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Dictaduras: crimen e impunidad


En las últimas semanas, periodistas que sirven a las cadenas y firmas de prensa internacional, se han dedicado en sus escritos a intentar de quedar bien con Dios y con el diablo, explayando criterios de dualidad simultánea y equívoca interpretación en relación a lo acontecido en Irak. En sus escritos y argumentos parecieran estar “comprando un seguro de vida”. Tan pronto sueltan un párrafo reiterando lo necesario que era ponerle fin a la prolongada, cruel y homicida dictadura, como tácitamente le restan justificación a las acciones que se dieron en el plano militar, criticando las mismas como innecesarias (como si hubiese alguna otra fórmula de salir de una dictadura, como no sea con más fuerza militar o con una rebelión colectiva que igualmente oponga fuerza bélica. Reto a cualquiera que me dé un ejemplo histórico que refute esta aseveración), alegando que no se han encontrado hasta ahora, armas de “destrucción masiva”.
Hay que poner las cosas en su lugar, la primera arma de destrucción masiva y nociva que posee una dictadura es la propia presencia inmoral y homicida del dictador, quien, cual señor feudal dueño de vidas, igual tortura y mata a un sacerdote o a una niña de escuela secundaria. Y así, sin Dios ni Ley, con sus órdenes y leyes escritas a sus delictivos caprichos y otras no escritas que sus “brazos ejecutores” saben interpretar muy bien cuando se quiere deshacer, de una u otra forma, de aquellos hombres que no tienen alma de esclavos y no se someten al terror que imponen la capacidad criminal del dictador y sus secuaces, quienes se sienten “justificados” y cínicamente desglosados de toda culpa por torturas y muertes, ya que ellos se limitan a obedecer “órdenes superiores”, mientras que los payasos criminales e inmorales que en el fondo son todos los dictadores, a su vez, pretenden sentirse eximidos de culpa. Ellos, por lo regular, no ejecutan las torturas ni los crímenes, se limitan a dar las órdenes o a sugerirlas. También, tanto unos como otros recurren a la táctica de andar con la Biblia bajo el brazo y, como complemento, señalan que ya se han “confesado” con los “capellanes”... Qué falta que nos hizo en Panamá un Monseñor Romero o un Monseñor Cámara...
Ante estas culpabilidades negadas y desviadas con argumentos falaces que pretenden ser eximentes de responsabilidades individuales, lo irrelevante a estas horas es saber qué hizo el dictador con los gases nocivos (que son armas masivas para asesinar, por si alguien o algunos no se han dado aún cuenta), los cuales ya usó hace unos años, para matar a miles de kurdos e iraníes; así como a gente rebelde de su propia etnia, pero de segmentos distintos del islamismo. Vale reiterar el aforismo que establece que “quien hace un cesto, hace un ciento”. Si al dictador, en estos días, no se le encontraron armas de destrucción masiva, pudo ser por diversidad de causas: las trasladó a otro país vecino o las destruyó él mismo.
Ahora bien, algunos dejan tácitamente flotar la noción de que si en esta ocasión no las usó, no se justifica su derrocamiento ni castigo por sus crímenes. Otros alegan que si los miles que torturó y mató eran de su propia raza y nación, y si además no lo hizo utilizando “armas de destrucción masiva”, sino “armas de destrucción selectiva”, vaya, la cosa no es para tanto, como parecieran insinuar algunos “cretinoides” retardados morales. Sin embargo, los hombres que respetan la vida humana y la integridad física y moral de los otros seres humanos saben que el principal crimen que se puede cometer contra un país y su población es anular toda vigencia de ley y moral al establecer una dictadura, ya que, aparte del saqueo a los bienes del Estado y la creación de deudas eternas, las leyes y la vida humana valen un capricho de los malditos dictadores.
La agenda en contra del libre intercambio comercial y contra los modernos adelantos científicos por parte de Greenpeace no beneficia a nadie, pero sí perjudica a los más débiles.
*Analista de TechCentralStation.com
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