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Derecho, Justicia y Dios


Sabía que iba a ser sometido a un juzgamiento. Que todo dependería de un cuerpo de jurados integrado por personas de la comunidad. Que ellos tendrían que tomar una decisión en conciencia. La causa: homicidio. En la prisión, los compañeros de celda le habían advertido que ser juzgado por un cuerpo de jurados era como jugar a la lotería, que era cuestión de suerte. Algunos de ellos lo asesoraron que cuando se presentara, en el día de la audiencia, ante esos señores del jurado, se hiciera acompañar de la Biblia y que nunca la soltara, que llorara y hasta gritara.

Llegó el día de la audiencia, su rostro, según los policías que lo custodiaban, daba muestras de mucha aflicción, de angustias sin fin y se advertía que de vez en cuando dejaba correr por sus mejillas algunas pesadas y espesas lágrimas. ¿Desea Usted dirigirse al jurado?, fue la pregunta que en su momento le hizo el Magistrado que presidía la audiencia. “Sí señor, es mi deseo dirigirme al jurado”, respondió tímidamente el acusado. Puesto sobre los pies y Biblia en pecho, dijo: “Dios sabe que soy inocente, no tengo más nada que decir” y acto seguido soltó un crudo llanto que hasta al más incrédulo e indiferente, entre los presentes, se conmovió.

Vino el alegato del fiscal, luego del defensor. El defensor también lloró: “pobre criatura” decía, víctima de una infamia, de una patraña procesal, injuriado, ahora enfrenta mi cliente este penoso juicio. “Todo dependerá de ustedes”, seguía advirtiéndole al jurado: “Ustedes son los que deciden”. El jurado compró, cual exótico producto en vitrina, lágrimas, llanto, alegatos y todo cuanto dijera a favor del acusado. La decisión: Inocente.

Llegó el acusado a la celda que hay en la Corte y que ha sido hecha para mantener allí, de modo temporal, a todo acusado que habrá de enfrentar un juicio. El policía que antes había visto a un alma noble aferrarse a la Biblia, llorar, orar, rezar, y todo cuanto pueda ser expresión de imploración a Dios, le dice: ¡Qué bueno, Dios te ha salvado y te ha dado una nueva oportunidad¡. Realmente el policía, muy crédulo, estaba feliz por su ex prisionero. El declarado inocente, ahora con mirada fría, calculadora, con ojos de mofa y de burla, con rostro de Judas o de Caifás, con tono de soberbia, dirigiéndose al policía le dice: “Déjese de cuentos que todo eso fue para convencer al jurado, ahora voy por lo mío”. Casi desfallece el pobre policía, no podía creerlo. Cosa veredes Sancho, decía Don Quijote.

No habían pasado siquiera tres meses, ahora la historia se cuenta: Quien creía haberse burlado de Dios, encontrándose en una cancha, de esas que son propias de barrios, entretenido en la diversión del juego comunal, llegó un ciudadano, de esos para quienes no hay Dios ni Ley, sacó el arma, apuntó sobre la anatomía del muchacho y sin piedad, sin contemplaciones, disparó a granel, con total y absoluta indiferencia, sobre su cuerpo. Muerte instantánea. Este relato no es broma, realmente sucedió en el Segundo Tribunal Superior de Justicia de Panamá. Nos podemos burlar de los hombres, cierto, pero de Dios? No fui el abogado, pero hay un Magistrado que da fe de este hecho, según se lo relatara el propio policía.

101 años de Panamá América

 
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