Dignidad vs. la calumnia
Siempre hemos sostenido que el ser humano ostenta o dispone de un patrimonio exclusivo que no puede ser objeto de embargo ni de afectación alguna cuando es éste, sin duda, el que conforma la gran riqueza humana. Hablamos del patrimonio de la dignidad y la honra. La razón y la posibilidad concreta de discernir entre el bien y el mal; de descartar lo malo por lo bueno; de elegir entre lo recto y lo indebido favoreciendo a lo primero; de preferir la conducta honesta sobre la actuación indecente o indecorosa, etc., es lo que ha permitido que, a lo largo de la historia que describe la evolución humana, podamos distinguir entre los hombres buenos y los malos; entre los decentes e indecentes; de semejantes honestos y deshonestos; de correctos e incorrectos; entre morales e inmorales.
Cada ser humano cultiva su propia dignidad. Los buenos hábitos, los valores positivos, los principios que enaltecen el modo de vida de cada cual, la práctica de las buenas costumbres y el uso permanente de buenos modales, hacen que los hombres califiquemos, ante el seno social como seres respetables, hombres de quienes se predica el bien y no el mal.
El patrimonio exclusivo de la dignidad humana, que ha sido objeto de consagración normativa en diversos convenios y tratados sobre derechos humanos, entre ellos la Convención Americana sobre Derechos Humanos -Ley 15 de 1977 en Panamá-, proyecta al ser humano en una dimensión en la que todos los hombres estamos en la ineludible obligación de ponderar el fiel respeto a la dignidad y honra de nuestros semejantes, empezando por vigilar el respeto de la nuestra.
Cuando nuestras actuaciones desdicen la honra y la dignidad de la que el Creador nos ha revestido, entonces permitimos que entre nuestros propios congéneres se denigre esa dignidad y honra a los extremos tales que, bien y correctamente, ha sido dicho que "un ser indigno es un ser miserable". Estamos luego, por principios de Derecho Natural, obligados a respetar, sin duda, la integridad de la dignidad y honra de nuestros semejantes. Por ello, las normas penales condenan, en algunas latitudes con rigurosas penas, a la persona que calumnia o injuria a otra sin que haya mérito o prueba de los cargos que se le imputan.
La calumnia existe allí cuando, falsamente, le atribuimos a otro ser el haber cometido un delito; por otra parte, la injuria estará allí en donde, igualmente de modo falso, le imputamos o atribuimos a otro el haber faltado con sus acciones a la honra, al decoro, a la moral, etc. Toda calumnia luego, es un falso cargo de naturaleza penal; toda injuria es un falso cargo de naturaleza moral. Quien falsamente atribuye a otro uno u otro cargo, respectivamente, como queda dicho perpetra el delito de calumnia o el de injuria. Antes, toda afectación a la honra o a la dignidad de la persona solían resolverse mediante el duelo que, inclusive, se llegó a regular en diversos códigos penales y era permitido entre los contendientes. Décadas atrás, en nuestros país, el duelo solía practicarse entre nuestros hombres del interior y de la capital, y no pocos fueron los muertos que bajo tierra dan testimonio de ello, sea por haber calumniado o injuriado o haber perdido la vida defendiendo la honra, el buen nombre y la moral.
Los tiempos actuales han relajado, tal pareciera, las buenas costumbres. Hacen ejércitos los que juegan, sin reparo alguno, con la dignidad de sus semejantes. En ese sentido, tres han sido, específicamente, los vocablos que han acuñado esos ejércitos para incomodar a los hombres y mujeres buenos: o son atacados de homosexuales o lesbianas, o de comunistas y si no, de narcotraficantes.
Lo anterior guarda relación con un programa de fin de semana en cierta radioemisora del país en el que se trataba el tema de las características de los magistrados que deben integrar la Corte. Entre las llamadas de los parroquianos hubo una dama, en dicho programa, que expresó que los hermanos Guerra, esto es Silvio y Ramiro, eran unos "narcotraficantes". Inmediatamente se produjo un curso fluido y espontáneo de llamadas que censuraron a la precitada dama que con lengua "teledirigida" desde mentes aviesas y con apetitos voraces de encaramarse en el poder político que se iniciará en los próximos días, a todas luces, tratan e intentan de denigrar nuestro buen nombre, cosa que es misión imposible.
Nuestras vidas son libros abiertos para que el país entero pueda leer sin tachas ni borrones. Obvio que, como seres humanos, estamos afectos de debilidades y errores; pero ese cargo infundado, altamente calumnioso e injurioso, es un pecado por el cual no podemos declararnos confesos ni culpables.
Antes bien, públicamente, cuando en este país se advierte que no son pocos los que tienen miedo a los narcotraficantes y que abundan en el escenario social, nosotros hemos salido a la palestra, sin miedo o temor; hemos censurado la liviandad de algunas sentencias que saliendo de los tribunales han absuelto a los narcotraficantes. Los fiscales Patricio Candanedo y Rosendo Miranda pueden dar fe de estas actuaciones. De que hemos sido abogados, en esporádicas y meritorias causas de humildes hijos de nuestras cocineras -dos o tres pobres hombres- que mandan a las cárceles a podrirse porque les encontraron el "carrizo" entre tanto que los verdaderos delincuentes de este tipo de delitos salen por la puerta ancha, es otra lectura. Pero de que somos "narcotraficantes" o "abogados de narcos", por favor, que nuestros detractores se inventen otro cargo. Que decimos las verdades sin pelos en la lengua; que tememos a Dios; que amamos a nuestra Patria y que defendemos a su gente humilde; que somos hombres sinceros; que no hemos temido al poder político arbitrario, en fin, éstos y muchos más actos y maneras de ser que nos caracterizan, son pecados de los que no nos arrepentiremos.
A la dama de lengua apresurada: Dios la perdone, porque ya nosotros le hemos hecho en el altar de nuestra cristiandad. La lengua de la envidia, la inquina y la mezquindad de quienes no nos perdonan que hayamos contribuido a llevar a la Presidencia del país a un hombre joven y de buena voluntad, jamás, nos podrá silenciar.
Cada ser humano cultiva su propia dignidad. Los buenos hábitos, los valores positivos, los principios que enaltecen el modo de vida de cada cual, la práctica de las buenas costumbres y el uso permanente de buenos modales, hacen que los hombres califiquemos, ante el seno social como seres respetables, hombres de quienes se predica el bien y no el mal.
El patrimonio exclusivo de la dignidad humana, que ha sido objeto de consagración normativa en diversos convenios y tratados sobre derechos humanos, entre ellos la Convención Americana sobre Derechos Humanos -Ley 15 de 1977 en Panamá-, proyecta al ser humano en una dimensión en la que todos los hombres estamos en la ineludible obligación de ponderar el fiel respeto a la dignidad y honra de nuestros semejantes, empezando por vigilar el respeto de la nuestra.
Cuando nuestras actuaciones desdicen la honra y la dignidad de la que el Creador nos ha revestido, entonces permitimos que entre nuestros propios congéneres se denigre esa dignidad y honra a los extremos tales que, bien y correctamente, ha sido dicho que "un ser indigno es un ser miserable". Estamos luego, por principios de Derecho Natural, obligados a respetar, sin duda, la integridad de la dignidad y honra de nuestros semejantes. Por ello, las normas penales condenan, en algunas latitudes con rigurosas penas, a la persona que calumnia o injuria a otra sin que haya mérito o prueba de los cargos que se le imputan.
La calumnia existe allí cuando, falsamente, le atribuimos a otro ser el haber cometido un delito; por otra parte, la injuria estará allí en donde, igualmente de modo falso, le imputamos o atribuimos a otro el haber faltado con sus acciones a la honra, al decoro, a la moral, etc. Toda calumnia luego, es un falso cargo de naturaleza penal; toda injuria es un falso cargo de naturaleza moral. Quien falsamente atribuye a otro uno u otro cargo, respectivamente, como queda dicho perpetra el delito de calumnia o el de injuria. Antes, toda afectación a la honra o a la dignidad de la persona solían resolverse mediante el duelo que, inclusive, se llegó a regular en diversos códigos penales y era permitido entre los contendientes. Décadas atrás, en nuestros país, el duelo solía practicarse entre nuestros hombres del interior y de la capital, y no pocos fueron los muertos que bajo tierra dan testimonio de ello, sea por haber calumniado o injuriado o haber perdido la vida defendiendo la honra, el buen nombre y la moral.
Los tiempos actuales han relajado, tal pareciera, las buenas costumbres. Hacen ejércitos los que juegan, sin reparo alguno, con la dignidad de sus semejantes. En ese sentido, tres han sido, específicamente, los vocablos que han acuñado esos ejércitos para incomodar a los hombres y mujeres buenos: o son atacados de homosexuales o lesbianas, o de comunistas y si no, de narcotraficantes.
Lo anterior guarda relación con un programa de fin de semana en cierta radioemisora del país en el que se trataba el tema de las características de los magistrados que deben integrar la Corte. Entre las llamadas de los parroquianos hubo una dama, en dicho programa, que expresó que los hermanos Guerra, esto es Silvio y Ramiro, eran unos "narcotraficantes". Inmediatamente se produjo un curso fluido y espontáneo de llamadas que censuraron a la precitada dama que con lengua "teledirigida" desde mentes aviesas y con apetitos voraces de encaramarse en el poder político que se iniciará en los próximos días, a todas luces, tratan e intentan de denigrar nuestro buen nombre, cosa que es misión imposible.
Nuestras vidas son libros abiertos para que el país entero pueda leer sin tachas ni borrones. Obvio que, como seres humanos, estamos afectos de debilidades y errores; pero ese cargo infundado, altamente calumnioso e injurioso, es un pecado por el cual no podemos declararnos confesos ni culpables.
Antes bien, públicamente, cuando en este país se advierte que no son pocos los que tienen miedo a los narcotraficantes y que abundan en el escenario social, nosotros hemos salido a la palestra, sin miedo o temor; hemos censurado la liviandad de algunas sentencias que saliendo de los tribunales han absuelto a los narcotraficantes. Los fiscales Patricio Candanedo y Rosendo Miranda pueden dar fe de estas actuaciones. De que hemos sido abogados, en esporádicas y meritorias causas de humildes hijos de nuestras cocineras -dos o tres pobres hombres- que mandan a las cárceles a podrirse porque les encontraron el "carrizo" entre tanto que los verdaderos delincuentes de este tipo de delitos salen por la puerta ancha, es otra lectura. Pero de que somos "narcotraficantes" o "abogados de narcos", por favor, que nuestros detractores se inventen otro cargo. Que decimos las verdades sin pelos en la lengua; que tememos a Dios; que amamos a nuestra Patria y que defendemos a su gente humilde; que somos hombres sinceros; que no hemos temido al poder político arbitrario, en fin, éstos y muchos más actos y maneras de ser que nos caracterizan, son pecados de los que no nos arrepentiremos.
A la dama de lengua apresurada: Dios la perdone, porque ya nosotros le hemos hecho en el altar de nuestra cristiandad. La lengua de la envidia, la inquina y la mezquindad de quienes no nos perdonan que hayamos contribuido a llevar a la Presidencia del país a un hombre joven y de buena voluntad, jamás, nos podrá silenciar.