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Es admirable la forma como crece la ciudad capital. Más todavía, timbre de orgullo, porque evidencia la pujanza con que los panameños hemos emprendido esta etapa de nuestra historia. Pero sería recomendable que tal crecimiento fuera parejo con ciertas responsabilidades colectivas.
En principio, cuando las nuevas construcciones eran muy esporádicas, las autoridades municipales acertadamente exigieron a las constructoras la colocación de vallas en torno a las edificaciones, contrario a antaño que trabajaban al descubierto en espectáculos que afeaban las áreas donde se encontraban y ponían en riesgo la seguridad de trabajadores y transeúntes. Así que se vio con buenos ojos la medida.
Pero se ha vuelto costumbre nociva y de muy mal gusto ver cómo los camiones que salen de esas construcciones van depositando sin el mínimo cuidado tierra, piedra y otros materiales sobre la calle por donde transitan miles de usuarios, dejando a su paso un escenario de lodo y desechos que atentan contra la seguridad de vehículos y pasajeros.
¿Por qué se permite esto? O las autoridades municipales carecen de suficientes inspectores para impedirlo, o sencillamente se han tornado indiferentes. Para este año se estiman en casi 170 los proyectos que se construyen en la ciudad, y sería lamentable que ante la ausencia de vigilancia oficial, siguieran estos abusos.
Claro, la presencia de las autoridades es sugerida sin apelación por los impuestos que pagan los contribuyentes, aunque no deja de ser un tema de responsabilidad y de conciencia de las propias constructoras: colocar debidamente las lonas, lavar debidamente los camiones o cargarlos con cuidado de tal manera que no se desborden.
Como en muchos otros temas, no se debe esperar a que ocurra un accidente, para luego implementar las directrices.

101 años de Panamá América

 
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