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Día de la Madre, fiesta inamovible


El conflicto artificialmente creado por el gobierno entre la celebración del Día de la Madre en su fecha clásica y su conversión en día puente muestra una vez más la obcecación de un régimen que ha perdido la brújula y ya no sabe discernir entre una conmemoración de genuino contenido espiritual y religioso y un feriado apócrifo de dudosa rentabilidad mercantilista.
Desde su nacimiento, el panameño recibe en el seno del hogar un conjunto de valores tejidos en torno al culto de la madre. Quizás se podría aceptar los cambios en otras festividades, pero no en ésta que fusiona la veneración por la Madre y la Inmaculada Concepción, madre de Cristo y madre de la humanidad. Por ello es que algo medular en la intimidad del ser panameño se rebela a la aceptación de un cambio que atenta contra las raíces de su origen humano y divino. En el empecinamiento de trastornar el calendario de la nacionalidad, el gobierno se vale de métodos coactivos y amenazas contra empleados y trabajadores.
Sin embargo, empleados públicos que se ven obligados a asistir hoy al centro de trabajo para no sufrir descuentos ni persecuciones, tienen la vivencia del culto de su progenitora en el centro de sus sentimientos.
En estos días incongruentes del fin del período gubernamental, la terquedad y el sectarismo político están subiendo a sus cotas más altas y perniciosas. La ciudadanía advierte que, después del referéndum, prevalece una actitud que mezcla en dosis cambiantes la frustración y la insensibilidad. Se presentan casos de desdén por los reclamos populares o de reacciones que más tienen de exabrupto emocional que de postura meditada.
El comportamiento rigurosamente democrático plantea siempre la apertura del diálogo ante la proximidad del conflicto y la flexibilidad de las decisiones si encuentran resistencia razonable en la comunidad. Por ello resulta altamente inconveniente no atender las razones de los puntos de vista divergentes y reprimir con gases lacrimógenos y perdigones las protestas populares procreadas por los desaciertos gubernamentales.
La celebración simultánea del Día de la Madre y de la Inmaculada Concepción, desde 1930, por iniciativa del legislador Héctor Conte B., nos recuerda que existen acontecimientos excelsos que no se traducen necesariamente en términos contables, y que por su naturaleza eminentemente espiritualista hay que respetar y no alterar. Si aquí existe un conflicto clásico entre tradición y modernidad hay que aceptar la supremacía de valores intemporales como la maternidad, raíz del género humano que constituyen los cimientos de nuestro estilo de vida.
No sacrifiquemos los valores de la panameñidad en aras de móviles materiales momentáneos y superficiales. Hay una suerte de conspiración tácita que socava los fundamentos del panameño como hijo, como miembro de la célula familiar, y como ciudadano orgulloso de su origen histórico. Afortunadamente ese sigiloso movimiento no pasará. Como ayer, como hoy, como mañana, el resultado del referéndum de las conciencias dice no a la adulteración.

101 años de Panamá América

 
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