Dengue y otras pestes
El dengue y sus formas potencialmente fatales -el dengue hemorrágico y el síndrome de choque del dengue- se han intensificado alcanzando niveles alarmantes en este último quinquenio. A medida que se deterioraron en Panamá las campañas de erradicación del aedes aegypti durante la última década, el mosquito proliferó y se propagó por todas las provincias, distritos y rincones del país.
El dengue es un problema vinculado principalmente con el saneamiento del medio domiciliario; es decir, que la comunidad es principalmente responsable de su control. Sin embargo, las autoridades de Salud tienen la responsabilidad de realizar y dirigir las acciones para la erradicación de la enfermedad, cosa que no se ha venido haciendo desde que les resultó más fácil culpar a la población y dejar que sean los municipios los que realicen las tareas de limpieza y control.
Al colmo ha llegado el Ministerio de Salud (MINSA), que cuando caen los índices de infestación, por las labores de la comunidad y de los municipios, saltan a los medios de comunicación social para decir que ello es consecuencia de la buena labor de control por parte de dicho ministerio.
Lo cierto es que Panamá ha erradicado varias veces el mosquito de las áreas urbanas en el pasado, siendo la última vez en los años 70, pero ahora parece haber perdido la batalla para siempre.
Tenemos que acostumbrarnos a convivir con los aedes aegypti. Tratemos de controlarlos o, al menos, impedir que nos infectemos con el virus.
Los vectores más importantes del dengue, aedes aegypti y aedes albopictus, se pueden controlar por medios físicos y sin el uso excesivo de sustancias químicas. A diferencia de los antiguos programas centralizados, esas pautas ponen énfasis en las distintas formas de transferir a la comunidad la responsabilidad, capacidad y motivación que requieren el control y la prevención del dengue.
El deterioro de los programas de salud es tan acentuado que la comunidad nacional está en franco peligro de ser víctima de cualquier epidemia que aparezca en cualquier país con acceso a nosotros.
A los que hemos trabajado en Salud nos sorprende la desidia, la abulia, "el poco-me-importa" con que encaramos problemas sanitarios serios. Es el caso de la malaria, la cual ha regresado para quedarse y envenenar a toda la población con su ponzoña; del dengue que comentamos; de la tuberculosis que campea por nuestras áreas pobres; del SIDA que está minando la salud y la vida de nuestros jóvenes.
El colmo sería que reaparecieran las otras enfermedades que tanto nos ha costado erradicar, como la poliomielitis, la difteria, la tosferina, etc., y que como jinetes del Apocalipsis regresen al istmo diezmando y matando a diestra y siniestra. Reconvirtamos al MINSA en un ministerio de salud y de vida contra las pestes, contra la desolación y la muerte.
El dengue es un problema vinculado principalmente con el saneamiento del medio domiciliario; es decir, que la comunidad es principalmente responsable de su control. Sin embargo, las autoridades de Salud tienen la responsabilidad de realizar y dirigir las acciones para la erradicación de la enfermedad, cosa que no se ha venido haciendo desde que les resultó más fácil culpar a la población y dejar que sean los municipios los que realicen las tareas de limpieza y control.
Al colmo ha llegado el Ministerio de Salud (MINSA), que cuando caen los índices de infestación, por las labores de la comunidad y de los municipios, saltan a los medios de comunicación social para decir que ello es consecuencia de la buena labor de control por parte de dicho ministerio.
Lo cierto es que Panamá ha erradicado varias veces el mosquito de las áreas urbanas en el pasado, siendo la última vez en los años 70, pero ahora parece haber perdido la batalla para siempre.
Tenemos que acostumbrarnos a convivir con los aedes aegypti. Tratemos de controlarlos o, al menos, impedir que nos infectemos con el virus.
Los vectores más importantes del dengue, aedes aegypti y aedes albopictus, se pueden controlar por medios físicos y sin el uso excesivo de sustancias químicas. A diferencia de los antiguos programas centralizados, esas pautas ponen énfasis en las distintas formas de transferir a la comunidad la responsabilidad, capacidad y motivación que requieren el control y la prevención del dengue.
El deterioro de los programas de salud es tan acentuado que la comunidad nacional está en franco peligro de ser víctima de cualquier epidemia que aparezca en cualquier país con acceso a nosotros.
A los que hemos trabajado en Salud nos sorprende la desidia, la abulia, "el poco-me-importa" con que encaramos problemas sanitarios serios. Es el caso de la malaria, la cual ha regresado para quedarse y envenenar a toda la población con su ponzoña; del dengue que comentamos; de la tuberculosis que campea por nuestras áreas pobres; del SIDA que está minando la salud y la vida de nuestros jóvenes.
El colmo sería que reaparecieran las otras enfermedades que tanto nos ha costado erradicar, como la poliomielitis, la difteria, la tosferina, etc., y que como jinetes del Apocalipsis regresen al istmo diezmando y matando a diestra y siniestra. Reconvirtamos al MINSA en un ministerio de salud y de vida contra las pestes, contra la desolación y la muerte.