Deuda y auge económico
Tras hacerse público el hecho de que el gobierno nacional se apresta a recibir al menos B/.1,500 millones en préstamos frescos durante los próximos cuatro años, algunos, con toda razón se han apresurado a expresar su preocupación por lo que a todas luces significa un importante incremento de la deuda externa.
Los adeudos de Panamá por dicho concepto lindan los B/.7,000 millones, los cuales se elevarán a B/.8,500 millones con los créditos ya contratados que aguardan los últimos toques para su desembolso.
El viceministro de Economía, Ricardo Quijano, ha explicado que los nuevos préstamos se usarán para el presupuesto de gastos, puesto que los ingresos normales que recibe el estado por concepto de impuestos y demás "no logran cubrir las necesidades presupuestarias" (El Panamá América, 8 julio de 2000, p. C-1). "Definitivamente, la deuda va a crecer", dijo el alto funcionario pero, por lo pronto, no hay otro modo de solventar el programa social de la actual administración.
Es asombroso, pero tras el cese de los tiempos de la danza de los millones de los años 70, bajo el régimen militar, nos quedó un Estado demasiado costoso y pesado, con una planilla entre tres y cuatro veces más densa de lo necesario. Eso porque los entorchados necesitaban pagar una base de apoyo político a su proyecto partidista, cimentado en la planilla gubernamental y el derroche paternalista de sus líderes.
Se fue el viejo régimen y nos dejaron sus lacras y vicios. Ahora tenemos que aprender a vivir con una deuda externa impagable, a base de prórrogas y recontraprórrogas que, por artilugios contables de convertirla en papeles que se devalúan por gracia del mercado o magia de los bancos, a veces nos permite el respiro de reducirse ligeramente, permitiéndonos volver a endeudarnos por la diferencia y un poquito más en cada ocasión. Obviamente, algún día llegará nuestra deuda a ser tan alta como los confines del universo, pero ese es nuestro modus vivendis.
En ese proceso, cada gobierno hace lo propio y aporta su grano. Todos procuran conseguir los fondos necesarios al precio que sea, sin preocuparse por los que vengan ni por la carga para las venideras generaciones. Ciertamente, los nuevos millones nos traerán mucha prosperidad y oportunidad dorada para los corruptos siempre prestos para morder parte del pastel en los próximos cuatro años. Y aquí solo nos queda estar con los ojos bien abiertos, con nuestras rotativas cargadas en tinta, en procura de que nuestra deuda, que es de todos, se use juiciosa y honestamente.
Los adeudos de Panamá por dicho concepto lindan los B/.7,000 millones, los cuales se elevarán a B/.8,500 millones con los créditos ya contratados que aguardan los últimos toques para su desembolso.
El viceministro de Economía, Ricardo Quijano, ha explicado que los nuevos préstamos se usarán para el presupuesto de gastos, puesto que los ingresos normales que recibe el estado por concepto de impuestos y demás "no logran cubrir las necesidades presupuestarias" (El Panamá América, 8 julio de 2000, p. C-1). "Definitivamente, la deuda va a crecer", dijo el alto funcionario pero, por lo pronto, no hay otro modo de solventar el programa social de la actual administración.
Es asombroso, pero tras el cese de los tiempos de la danza de los millones de los años 70, bajo el régimen militar, nos quedó un Estado demasiado costoso y pesado, con una planilla entre tres y cuatro veces más densa de lo necesario. Eso porque los entorchados necesitaban pagar una base de apoyo político a su proyecto partidista, cimentado en la planilla gubernamental y el derroche paternalista de sus líderes.
Se fue el viejo régimen y nos dejaron sus lacras y vicios. Ahora tenemos que aprender a vivir con una deuda externa impagable, a base de prórrogas y recontraprórrogas que, por artilugios contables de convertirla en papeles que se devalúan por gracia del mercado o magia de los bancos, a veces nos permite el respiro de reducirse ligeramente, permitiéndonos volver a endeudarnos por la diferencia y un poquito más en cada ocasión. Obviamente, algún día llegará nuestra deuda a ser tan alta como los confines del universo, pero ese es nuestro modus vivendis.
En ese proceso, cada gobierno hace lo propio y aporta su grano. Todos procuran conseguir los fondos necesarios al precio que sea, sin preocuparse por los que vengan ni por la carga para las venideras generaciones. Ciertamente, los nuevos millones nos traerán mucha prosperidad y oportunidad dorada para los corruptos siempre prestos para morder parte del pastel en los próximos cuatro años. Y aquí solo nos queda estar con los ojos bien abiertos, con nuestras rotativas cargadas en tinta, en procura de que nuestra deuda, que es de todos, se use juiciosa y honestamente.