default

Desenfreno y nacionalidad


Dados los caracteres de degradación, de masivo desempleo y de crisis general que saturan la sociedad panameña actual, no resultó extraño que la celebración carnavalesca última hubiera asumido los trazos de tragedia que la prensa dio a conocer hace pocos días. Las cifras estadísticas en materia de homicidios y muertes por accidentes de tránsito se incrementaron de manera catastrófica. Más de treinta muertos, ya por una causa, ya por la otra, que sobrepasaron en números las cantidades del año anterior. El incremento negativo resulta muy explicable, pues las condiciones económicas y sociales de hoy determinan que en ese ángulo de vida social seguiríamos un macabro ascenso. Ninguna sociedad puede superar esta clase de situaciones generales, de la noche a la mañana, sobre todo cuando la pendiente que tiene por delante es en extremo alarmadora.
Cada vez más los carnavales y la tendencia a trasladarnos a las provincias centrales propician las variadas clases de excesos que desataron en lo que todavía debemos llamar carnavales panameños. El desenfreno fue mayúsculo en todas partes, pues la lógica no avanzaba distintos resultados. Los vestidos costosos, exóticos y extravagantes de las "reinas del carnaval", se extendieron a varios distritos que anteriormente no participaban en este desatado jolgorio. Los acostumbrados gastos de dinero no se quedaron atrás, pues las celebraciones carnestoléndicas de estos tiempos paradójicamente continúan señalándonos como imitadores del carnaval brasileño. Pero allá hay un país inmenso, cuyos gobernantes y pueblo ya saben lo que deben hacer, en un aspecto que ese país domina cómo debe hacerle frente a una tradición que tiene sus elementos realmente artísticos y muy humanos. Acá parece que resulta todo lo contrario, al menos hasta ahora.
El abajamiento carnestoléndico de por aquí, de innegable y muy baja ley, ahonda los preparativos fastuosos y hasta degradantes, porque quienes carecen de dinero suficiente se hunden hasta el cuello, para ahogar las penas, sin que parezca aconsejarles una experiencia que puede ser propia o extraña, pero que de todos modos debería generar "gomas de conciencia o arrepentimiento". Mas no es así. Todos los años, hasta la actualidad, las cosas siguen peores caminos. Lo que distancia las posibilidades de que nuestra sociedad pueda percatarse de que es necesidad ir haciendo a un lado los señuelos de sodomas y gomorras que siempre están conquistando adeptos.
222 El desenfreno fue mayúsculo en todas partes, pues la lógica no avanzaba distintos resultados.
No se trata de pregonar un moralismo o un sentimiento de culpa que a nada contribuyen. Es preferible que se señalen los incalculables daños de toda clase que van minando la franja poco ancha de conciencia colectiva que todavía queda y que tanto necesita nuestra débil nacionalidad. Y que todos comprendamos cómo ésta se hunde poco a poco, y cada vez más, en el pantano de sus lacras, difíciles de sanar a corto plazo. Y mucho más cuando no hay ideas claras sobre la urgencia del fortalecimiento de lo positivo que nos va quedando, y que cuando menos deberíamos hacer toda clase de esfuerzos para mantenerlo. Los esfuerzos superadores deben venir de quienes tienen mayor cuota de responsabilidad, pues es triste que ésta no la comprendamos. Aquellos estratos sociales afectados por un destino adverso tienen pocas reservas anímicas, para retornar a prácticas ennoblecedoras para nuestro pueblo. Es esta situación lo que más nos mueve a hilvanar estos sinceros párrafos. Y debemos ser un tanto más creativos y más edificantes al presentar nuestros repertorios de carnaval.
A pesar de los señalamientos poco estimulantes que anotamos, ellos se explican porque abrigamos sin rendimientos pusilánimes una gran confianza en las fibras de resistencia que ha tenido siempre nuestro pueblo y porque deseamos brindar un grano de arena en el trabajo esforzado que muchos debemos propiciar, cada cual en su esfera de posibilidades y de responsabilidades, para que recobremos fuerzas morales perdidas, que necesitamos inaplazablemente y que podemos recuperar.
Por último, es importante que no olvidemos que la Ley de Responsabilidad Fiscal, impulsada por el gobierno, es producto del consenso nacional, como resultado del esfuerzo de representantes de todos los sectores del país y constituye un marco regulativo para dar sostenibilidad a una política fiscal disciplinada y orientada a mejorar en el mediano plazo nuestros resultados fiscales. Ante esta realidad, los panameños tenemos el deber y el derecho de estar atentos de su cumplimiento, pero con sensatez, con responsabilidad, con seriedad, pensando en que el interés del país hace indispensable que aquellos aspectos relacionados con la economía de la nación sean tratados al margen de los intereses políticos partidistas y con la amplitud de criterio que nos permita no sólo teorizar sobre estos temas, sino que el análisis se haga dentro de las posibilidades reales del país.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América