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Devaluación de la moneda de Brasil y sus consecuencias


La devaluación de la moneda brasileña y la renuncia implicante del presidente del Banco Central se presentan como el punto de partida de una crisis de serias consecuencias que no sólo estremece a la primera potencia económica de América Latina, sino que puede arrastrar en cadena a Argentina, México y a las bolsas internacionales.
La globalización vuelve a mostrar su rostro negativo, por la fuga en estampida de inversionistas foráneos y los esfuerzos desesperados de los gobiernos de llenar los huecos monetarios con inmensas deudas que amarran decisiones ante el Fondo Monetario Internacional.
Antes de la devaluación del nueve por ciento del real, el gobierno del centroizquierdista Fernando Henrique Cardoso implantó medidas drásticas para atajar posibles brotes inflacionarios, tales como el incremento de un impuesto del diez por ciento mensual a las tarjetas de crédito y de otro impuesto de ocho por ciento a los préstamos bancarios.
La consigna de Cardoso fue caminar fríamente hacia la recesión, frenando el consumismo de las tarjetas de crédito y practicando ajustes fiscales severos que hasta opacaron la ceremonia de transmisión de su segundo mandato gubernamental. Pero la súbita rebelión del gobernador de Minas Gerais, el expresidente Itamar Franco, a los ajustes fiscales reveló que la situación brasileña está lejos de conjurarse, porque existe un trecho grande entre lo que el régimen se propone aplicar en el plano teórico financiero y lo que los estados pueden aceptar en la práctica.
Si a la recesión atizada por el gobierno central se suma una nueva fuga de capitales extranjeros, la catástrofe brasileña embalsará las compras a los socios del Mercosur y éstos, con Argentina a la cabeza, no demorarán en ser arrollados por el torrente devaluatorio.
La fuga de capitales se extenderá como reguero de pólvora por los países predilectos de los inversionistas, drenando los fondos de reserva de los bancos centrales que instantáneamente causarán devaluaciones, de igual o mayor magnitud que la brasileña. El nerviosismo de los inversionistas por las conmociones financieras del líder económico latinoamericano se detectó en Nueva York y en Milán, en México y Frankfurt.
Después del préstamo de 41 mil millones del FMI, Brasil no tiene otra opción que ponderar cautelosamente cada uno de los pasos que emprenda a partir de la devaluación. El gigante sudamericano está solo en la administración de sus decisiones, pero al mismo tiempo tiene en sus manos, de alguna manera, el futuro económico inmediato de la región.



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