Desintegración política Post Referéndum
Después de la polarización de posiciones expuestas en el referéndum, la sociedad política viene registrando un proceso de desintegración interna que pareciera regirse por las leyes biológicas de la cariocinesis, que dividen en dos, en progresión geométrica, las células de los organismos. Pocas veces se ha visto un frenesí divisionista tanto en las filas del gobierno como en las dos de la oposición. Las desmedidas ambiciones personales se imponen al imperativo categórico de la unidad política en vísperas de recibir el control del Canal y de todas las áreas revertidas y sus instalaciones.
En el PRD cada día se hace más perceptible que las tendencias y personas que estaban represadas políticamente por el centralismo de poder en manos del Presidente de la República y Secretario General del partido han desbordado los diques de la mesura. Cada día aparecen uno o dos candidatos dentro o fuera de los registros del PRD. Inclusive se ha planteado la reforma de los estatutos para aceptar a un candidato independiente.
En la generalidad de los casos se aprecia una gran confusión de criterios sobre los requisitos que debe mostrar una persona para pretender una candidatura a la presidencia de la República. Ciertamente, no es suficiente llevar el apellido de un político popular o simplemente poseer un deseo muy subjetivo de figuración política. Otros precandidatos no han entendido las moralejas del referéndum y aspiran a la postulación presidencial sin querer asumir responsabilidades políticas por los resultados desastrosos de la estrategia y la campaña en las que estuvieron inmersos.
Igualmente en los partidos de oposición predomina hasta el momento el síndrome divisionista, que llevó al desenlace de las elecciones de 1994. Podría parafrasearse la expresión atribuida a los reyes borbónicos: nada han olvidado, nada han aprendido. Las elecciones primarias del arnulfismo dejaron como resultado un ganador y un perdedor. Pero el veredicto de las bases no fue suficiente para dilucidar la controversia. Por el contrario, las diferencias mal disimuladas de antaño se han profundizado y generalizado en uno y otro bando. Si esa tendencia marginalista se llegara a concretar en candidaturas, se crearía un movimiento cismático que afectará gravemente a la oposición.
Pero la verdad es que el cisma está latente en los viejos partidos de cepa caudillista que, por una u otra razón, se niegan a concertar con los grupos de solvencia popular, al parecer, porque no se aceptan sus exigencias de lograr la primera o segunda vicepresidencias. Y no faltan, por cierto, los micropartidos a la búsqueda de acomodo o subsistencia a cualquier precio. Ante este panorama no queda otra cosa que decir que Panamá merece mejores políticos, que piensen en el país y no en ambiciones particulares.
En el PRD cada día se hace más perceptible que las tendencias y personas que estaban represadas políticamente por el centralismo de poder en manos del Presidente de la República y Secretario General del partido han desbordado los diques de la mesura. Cada día aparecen uno o dos candidatos dentro o fuera de los registros del PRD. Inclusive se ha planteado la reforma de los estatutos para aceptar a un candidato independiente.
En la generalidad de los casos se aprecia una gran confusión de criterios sobre los requisitos que debe mostrar una persona para pretender una candidatura a la presidencia de la República. Ciertamente, no es suficiente llevar el apellido de un político popular o simplemente poseer un deseo muy subjetivo de figuración política. Otros precandidatos no han entendido las moralejas del referéndum y aspiran a la postulación presidencial sin querer asumir responsabilidades políticas por los resultados desastrosos de la estrategia y la campaña en las que estuvieron inmersos.
Igualmente en los partidos de oposición predomina hasta el momento el síndrome divisionista, que llevó al desenlace de las elecciones de 1994. Podría parafrasearse la expresión atribuida a los reyes borbónicos: nada han olvidado, nada han aprendido. Las elecciones primarias del arnulfismo dejaron como resultado un ganador y un perdedor. Pero el veredicto de las bases no fue suficiente para dilucidar la controversia. Por el contrario, las diferencias mal disimuladas de antaño se han profundizado y generalizado en uno y otro bando. Si esa tendencia marginalista se llegara a concretar en candidaturas, se crearía un movimiento cismático que afectará gravemente a la oposición.
Pero la verdad es que el cisma está latente en los viejos partidos de cepa caudillista que, por una u otra razón, se niegan a concertar con los grupos de solvencia popular, al parecer, porque no se aceptan sus exigencias de lograr la primera o segunda vicepresidencias. Y no faltan, por cierto, los micropartidos a la búsqueda de acomodo o subsistencia a cualquier precio. Ante este panorama no queda otra cosa que decir que Panamá merece mejores políticos, que piensen en el país y no en ambiciones particulares.