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Despedida


Me despido de los lectores panameños con esta pequeña nota, porque ya no escribiré sobre el panorama político actual. Este 4 de abril parto para Nueva York en viaje de investigación. Después debo intensificar mis clases de italiano, para seguir con investigaciones en Italia y luego comenzaré a escribir mi próximo libro.
Aunque ese libro tratará de mis antepasados, su mensaje es para todos. He acumulado los antecedentes de una rama de mi familia a partir de 1648. En el proceso de acumular los datos, he quedado impresionada al constatar cómo, a través de los siglos, una familia de campesinos analfabetas que vivía modestamente en un pueblito de Italia, labrando la tierra, produciendo uvas y cultivando olivos, haciendo caminos empedrados y trabajando como artesanos en la decoración de las iglesias locales, fue evolucionando hasta el presente.
Algunos de mis antepasados, en su momento, acongojados por la pobreza y las vicisitudes de la vida, habrán perdido la esperanza. Con seguridad, Angela María Crespi --la madre del abuelo de mi abuela materna-- murió de desesperanza. Aunque tuvo siete hijos, todos murieron siendo infantes, menos uno. Cuando su esposo murió, y un sujeto obligó al único hijo que le quedaba a ingresar en una orden religiosa, Angela María enfermó del dolor.
Pensando que quedaba sola en el mundo, y que no tendría nietos ni descendientes, permitió que la desesperación poco a poco extinguiera su vida.
Hoy, sin embargo, Angela María Crespi tiene más de cuarenta descendientes en esta patria, cuatro en Estados Unidos, y unos más en Inglaterra. Cuando en septiembre de 1999, fui a Ceriana, el pueblecito donde ella murió de tristeza, mandé a decir una misa por su alma. Con la ayuda de dos señoras del pueblo, María Pina y Evangelista, adorné con rosas de todo color la iglesia antigua donde Angela María, muy devota, solía rezar. La misa fue muy linda. El sacerdote pronunció su nombre, rezamos, y las viejecitas que forman parte del coro, cantaron muy emocionadas. Angela María jamás habría pensado que 133 años después de su muerte, una descendiente suya vendría a conocer su pueblo y mandaría a decir una misa por ella. Hoy, tiene más de cuarenta descendientes en esta patria, cuatro en Estados Unidos y unos más en Inglaterra.
La evolución de la familia después de su muerte ha demostrado que el error más grande que podemos cometer es perder la esperanza. Mi libro demostrará que todos somos parte importante de la Cadena del Ser, y aunque hoy veamos la situación muy oscura, no debemos sucumbir al pesimismo. La esperanza debe arder siempre en nuestro corazón como una llama eterna.
Abrazos y gracias a todos los que han permitido que se publiquen mis escritos y a quienes los han leído. Les aseguro que he sido severa, porque amo a mi Patria y espero lo mejor de todos y cada uno de ustedes, mis hermanas y mis hermanos. Rezaré para que Dios nos bendiga y cuide a Panamá.

101 años de Panamá América

 
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