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Diálogo nacional: ¿con quiénes y para qué?


La vida política en países como el nuestro ha tenido tradicionalmente dos actores principales: el gobierno y la oposición. A los ojos del pueblo, estos dos protagonistas están separados por una sola diferencia básica que es la detentación de poder público. Del lado gubernamental están los partidos políticos que ganaron las elecciones y del lado de la oposición los que las perdieron.
También a los ojos de la nación, porque esa es nuestra cultura política, se tiene por natural que la oposición asuma el papel de antagonista y obstaculizador permanente de todo cuanto hace o trata de hacer el sector político gobernante. Y la actual oposición política ha respondido, con creces, a la percepción popular.
Pero, además, en la dinámica de la vida política actual es también necesario reconocer nuevos niveles de protagonismo por parte de otros sectores de la sociedad. Estos, independientemente de su naturaleza, de la denominación que puedan asumir o de su verdadera representatividad, son factores a considerar, especialmente cuando aumenta la tensión social como producto de coyunturas económicas negativas o difíciles.
En Panamá, aunque no vivimos una crisis es un hecho que un sector muy considerable de nuestra población subsiste en condiciones muy difíciles y, con todo el derecho reclama soluciones. Desde luego, no es para que nos sirva de consuelo o para que ignoremos su gravedad, pero comparativamente son muchos los países de nuestro entorno latinoamericano que viven situaciones más difíciles.
Como en términos generales, todo es según el cristal con se mire o según como nos interese, la oposición política panameña, interpretando el que cree que debe ser su papel, se ha consagrado a proclamar visiones apocalípticas. Y algunos otros sectores, entre los que hay tanto sana preocupación como intereses solapados, abanican en igual sentido.
La situación panameña, insisto, no es de crisis y mucho menos catastrófica, sin embargo, se han creado las condiciones para que se proponga o se reclame la realización de un "diálogo nacional", como la vía necesaria para superar "nuestros problemas".
Asumamos que en estos momentos es conveniente y oportuno para el interés del país concretar un diálogo nacional. Seguidamente, habría que preguntar, ¿con quiénes y para qué? Un diálogo nacional, en mi opinión sólo tiene sentido si está precedido de dos condiciones esenciales: la primera, que esté desprovisto de actitudes sectarias, animadas por deseos de protagonismo y ganancia política; la segunda, que se realice sobre temas específicos y muy limitados, como, por ejemplo, el alivio de la pobreza y el fortalecimiento del sistema democrático.
Si el gobierno legítimo y democráticamente elegido de la nación se manifiesta dispuesto a abrir un espacio de diálogo, para conversar con todos los sectores de la vida nacional, mal haría cualquiera de los interlocutores que ocupen el otro lado de la mesa si tratan de convertirla en tribuna de confrontación política, animados de sectarismos o propósitos electoreros. Para que un diálogo nacional pueda ser productivo, es imprescindible que sus participantes tengan intención sincera de conversar con un propósito superior de beneficio para el país. De lo contrario, de muy poco serviría.
La lista de los problemas que se pueden incluir en la agenda de un diálogo nacional podría ser muy extensa, pero como de lo se trata no es de reproducir todos los temas y las confrontaciones de la campaña política, también es imprescindible limitarla en forma realista. Y, además, darle a los temas que se incluyan una dimensión exacta, desprovista de exageraciones, como viene ocurriendo con el de la corrupción.
Un diálogo nacional para que sea productivo requiere de interlocutores empinados por encima de la pasión política transitoria, animados de un deseo sincero de contribuir en forma patriótica a un interés nacional superior, mediante la revisión objetiva de los problemas de mayor jerarquía y urgencia y, sobretodo, terminar con resultados que devuelvan esperanza.

101 años de Panamá América

 
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