Diez años, Arrupe (II)
El esfuerzo por actualizar algunas memorias del Padre Arrupe en mi colaboración dominical pasada, por lo visto, me sirvió de indicador del interés que muchos en Panamá tienen de él. Sin ninguna vanidad parcializada tenemos que afirmar que se trata de un hombre fuera de serie, extraordinario, figura de máxima recordación y de perdurable impacto en la Iglesia de nuestros tiempos.
Abundemos con otros testimonios. El mismo año de su elección como General de la Compañía de Jesús en 1965, Don Pedro emprendía en diciembre su primer viaje a Oriente. También esto marcaba su estilo. Su nuevo estilo. Su predecesor, Juan Bautista Janssens, apenas había salido de Roma. "Las personas y los problemas no se conocen por cartas, sino por el contacto directo".
Viajó por los cinco continentes. Sus viajes por Europa y Estados Unidos le enfrentaron al problema de la cultura secular. El desarrollo material de esos países era espectacular, pero también el subdesarrollo espiritual. "Parece que tienen el alma en su ordenador". Corren el riesgo de ser "cuerpo sin alma". Y clama con voz de profeta a los jesuitas de Boston: "Cuando entrasteis en la Compañía, lo primero de todo vosotros fue Dios. El ha sido el centro de vuestra vida. No hace falta explicar lo que esto significa. Pero si en la ciudad secular margináis a Dios, se os caerá todo, como un cuerpo sin corazón". Por eso les invita a mantener el diálogo con la increencia del mundo secular, pero desde la experiencia en Dios". "Ser testigos de Dios en un mundo secularizado requiere una fe de fuertes trazos, de honda experiencia en Dios, de valiente transmisión de esta experiencia".
La prensa occidental comienza a llamarle profeta de nuestro tiempo, porque cuando anuncia con fuerza a Dios en Amsterdam, o denuncia con vigor el racismo en Washington, escribe un corresponsal, "no tiene la amargura de los viejos profetas, pues no sólo critica sino estimula, no sólo exige sino empuja, no sólo niega sino afirma, aporta soluciones, siembra iniciativas". Sus críticos comienzan también a decir que estimula, pero no manda, será un profeta, pero ¿es gobernante?.
El año 1967 viaja a la India y Ceilán. Allí recupera el diálogo con las grandes religiones que inició en Japón. Lejos del epicentro romano, siente que se dilata su horizonte creyente. Comprende que Dios rebasa los límites de occidente. Arrupe se pregunta: "¿Donde está la Iglesia, está Dios?" Eso dice el catecismo, pero Karl Rahner le ha enseñado lo que a Rahner enseñó Tomás de Aquino: "¿Donde está el Espíritu está Dios". Y Espíritu de Dios se derrama sobre todo corazón sincero, lea El Evangelio, lea el Corán, lea los Vedas. Desde la propia identidad creyente, es necesario dialogar con esas creencias milenarias, atravesadas por el Espíritu que como el viento, no sabemos de dónde viene y a dónde va.
Con Arrupe, la Compañía cruz por fin la frontera de la modernidad, cerrada durante todo el siglo XIX y la mitad del XX. Arrupe enseña a decir sí a la modernidad, sí crítico, como el sí del evangelio, pero sí, sí a las corrientes modernas, al existencialismo, al evolucionismo, incluso al marxismo. "¿Acepta Ud. el diálogo con el marxismo?". Se advierte en bastantes partes simpatía por el marxismo y por los partidos políticos de inspiración marxista. El análisis socio económico del marxismo es una ciencia y como tal asumible y como tal también cuestionable, pero la ideología marxista y su interpretación, no es aceptable para el creyente. Y lo que digo del marxismo se aplica también a otras ideologías más cercanas a nosotros que no por eso dejan de ser menos inaceptables. Aludiendo al neoliberalismo.
En su gira por los EE.UU., en mayo de 1971, visitó con la misma naturalidad al secretario general de la ONU, U. Than para presentarle la creación de un centro de investigación y promoción del desarrollo social internacional, que a Daniel Berrigan, jesuita crítico de la política beligerante del presidente Nixon y detenido y encarcelado por el FBI en Connecticut, por haber asaltado y quemado en Maryland los ficheros de la oficina de reclutamiento de jóvenes para la guerra de Vietnam. "Quise visitarte como un hermano a su hermano en prisión, recordando que yo también estuve preso en Yamaguchi y que todo sacerdote debe cumplir su misión profética en contra de la guerra y a favor de la paz. (Tomado de los escritos de Pedro Lamet, 322).
Arrupe vivió en una sociedad dividida por la injusticia social entre países ricos y pobres. El Cono Norte desarrollado (Escandinavia, Canadá, Estados Unidos), formaba parte de la sociedad del bienestar y el Cono Sur subdesarrollado (Países de Africa, Asia y Sur América) integraban la sociedad marginal. El anunció y denunció que "una fe que no clama contra la injusticia no es la fe del evangelio". De allí que durante su dirigencia de la Compañía de Jesús centró la misión de los jesuitas en el mundo era al servicio de la fe cuya exigencia absoluta es la promoción de la justicia. Esta misión debía atravesar no sola la actividad social sino la actividad total de la Compañía: la educativa y la pastoral. Este giro dividió a la Compañía de los años "70 en posiciones bien definidas: la defensora de los derechos humanos y sociales, y la defensora de las actividades pastorales y educativas.
Afortunadamente el mismo Arrupe dirimió la controversia definiendo su concepto de justicia estructural, que consiste no sólo en paliar los efectos de la injusticia sino detectar sus causas y proponer nuevas alternativas. No se trata de velar al enfermo del SIDA. Eso es caridad. Se trata de descubrir el virus del SIDA, para no tener que velarlo. Eso es justicia.
Abundemos con otros testimonios. El mismo año de su elección como General de la Compañía de Jesús en 1965, Don Pedro emprendía en diciembre su primer viaje a Oriente. También esto marcaba su estilo. Su nuevo estilo. Su predecesor, Juan Bautista Janssens, apenas había salido de Roma. "Las personas y los problemas no se conocen por cartas, sino por el contacto directo".
Viajó por los cinco continentes. Sus viajes por Europa y Estados Unidos le enfrentaron al problema de la cultura secular. El desarrollo material de esos países era espectacular, pero también el subdesarrollo espiritual. "Parece que tienen el alma en su ordenador". Corren el riesgo de ser "cuerpo sin alma". Y clama con voz de profeta a los jesuitas de Boston: "Cuando entrasteis en la Compañía, lo primero de todo vosotros fue Dios. El ha sido el centro de vuestra vida. No hace falta explicar lo que esto significa. Pero si en la ciudad secular margináis a Dios, se os caerá todo, como un cuerpo sin corazón". Por eso les invita a mantener el diálogo con la increencia del mundo secular, pero desde la experiencia en Dios". "Ser testigos de Dios en un mundo secularizado requiere una fe de fuertes trazos, de honda experiencia en Dios, de valiente transmisión de esta experiencia".
La prensa occidental comienza a llamarle profeta de nuestro tiempo, porque cuando anuncia con fuerza a Dios en Amsterdam, o denuncia con vigor el racismo en Washington, escribe un corresponsal, "no tiene la amargura de los viejos profetas, pues no sólo critica sino estimula, no sólo exige sino empuja, no sólo niega sino afirma, aporta soluciones, siembra iniciativas". Sus críticos comienzan también a decir que estimula, pero no manda, será un profeta, pero ¿es gobernante?.
El año 1967 viaja a la India y Ceilán. Allí recupera el diálogo con las grandes religiones que inició en Japón. Lejos del epicentro romano, siente que se dilata su horizonte creyente. Comprende que Dios rebasa los límites de occidente. Arrupe se pregunta: "¿Donde está la Iglesia, está Dios?" Eso dice el catecismo, pero Karl Rahner le ha enseñado lo que a Rahner enseñó Tomás de Aquino: "¿Donde está el Espíritu está Dios". Y Espíritu de Dios se derrama sobre todo corazón sincero, lea El Evangelio, lea el Corán, lea los Vedas. Desde la propia identidad creyente, es necesario dialogar con esas creencias milenarias, atravesadas por el Espíritu que como el viento, no sabemos de dónde viene y a dónde va.
Con Arrupe, la Compañía cruz por fin la frontera de la modernidad, cerrada durante todo el siglo XIX y la mitad del XX. Arrupe enseña a decir sí a la modernidad, sí crítico, como el sí del evangelio, pero sí, sí a las corrientes modernas, al existencialismo, al evolucionismo, incluso al marxismo. "¿Acepta Ud. el diálogo con el marxismo?". Se advierte en bastantes partes simpatía por el marxismo y por los partidos políticos de inspiración marxista. El análisis socio económico del marxismo es una ciencia y como tal asumible y como tal también cuestionable, pero la ideología marxista y su interpretación, no es aceptable para el creyente. Y lo que digo del marxismo se aplica también a otras ideologías más cercanas a nosotros que no por eso dejan de ser menos inaceptables. Aludiendo al neoliberalismo.
En su gira por los EE.UU., en mayo de 1971, visitó con la misma naturalidad al secretario general de la ONU, U. Than para presentarle la creación de un centro de investigación y promoción del desarrollo social internacional, que a Daniel Berrigan, jesuita crítico de la política beligerante del presidente Nixon y detenido y encarcelado por el FBI en Connecticut, por haber asaltado y quemado en Maryland los ficheros de la oficina de reclutamiento de jóvenes para la guerra de Vietnam. "Quise visitarte como un hermano a su hermano en prisión, recordando que yo también estuve preso en Yamaguchi y que todo sacerdote debe cumplir su misión profética en contra de la guerra y a favor de la paz. (Tomado de los escritos de Pedro Lamet, 322).
Arrupe vivió en una sociedad dividida por la injusticia social entre países ricos y pobres. El Cono Norte desarrollado (Escandinavia, Canadá, Estados Unidos), formaba parte de la sociedad del bienestar y el Cono Sur subdesarrollado (Países de Africa, Asia y Sur América) integraban la sociedad marginal. El anunció y denunció que "una fe que no clama contra la injusticia no es la fe del evangelio". De allí que durante su dirigencia de la Compañía de Jesús centró la misión de los jesuitas en el mundo era al servicio de la fe cuya exigencia absoluta es la promoción de la justicia. Esta misión debía atravesar no sola la actividad social sino la actividad total de la Compañía: la educativa y la pastoral. Este giro dividió a la Compañía de los años "70 en posiciones bien definidas: la defensora de los derechos humanos y sociales, y la defensora de las actividades pastorales y educativas.
Afortunadamente el mismo Arrupe dirimió la controversia definiendo su concepto de justicia estructural, que consiste no sólo en paliar los efectos de la injusticia sino detectar sus causas y proponer nuevas alternativas. No se trata de velar al enfermo del SIDA. Eso es caridad. Se trata de descubrir el virus del SIDA, para no tener que velarlo. Eso es justicia.