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Deuda y desarrollo


La propuesta del presidente Bush para reducir la deuda de los países más pobres y ayudarles con recursos concesionales, hecha en el Banco Mundial en la víspera de su viaje a Europa para asistir a la cumbre del Grupo de los 8, las ocho naciones más desarrolladas del mundo, debe ser saludada con entusiasmo por sus eventuales beneficiarios y no dejar que se diluya por falta de una reacción adecuada y rápida.
La propuesta del señor Bush contiene dos elementos básicos: la reducción de la deuda de los países más pobres y la donación a éstos de la mitad de los recursos que actualmente les destinan los organismos internacionales de crédito y cuyo monto mayor, de cerca de 6 billones anuales, proviene del Banco Mundial. De estos 6 billones sólo un 5 % son donaciones y el 95% préstamos.
Las naciones más empobrecidas de la tierra arrastran, proporcionalmente y por sus efectos negativos sobre su capacidad para atender las urgentes necesidades de sus pueblos de servicios esenciales, las mayores deudas que hacen imposible su desarrollo y su incorporación al mundo globalizado.
Hace un par de décadas se trató la creación de una especie de cartel de deudores, con el propósito de concentrar la capacidad negociadora de las naciones más endeudadas para buscar, de común acuerdo, mecanismos que les permitieran conseguir mayor atención de las instituciones financieras internacionales y de sus acreedores bilaterales, pero el esfuerzo no prosperó. Entre otras razones, privó el criterio de que cada nación debía negociar separadamente su problema. Y en la última década ha sido noticia frecuente las renegociaciones "exitosas" de deuda hechas por muchos países. Sin embargo, la realidad es que el peso del servicio de las enormes deudas acumuladas sigue siendo el principal obstáculo que impide a los gobiernos de los países subdesarrollados disponer de recursos para dedicarlos a la atención de las necesidades básicas de sus poblaciones.
El proceso de la globalización vive hoy la disyuntiva de dejar por fuera a grandes sectores de la humanidad, la que habita en los países más pobres, o buscar las vías que les permitan alcanzar la velocidad de marcha del mundo desarrollado, mediante mecanismos de compensación que les posibiliten competir.
El presidente de los Estados Unidos, al proponer que a los países más pobres se les brinde mayor asistencia y se les reduzcan sus deudas ha abierto un mundo de posibilidades, pero sólo de posibilidades. Y las primeras reacciones a su propuesta, como era de esperar, no han recibido un saludo entusiasta de la comunidad bancaria que la considera riesgosa y hasta desestabilizadora, lo que presagia una dura batalla para hacerla realidad. El presidente Bush ha demostrado que es un líder de gran tenacidad, pero ella sola no será suficiente. Los países más agobiados por el peso de la deuda deben hacer suya la propuesta y organizarse, ahora con este nuevo y sin duda muy importante respaldo, para presionar su concreción.
Una estrategia encaminada a lograr que la propuesta del señor Bush encuentre menos resistencia debiera contemplar el compromiso, hecho por adelantado por parte de los países eventuales beneficiarios, de dedicar los recursos que se obtengan mediante la reducción de deuda o mediante las donaciones a programas específicos de alivio a la pobreza crítica.

101 años de Panamá América

 
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