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Desde su ángulo


En estos tiempos que vivimos, todos gozamos del derecho de ver las realidades que se desarrollan ante nosotros con nuestra propia manera de ver. Es decir, desde nuestro ángulo. Algunas veces de un modo acertado y evidente, otras de un modo muy personal y con la invitación a pensar. Recuerdo aquella frase del inglés que decía: "thought provoking" (invita a pensar). Hablando de temas eclesiales les presento parte de una entrevista a un líder religioso católico de nuestro tiempo.
Se le interrogó sobre la supervivencia de la Iglesia en el tercer milenio y respondió:
"La Iglesia debe buscar su propio misterio, pero también descubrir lo que el hombre busca y o que ella no parece proponer. A menudo el misterio cristiano se reduce a los aspectos de los valores humanos: la fraternidad y la justicia, la libertad y la razón. Se celebra la asamblea cristiana, pero no la memoria eucarística de Jesucristo. Sin duda, la Iglesia favorece y defiende el florecer de lo humano y de sus valores esenciales, pero proclama que lo humano y sus valores deben su razón de ser a Cristo, en el que encuentran su única verdad y su cumplimiento".
¿Cómo vivir en el mundo sin convertirse en esclavos de las modas del mundo?
"En su historia, la Iglesia ha conocido tanto la preocupación de San Pedro de confirmar a sus hermanos, como el impulso misionero de San Pablo de ir a todas las naciones. Se trata de distintos acentos, porque el Espíritu no ha dejado nunca que la Iglesia se encerrase en sí misma, sino que le ha hecho sentir que ella existe para la salvación del mundo. De ahí que este esfuerzo apostólico, llamado de frontera, donde nada de lo que es humano queda fuera de la Iglesia. Algunos cristianos en las trincheras de frontera se han dejado apresar por el mundo. El drama de algunos sacerdotes obreros, de algunos teólogos de la liberación, de utópicos de una tercera vía como los cato-comunistas, es el ejemplo. Sobre todo, algunas instituciones católicas que por salir de una mentalidad de ghetto, querrían ser en todo, según las modas del mundo, arriesgan mucho su razón de ser católicas. Estas instituciones, que sólo permanecerán explícitamente fieles a su identidad católica, pueden prestar su mejor servicio al mundo.
Puede darse que los cristianos, al menos en cierto número, parezcan cansados, viejos y gastados. Los musulmanes parecen más devotos que ellos. Sin embargo, la Iglesia sigue siendo joven y nueva. Todo papel producido por la burocracia eclesial no puede ahogar el Aleluya de Pascua que conserva a la Iglesia joven, no de edad sino de espíritu y corazón. Es como la estructura de la basílica de San Pedro que, a pesar del peso arquitectónico, no puede ocultar el haber sido construida para llevar sobre la cúpula la cruz, la única esperanza.
El Concilio ha sido mal traducido. Tanta racionalidad ahoga el misterio y por reacción, hay fenómenos de devoción patológica.
Tras el Vaticano II, la Iglesia ha sido muy cerebral. El pueblo tiene necesidad también del corazón. Todo viene de un error de interpretación del Concilio. Incluso, el haber racionalizado la liturgia ha cancelado muchas tradiciones, poniendo en dificultad al pueblo de Dios. Una corriente teológica en Occidente siente la necesidad de racionalizar la fe para mantener a la teología en la reflexión científica. El riesgo es ahogar el misterio que la fe profesa. El Oriente cristiano ha mantenido la tradición de una teología orante que es consciente de acoger la gloria de Dios en la inteligencia humana. Sin duda, la oración y la vida de fe tienen necesidad de ser sostenidas o iluminadas por la reflexión teológica, pero la piedad no se hace con los labios se hace con el corazón".
"Tras un primer milenio en que la Iglesia de Cristo estuvo, más o menos unida, el segundo milenio, el nuestro, ha sido el de las divisiones y cismas, el de las guerras de religión. Esperamos que se llegue en el tercer milenio, a una unión según el deseo de Cristo. Pero hay que recordar siempre que la causa de las rupturas no es de orden puramente sociológico, sino que tiene sus raíces en el pecado. Ya no se trata de discutir al más alto nivel, sino de dar pasos espirituales de confesión de este pecado y de convertirse a un amor que supera todas las tentaciones y las divisiones. No se trata solamente de purificar la memoria de nuestras luchas fratricidas o de olvidar todo un pasado de odio entre humanos que perdura, sino de acoger juntos la reconciliación que sólo viene de Dios. A nivel puramente doctrinal, las iglesias ortodoxas están más cerca de nosotros que las protestantes. De hecho, la Iglesia Católica tiene mucho menos en común con la Iglesia de la reforma. Quizás se tenga la impresión de que algunas diferencias doctrinales son obstáculos insuperables para la unión. Está claro que el diálogo entre los teólogos, aunque indispensable, no basta. El pueblo de Dios, que vive y cree al margen de preocupaciones teológicas, debe purificar la carga de una historia dolorosa". Hasta aquí el distinguido líder entrevistado.

101 años de Panamá América

 
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