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¿Desea la ACP otro 11 de septiembre?


Un despacho procedente de Washington D.C. informó el lunes pasado que el buque británico "Pacific Sandpiper" zarpó de Inglaterra y se dirigió a Francia para recoger un cargamento de 61 toneladas de basura nuclear distribuida en 152 cilindros de material vitrificado altamente radioactivo, que según los ecologistas de Greenpeace Internacional, es "un Chernobyl flotante" que corre el riesgo de ser blanco de terroristas. El barco con su carga letal partió de Cherburgo, Francia, rumbo al Japón a las 19:55 horas GMT el 5 de diciembre, escoltado por cuatro fragatas francesas hasta que ingresó a aguas internacionales. Greenpeace estima que llegará a Cristóbal, el 20 ó 21 de diciembre para transitar en vísperas de Navidad por el Canal de Panamá en su ruta hacia el Japón.
A medida que transcurre el tiempo puedo comprobar que cuando empecé a escribir hace más de un año sobre el peligro que entraña el transporte de desechos radioactivos en barcos que cruzan el Canal, no estaba escribiendo una historia incongruente. Por el contrario, después de lo ocurrido en Nueva York y Washington el 11 de septiembre, sabemos que ninguna medida de seguridad, que ningún riesgo es controlable y que ningún sistema de defensa es infalible frente al terrorismo, esto es, frente a quienes están dispuestos a afrontar la muerte o a suicidarse para cumplir sus fines, por inhumanos que estos sean.
Después del 11 de septiembre, todo el mundo sabe que cualquiera sea la filiación que reclamen los terroristas, ya sea política, religiosa, ideológica o demencial, en los tiempos que corren, los medios a los que el terrorismo recurre son pavorosamente técnicos y con frecuencia altamente sofisticados.
Nada, por tanto, permite creer a ciegas en que los buques que transportan cargamentos radioactivos puedan ser calificados de ser un riesgo razonablemente controlable como insensatamente afirman algunos, frente a la posibilidad de ataques terroristas.
Hace pocos días un conocido científico que trabajó para el gobierno de Irak, mejorando la versión de los misiles soviéticos Scud, el ingeniero español José Luis Torres Cuadra, dio cuenta desde Almería de un testimonio acerca de los móviles, propósitos y planes de bin Laden. En declaraciones a la prensa dijo que de fuentes muy solventes, entre los verdaderos objetivos de bin Laden estaba su propósito de afectar el tránsito en los cuatro estrechos principales por donde fluye el comercio internacional hacia occidente: 1) en el estrecho de Ormuz entre las costas de Irán y la de la Península de Arabia que comunica al Golfo Pérsico con el de Omán; 2) en el Canal de Panamá que franquea el paso entre el Atlántico y el Pacífico; 3) en los estrechos turcos del Bósforo y los Dardalenos que separan Europa de Asia; 4) en el Canal de Suez que comunica al Mediterráneo con el Mar Rojo. Este, según fuentes muy solventes al decir del ingeniero Torres Cuadra "sería el gran acto terrorista de bin Laden". (El mundo, Madrid, Nov. 10 de 2001) Es preciso entender que después del 11 de septiembre el mundo entero ha tenido que dejar de pensar solamente en los riesgos clásicos.
Nuevos riesgos afectan a la humanidad entera y hay que buscar la manera de asumirlos con responsabilidad. Son ilusos quienes obnubilados por el poder, la arrogancia, la vanidad y la autosuficiencia se atrevan a asegurar que el tránsito de cargas radioactivas por el Canal de Panamá sea en todo momento un riesgo razonablemente controlable. Quienes así piensan deben mirarse en el espejo de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y en la edificación del Pentágono de Washington.
No son admisibles las actitudes pasivas. En el caso específico del transporte marítimo de desechos nucleares radioactivos, una actitud vigilante se viene desarrollando no sólo en Europa y en América del Norte. Australia, Nueva Zelandia, América del Sur, Centroamérica, el Caribe, han dado claras señales de que las preocupaciones y objetivas manifestaciones multilaterales no podrán ser acalladas ni asfixiadas con dogmas acerca de la seguridad máxima o del riesgo razonablemente controlable, que según los interesados en este comercio, caracteriza a estos embarques.
Tenemos un buen ejemplo de esta posición preventiva. La demanda presentada por Irlanda en el Tribunal Marítimo de la Convención sobre el Derecho del Mar con sede en Hamburgo, está dirigida a impedir que Inglaterra ponga a funcionar una planta de combustible nuclear (MOX) en Sellafield a sólo 60 millas de Dublin. En contraste con el libre tránsito de carga radiactiva, por el Canal de Panamá, en Europa se desea prevenir el tránsito de material radioactivo a través del mar de Irlanda. Irlanda le exige responsabilidad al Reino Unido no sólo por su negligencia en tomar medidas para prevenir la contaminación sino por dejar de considerar cabalmente los riesgos de ataques terroristas, sin contar con un plan para responder a tales ataques y por no cooperar con Irlanda en llevar a cabo a plenitud una evaluación de impacto ambiental. Hace pocos días se celebró en Panamá una reunión de OPANAL y en esa reunión el tema de la peligrosidad de los buques con cargamento radioactivo ocupó un espacio importante.
América Latina y el Caribe deben tener, en relación con los cargamentos marítimos de desechos radioactivos, una posición coherente con la decisión tomada en el Tratado de Tlatelolco, de hacer de nuestra región una región libre de armas nucleares. Hay que hacer de América Latina y el Caribe una región libre de los peligros y riesgos nucleares de toda índole.
Dentro de pocos días se anticipa que tendremos otro barco -el Pacific Sandpiper- cruzando el Canal en su ruta desde Francia hacia el Japón. Su cargamento es tan gigantesco que muchos lo han rebautizado como un Chernobyl flotante. Se ha mencionado, no sin fundamento, que ese barco pasará por el Canal de Panamá porque esto les resulta fácil, barato.
Es de suponer que otra vez tendremos la oportunidad de percibir que la Autoridad del Canal tiene sobre este tema una actitud conservadora, que insistirán en que semejante cargamento no representa riesgos ni para la población ni para el Canal ni para el medio ambiente. Tal actitud es inconsecuente después de lo ocurrido el 11 de septiembre.
Es cierto que sobre este tema hay que evitar que se entable un debate confuso y pasional. Es igualmente cierto que la opinión pública se está haciendo alrededor de este tema una conciencia creciente.
Nadie tiene interés en molestar al lobby nuclear ni a los personeros de ningún establishment. Pero los pueblos no quieren ver víctimas del silencio de los responsables, ni de su falta de previsión.

101 años de Panamá América

 
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