Después de Irak, ¿Irán?
La crisis generada en torno a Irak monopoliza la agenda internacional. Los acalorados debates en Naciones Unidas entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad expusieron la magnitud y complejidad del conflicto con Sadam Hussein.
Hace más de una década que los alcances inciertos de su programa nuclear, químico y biológico inquietan a los gobiernos y generan las más disparatadas especulaciones. Esta situación se agravó desde el inicio de los ataques norteamericanos sobre Bagdad. Por otra parte, la crisis del Golfo impide seguir otros acontecimientos que asoman en el ámbito global. De repente, nuevos escenarios conflictivos parecen emerger y amenazan con presentar dilemas tan difíciles de resolver como el impuesto por Irak.
En este sentido, Irán plantea serias interrogantes. Desde 1979, con la llegada al poder de los clérigos islámicos, la sociedad iraní volvió a regularse por códigos sociales rígidos o conservadores. En materia de libertades civiles, esto implicó un regreso al pasado. Sin embargo, en materia militar, el nuevo régimen dio un verdadero salto al futuro: modernizó sus fuerzas armadas y se lanzó a conseguir tecnología atómica. Según Teherán, la volatilidad del Medio Oriente obliga a ese fortalecimiento "defensivo."
222 Dada la gran inestabilidad del Golfo Pérsico, la situación se vuelve aún más compleja, ya que varios países del área buscan la autosuficiencia atómica.
Irán busca una preeminencia militar, política y religiosa que chocó con las aspiraciones de Irak, con quien estuvo en guerra entre 1980-1988, y amenaza también a los vecinos Israel, Siria, Arabia Saudita, Turquía y Azerbaiján. Con 65 millones de habitantes, poder militar y una enorme riqueza en petróleo, Irán no puede ser subestimado como actor internacional. Además, está comprometido a exportar la revolución. La presencia en la frontera sur del Líbano del grupo armado Hezbollah -entrenado y financiado por Irán- constituye un ejemplo concreto de ese activismo transnacional.
Los atentados ocurridos en Buenos Aires contra la embajada israelí y el centro comunitario judío (1992 y 1994, respectivamente), evidencian el innegable alcance transnacional de su aparato de seguridad. La voladura del principal edificio comunal de los judíos argentinos dejó 85 muertos y es considerado como el peor ataque antisemita desde la II Guerra Mundial. Existen claros indicios que apuntan a la participación de Irán tanto en la planificación como en la ejecución de ambos atentados.
En las últimas semanas, la prensa internacional reveló que el programa nuclear de Teherán avanza a pasos agigantados. Sin embargo, el presidente Mohamad Khatami reiteró que su país no posee armamento nuclear. Agregó que la finalidad del desarrollo en ese campo busca "diversificar las fuentes energéticas disponibles." Dadas las enormes reservas petroleras y gasíferas de Irán, ese argumento resulta poco creíble. En forma reciente, la atención pública se dirigió hacia la nueva planta nuclear de Natanz, en el centro del país. Algunos analistas coinciden en señalar que Natanz estará en condiciones de producir armamento nuclear en el corto plazo. De concretarse, ese paso forzará un cambio drástico en el delicado equilibrio político-militar de todo el Medio Oriente.
La proliferación nuclear constituye uno de los puntos más problemáticos y urgentes de la agenda política del planeta a comienzos del siglo XXI. Dada la gran inestabilidad del Golfo Pérsico, la situación se vuelve aún más compleja, ya que varios países del área buscan la autosuficiencia atómica. Además, Irán no sólo abriga aspiraciones regionales, sino que promueve grupos armados desestabilizadores. De igual forma, la conexión iraní con los dos peores atentados terroristas antijudíos ocurridos en el hemisferio occidental no puede ser considerada un dato menor. Cabe preguntarse si la comunidad internacional está dispuesta a asignarle a Irán la atención que su situación interna reclama. De no hacerlo, los riesgos están a la vista en el vecino Irak.
Hace más de una década que los alcances inciertos de su programa nuclear, químico y biológico inquietan a los gobiernos y generan las más disparatadas especulaciones. Esta situación se agravó desde el inicio de los ataques norteamericanos sobre Bagdad. Por otra parte, la crisis del Golfo impide seguir otros acontecimientos que asoman en el ámbito global. De repente, nuevos escenarios conflictivos parecen emerger y amenazan con presentar dilemas tan difíciles de resolver como el impuesto por Irak.
En este sentido, Irán plantea serias interrogantes. Desde 1979, con la llegada al poder de los clérigos islámicos, la sociedad iraní volvió a regularse por códigos sociales rígidos o conservadores. En materia de libertades civiles, esto implicó un regreso al pasado. Sin embargo, en materia militar, el nuevo régimen dio un verdadero salto al futuro: modernizó sus fuerzas armadas y se lanzó a conseguir tecnología atómica. Según Teherán, la volatilidad del Medio Oriente obliga a ese fortalecimiento "defensivo."
222 Dada la gran inestabilidad del Golfo Pérsico, la situación se vuelve aún más compleja, ya que varios países del área buscan la autosuficiencia atómica.
Irán busca una preeminencia militar, política y religiosa que chocó con las aspiraciones de Irak, con quien estuvo en guerra entre 1980-1988, y amenaza también a los vecinos Israel, Siria, Arabia Saudita, Turquía y Azerbaiján. Con 65 millones de habitantes, poder militar y una enorme riqueza en petróleo, Irán no puede ser subestimado como actor internacional. Además, está comprometido a exportar la revolución. La presencia en la frontera sur del Líbano del grupo armado Hezbollah -entrenado y financiado por Irán- constituye un ejemplo concreto de ese activismo transnacional.
Los atentados ocurridos en Buenos Aires contra la embajada israelí y el centro comunitario judío (1992 y 1994, respectivamente), evidencian el innegable alcance transnacional de su aparato de seguridad. La voladura del principal edificio comunal de los judíos argentinos dejó 85 muertos y es considerado como el peor ataque antisemita desde la II Guerra Mundial. Existen claros indicios que apuntan a la participación de Irán tanto en la planificación como en la ejecución de ambos atentados.
En las últimas semanas, la prensa internacional reveló que el programa nuclear de Teherán avanza a pasos agigantados. Sin embargo, el presidente Mohamad Khatami reiteró que su país no posee armamento nuclear. Agregó que la finalidad del desarrollo en ese campo busca "diversificar las fuentes energéticas disponibles." Dadas las enormes reservas petroleras y gasíferas de Irán, ese argumento resulta poco creíble. En forma reciente, la atención pública se dirigió hacia la nueva planta nuclear de Natanz, en el centro del país. Algunos analistas coinciden en señalar que Natanz estará en condiciones de producir armamento nuclear en el corto plazo. De concretarse, ese paso forzará un cambio drástico en el delicado equilibrio político-militar de todo el Medio Oriente.
La proliferación nuclear constituye uno de los puntos más problemáticos y urgentes de la agenda política del planeta a comienzos del siglo XXI. Dada la gran inestabilidad del Golfo Pérsico, la situación se vuelve aún más compleja, ya que varios países del área buscan la autosuficiencia atómica. Además, Irán no sólo abriga aspiraciones regionales, sino que promueve grupos armados desestabilizadores. De igual forma, la conexión iraní con los dos peores atentados terroristas antijudíos ocurridos en el hemisferio occidental no puede ser considerada un dato menor. Cabe preguntarse si la comunidad internacional está dispuesta a asignarle a Irán la atención que su situación interna reclama. De no hacerlo, los riesgos están a la vista en el vecino Irak.