Después del paro médico
Cualquiera sea la suma que para el presupuesto nacional signifique el último paro médico, B/12 o B/14 millones al año, no será ese el único efecto que quede tras su finalización. De cualquier modo, no es una suma despreciable para un gobierno que opera en rojo, con un déficit que el año pasado alcanzó 2% de su presupuesto. A fin de cuenta, el dinero se sacará de las menguantes partidas destinadas a obras de inversión pública y gasto social (escuelas, medicinas, carreteras, viviendas, alcantarillado, etc.).
Fuera de lo anterior, todo seguirá igual de mal. No hay medicinas, ni siquiera lo más elemental. Por ejemplo, el Hospital Oncológico carece de acetaminofen (Tylenol y similares) y los pacientes del Seguro Social se quejan de lo mismo. Tampoco hay cosas elementales como paletas, sillas de ruedas o sábanas, y mucho menos se cuenta con equipo funcionando y confiable para ultrasonido.
Cada vez que alguien sugiere que se contraten servicios del sector privado, los encargados de salud pública y seguridad social responden con una rotunda negativa. En esa postura hay mucha hipocresía, puesto que desde hace tiempo, como muestra, los servicios de radiología están siendo contratados y pagados a clínicas privadas a causa de que el sector público no tiene equipo en funcionamiento.
De los tres elevadores que contaba el Hospital Gorgas, donde opera el Oncológico, sólo hay uno en servicio. No hay presupuesto para reparar los otros. Y así es en todo.
La huelga hizo perder más de 30 mil citas, incluyendo operaciones. Dudamos que el sistema estatal cuente con los medios para ponerlas al día, si ni siquiera podía atender los requerimientos normales. Si acudieran a la ayuda del sector privado, podrían hacerlo a menor costo, pero la fidelidad a los dogmas estatistas y socializantes es más importante para quienes manejan la salud pública. No es cuestión tanto de dinero, sino de mejor administración, esto es hacer que rinda más.
El sistema arrastra también otro vicio grave, y es que ha eliminado las jerarquías en las jefaturas de servicio por talento en el Seguro Social, no así en el Santo Tomás donde se respetan.
Ahora pesa más el factor político. Ello provoca situaciones de hilaridad tales como el que un médico novicio sea jefe de su profesor, y otros casos parecidos, lo cual causa el desaliento, la salida de los mejores profesionales y su sustitución por otros no tan buenos. Hay demasiados asesores bien pagados, en contraste con los médicos que trabajan más duro y bajo mayor responsabilidad.
La situación expuesta, entre otros problemas está ocasionando un paulatino deterioro de la calidad de la salud del panameño y la disminución de índices o indicadores (mortalidad infantil y materna, desnutrición, tuberculosis, fiebre amarilla, enfermedades respiratorias, etc. ) de los que hace algunas décadas estábamos orgullosos.
Fuera de lo anterior, todo seguirá igual de mal. No hay medicinas, ni siquiera lo más elemental. Por ejemplo, el Hospital Oncológico carece de acetaminofen (Tylenol y similares) y los pacientes del Seguro Social se quejan de lo mismo. Tampoco hay cosas elementales como paletas, sillas de ruedas o sábanas, y mucho menos se cuenta con equipo funcionando y confiable para ultrasonido.
Cada vez que alguien sugiere que se contraten servicios del sector privado, los encargados de salud pública y seguridad social responden con una rotunda negativa. En esa postura hay mucha hipocresía, puesto que desde hace tiempo, como muestra, los servicios de radiología están siendo contratados y pagados a clínicas privadas a causa de que el sector público no tiene equipo en funcionamiento.
De los tres elevadores que contaba el Hospital Gorgas, donde opera el Oncológico, sólo hay uno en servicio. No hay presupuesto para reparar los otros. Y así es en todo.
La huelga hizo perder más de 30 mil citas, incluyendo operaciones. Dudamos que el sistema estatal cuente con los medios para ponerlas al día, si ni siquiera podía atender los requerimientos normales. Si acudieran a la ayuda del sector privado, podrían hacerlo a menor costo, pero la fidelidad a los dogmas estatistas y socializantes es más importante para quienes manejan la salud pública. No es cuestión tanto de dinero, sino de mejor administración, esto es hacer que rinda más.
El sistema arrastra también otro vicio grave, y es que ha eliminado las jerarquías en las jefaturas de servicio por talento en el Seguro Social, no así en el Santo Tomás donde se respetan.
Ahora pesa más el factor político. Ello provoca situaciones de hilaridad tales como el que un médico novicio sea jefe de su profesor, y otros casos parecidos, lo cual causa el desaliento, la salida de los mejores profesionales y su sustitución por otros no tan buenos. Hay demasiados asesores bien pagados, en contraste con los médicos que trabajan más duro y bajo mayor responsabilidad.
La situación expuesta, entre otros problemas está ocasionando un paulatino deterioro de la calidad de la salud del panameño y la disminución de índices o indicadores (mortalidad infantil y materna, desnutrición, tuberculosis, fiebre amarilla, enfermedades respiratorias, etc. ) de los que hace algunas décadas estábamos orgullosos.