cuya mayor rentabilidad y ganancia está en la importación y venta en el mercado demandante. Las grandes metrópolis, incluyendo Estados Unidos, movilizan grandes masas de dinero, calculadas en 3 mil millones de dólares diarios, producto de la comercialización de sustancias prohibidas, sin que a lo interior de esos países se detengan y juzguen a los responsables.
Habrá quienes dentro o fuera de Colombia, promuevan una salida violenta argumentando que la negociación no niega la confrontación, como si no fueran vidas humanas las que estuvieran en juego, como si la estabilidad y la paz colombianas no importaran, como si los países vecinos de Colombia fuéramos ciegos para no ver el alto riesgo que implica desbordar la confrontación armada hacia una guerra civil generalizada y peligrosa internacionalización del conflicto.
El financiamiento de 1,300 millones de dólares hecho por EE.UU al Plan Colombia tiene un altísimo componente militar, contrario a lo que la paz demanda como la reconversión de los cocaleros en otros cultivos, reforma agraria, créditos y asistencia al campesino, titulaciones de buenas tierras cercanas a centros de consumo, becas y talleres educacionales, en fin, un plan humano y justo para el desarrollo, para la vida y no para la destrucción. Los demonios de la muerte han escapado enloquecidos de su infierno y preparan emboscadas en distintas esquinas del mundo con el fin de apresurar un Apocalipsis. El momento demanda de nosotros apelar y aferrarnos a nuestra más divina esencia humana para exorcizar a los conjurados y construir el reino de la paz terrenal.

101 años de Panamá América

 
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