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Desprecio por la democracia venezolana


En abril del año 2000, cuando se aceleraba el proceso de concentración de poder "constituyente" en Venezuela y cuando el presidente Chávez hablaba abiertamente de su propósito de establecer la trilogía "caudillo-pueblo-ejército", el entonces embajador de Estados Unidos en Caracas pronunció una charla en el St. John Fisher College, Rochester, N.Y., en la que afirmó que "la democracia en Venezuela está viva y saludable". Recientemente, la embajada norteamericana emitió un comunicado en el que exige a los medios en Venezuela ejercer la libertad de expresión "de una manera responsable y ética". Cabe imaginar la reacción que podrían tener el New York Times o el Washington Post ante una exigencia semejante de parte de la Casa Blanca o de una embajada extranjera.
En otras palabras, la embajada de Estados Unidos en Caracas adoptó el mismo lenguaje que Hugo Chávez usa para referirse a los medios de comunicación venezolanos, sin incluir los rasgos soeces que caracterizan la retórica del Jefe del Estado. Pero en esencia, y al igual que Chávez, la embajada norteamericana pretende decirle a los medios de comunicación cómo hacer su trabajo, contribuyendo también a afianzar la política intimidatoria y represiva de un gobierno repudiado hoy día por una gran mayoría consciente que la "revolución" nos conduce al abismo.
Lo más grave de todo esto, y el gobierno de Estados Unidos lo sabe, es que los medios de comunicación han sido la punta de lanza en la defensa de la democracia y la libertad en Venezuela estos pasados cuatro años, y sus dueños, directores, periodistas y trabajadores han actuado y lo siguen haciendo con gran coraje, lo cual debería más bien suscitar el respeto y la admiración de Washington.
Oír en abril del 2000 que la "democracia venezolana estaba viva y sana" debió alertarnos sobre lo que venía. Las posturas del actual embajador, su evidente menosprecio hacia la oposición venezolana, y su actitud complaciente hacia el gobierno confirman lo siguiente: Washington considera que los venezolanos no merecemos una democracia de primera, sino la farsa chavista con su disfraz de legalidad y espuria legitimidad. Los norteamericanos jamás admitirían en su propio país un gobierno con las características del gobierno chavista; nunca aceptarían "círculos" paramilitares, represión de manifestaciones pacíficas, arrestos ilegales, violaciones constantes a la Constitución, creación de "zonas de seguridad" para asfixiar la protesta democrática, presión del Ejecutivo sobre los otros poderes públicos, y amenazas y ataques constantes del Jefe del Estado y sus seguidores a sus adversarios. Pero en Venezuela, según la embajada norteamericana, todo ello califica como "democrático".
Washington no ha querido ver lo que acá ocurre realmente, ni ocuparse de sus implicaciones a más largo plazo. Su presunta y abstracta "defensa" de la democracia y la constitucionalidad en América Latina se ha convertido en una excusa para la ausencia de política hacia la región, para la pereza mental, y la falta de coraje moral requerida en todo esfuerzo para defender con eficacia un régimen de libertades. El pecado mortal de Washington en Venezuela ha sido creer que la democracia se defiende apoyando las enfermedades degenerativas de la democracia, como lo es la enfermedad chavista. Pero la democracia y la libertad tienen que ser defendidas con total compromiso, sin aceptar claudicaciones ante sus enemigos implacables. ¿No es eso acaso lo que hoy hace EE.UU. en su "guerra contra el terrorismo"? ¿No fue eso lo que hizo Churchill ante la amenaza totalitaria nazi?
Los venezolanos no podemos desmoralizarnos por la ceguera de Washington. Al contrario, debemos redoblar nuestra convicción de que sí tenemos derecho a vivir en una democracia de primera, de que debemos hacer lo necesario para salvar nuestro país del autoritarismo y de la tragedia moral, institucional y socioeconómica que representa la "revolución chavista", a pesar de la indiferencia, incomprensión y desprecio que lamentablemente existen en Washington y otras capitales con respecto a lo que aquí está pasando y puede pasar. Este es nuestro país, y será el de nuestros hijos y nietos. No tenemos que pedir permiso a nadie para cumplir con nuestro deber patriótico.
* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.
(c) www.aipenet.com

Por crear una sociedad anónima se cobra dependiendo de quién sea el cliente, si se maneja a través de firmas corresponsales o bancos en el extranjero, si se atiende directamente al cliente, o del acuerdo al que se llegue. La cifra puede ser de B/.1,000.00 o más.
Estas sociedades pagan de impuesto unos B/.150.00 anualmente, y pagan al abogado una suma adicional por utilizar a los miembros del bufete como directores.
El abogado informó que muchas no pagan esa anualidad o la pagan años después, incluyendo las que se les han acumulado, con un recargo de B/.30.00 por cada año.

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