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Descentralización: Precio de la unidad


Llegar a la representación electoral por vías del voto popular implica un tácito reconocimiento del sector o circuito electoral que la confiere al liderazgo generado por el candidato. Difícilmente el electorado selecciona un aspirante al que no le profesen confianza o vínculos de simpatía. Algún trabajo o relación ha tenido que desarrollarse más allá de la propaganda, para tal identificación y selección. No precisar esta simbiosis, equivale a subestimar al electorado y a los elegidos. Situación que lleva a cometer errores de apreciación importantes, al momento de aplicar procedimientos políticos para el manejo de grupos y decisiones que están dirigidas a favorecer posiciones e intereses de partidos o personas (dirigentes), que a sectores o comunidades a través de sus representados.
Partir del principio erróneo de que las "curules" de legisladores y representantes se deben a los partidos, es una manifestación confirmada de lo anterior. Es como decir que el líder es el partido y no la persona. Cuando éste es sólo el vehículo, el vínculo organizado para tal fin. Son, efectivamente, los líderes, quienes hacen al partido, conducen a los ciudadanos a la inscripción y luego al voto. De ahí la necesidad de emerger y convivir entre la comunidad que lo elige. Contrario sería que el partido seleccione un listado para ofertarle a la comunidad, sin contemplar el vínculo, la voluntad de servicio y todas las condiciones que exige el elector para votar.
Cuando no hay claridad, de que los liderazgos sectoriales, son los pilares de las organizaciones políticas. Que de sus sumatorias dependerán el éxito o las derrotas de los partidos y sus candidaturas superiores; y no de forma contraria. Aún en los tiempos del caudillismo político, éstos necesitaron siempre de los líderes naturales, gremiales, etc.
Como producto de esta falsa percepción, se han producido deserciones, tendencias, reagrupamiento, rebeldías, etc. que por autonomía propia han buscado fórmulas y procedimientos para encontrar las respuestas que más los acerquen a las soluciones que les exigen sus electores. Los líderes circuitales, en todos sus niveles y sectores, son los inversionistas, y los obreros políticos construyen en su actividad las bases y fortalezas del partido.
Las cúpulas, si bien tienen un rasgo de liderazgo, éste se lo concede la estructura de las directrices naturales del partido. Acordémonos que la comunidad no vota en las primarias, ni en los eventos inherentes de los colectivos. O, sea el liderazgo de las cúpulas será la sumatoria de los liderazgos naturales internos. Cuando la conducta de la cúpula es amplia, participativa y apegada a los principios que deben seguir los partidos, éstas encuentran apoyo irrestricto de la estructura de liderazgos, y la unidad del colectivo se hace sentir. Cuando tal procedimiento se altera y surgen actividades y directrices sectarias de las cúpulas, se lesiona la unidad de objetivos e intereses, fracturándose la disciplina, los procedimientos y el espíritu de asociación que priman en los partidos.
Introducir en la dirección de los partidos, el germen del "juega vivo", so pretexto de "encaudillar" postulaciones, proyectar liderazgos absolutos, en fin fortalezas inexistentes, es incorrecto. Sabemos que todo dirigente no necesariamente es o no tiene liderazgo reconocido (por el voto popular). Ello lo comprueba los miembros de cúpulas, que no representan la voluntad popular (o sea, no son: representantes, legisladores, alcaldes etc.)
De ahí que deban negociarse los apoyos regionales en las estructuras del partido, con los líderes de cada representación o circunscripción electoral. Pretender imponer decisiones o líneas generales a toda una organización que representa circunstancias e intereses tan variados y múltiples, por sus propias características, es anti-dialéctico. Las circunscripciones electorales y sus dirigentes deben tener la posibilidad de adoptar sus estrategias que los conduzcan a los objetivos generales del colectivo.
En reiteradas ocasiones escuchamos posiciones que se oponen a que líderes con representación popular permanezcan en las cúpulas de los partidos, concentrando y centralizando mayor poder que el resto de los liderazgos, cuando lo apropiado para el mejor funcionamiento de los partidos está precisamente en la descentralización, política y administrativa, hacia las circunscripciones o áreas de organización de los partidos y la sociedad. La concentración del poder en manos de las cúpulas es contradictorio con los postulados y programas de aperturas económicas, participación social, y desarrollo democrático.
Quienes pretendan favorecerse del voto popular, deberán dar muestras de los postulados y práctica de las políticas antes señaladas, de lo contrario, su abyección a las prácticas políticas de acumulación de poder y riqueza, terminarán fraccionando la necesaria unidad de los partidos.

101 años de Panamá América

 
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