Deportación de Zelaya
En qué parará el caso de la deportación del presidente de Honduras, Manuel Zelaya, es un enigma del que nada bueno puede colegirse. Que para ello lo hayan sacado de su cama y en piyama, revela una clara disposición con ánimo sañudo y humillante, cualquier que fuese el nivel de gravedad de su conducta. Lo que sensata y legalmente correspondía era un procedimiento muy distinto. Debió habérsele detenido y ponerlo a órdenes de tribunal competente para juzgarlo y dársele oportunidad a que hiciera sus descargos y luego sentenciarlo o no a purgar condena.
El procedimiento adoptado contra él fue carente de elegancia. Ahora viene lo más serio del caso: El régimen golpista le ha hecho saber a la OEA, que trató de negociar con él el retorno de Zelaya al poder, que haga lo que quiera porque el caso se considera cerrado.
Por otra parte, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha proclamado por televisión un ultimátum al nuevo gobierno hondureño con apercibimiento de que, de no permitirle a Zelaya regresar al poder, él se encargaría de ir a imponerlo. En otras palabras, un volcán pudo haber estado a punto de erupción. Pero el nuevo gobierno se ha mostrado firme en su posición y Chávez, acertádamente, parece que no llevará a cabo su amenaza.