Dilema europeo, entre consolidar y expandir
Por lo visto, cada vez que los gobiernos europeos tengan que someter a referéndum el proyecto de Constitución comunitaria, se expondrán a recibir un rotundo "no" de sus votantes. Para el veterano político español, Santiago Carrillo, ello es consecuencia del divorcio entre la pesada y refrigerada burocracia enquistada en Bruselas y los ciudadanos de a pie de la Unión Europea.
Lo ocurrido, más que un revés, es una catástrofe para el más interesante y ambicioso proyecto de integración económico, social, cultural y político de nuestros días, que estaba desarrollándose a buen pie, irradiando su positivo ejemplo al resto del mundo. Los jefes de Estado comunitarios están atónitos y los especialistas que impulsaban el experimento, devastados. Es como el Bismarck, tocado por un torpedo donde menos lo esperaba, en el inaccesible eje del timón, que lo deja navegando en círculos o algarete, inerme y expuesto al fuego enemigo.
Una muestra del pavor que contagia hoy a los mandatarios del viejo continente la tenemos en la reacción del premier británico, Tony Blair, quien tras el sonoro rechazo de la Constitución en Francia y Holanda, ha dicho que el referéndum de la consulta a su pueblo se postergará indefinidamente. A ello se añade Italia, que quiere abandonar el Euro como moneda comunitaria y volver a la Lira..
¿Qué motivó el no de los votantes europeos? La izquierda y la derecha coincidieron en rechazar la Constitución comunitaria por miedo y aversión a que se anule más la soberanía de sus países, que se incremente la carga económica de integrar a naciones pobres, que se abra el mercado laboral a mano de obra barata, que desmejoren las condiciones de empleo, que se incremente la inmigración procedente de naciones pobres comunitarias, que se comprometan los países miembros con un modelo económico que sacrifique el "estado de bienestar social" imperante en la Comunidad y a la xenofobia racial y cultural. Como se verá, los reparos son de fondo, mucho más serios de lo esperado.
El proceso de integración deberá, en lo sucesivo, optar entre la consolidación o la asimilación de lo que ya se tiene, ante de aventurarse por el camino de la frenética expansión de la comunidad.
Lo ocurrido, más que un revés, es una catástrofe para el más interesante y ambicioso proyecto de integración económico, social, cultural y político de nuestros días, que estaba desarrollándose a buen pie, irradiando su positivo ejemplo al resto del mundo. Los jefes de Estado comunitarios están atónitos y los especialistas que impulsaban el experimento, devastados. Es como el Bismarck, tocado por un torpedo donde menos lo esperaba, en el inaccesible eje del timón, que lo deja navegando en círculos o algarete, inerme y expuesto al fuego enemigo.
Una muestra del pavor que contagia hoy a los mandatarios del viejo continente la tenemos en la reacción del premier británico, Tony Blair, quien tras el sonoro rechazo de la Constitución en Francia y Holanda, ha dicho que el referéndum de la consulta a su pueblo se postergará indefinidamente. A ello se añade Italia, que quiere abandonar el Euro como moneda comunitaria y volver a la Lira..
¿Qué motivó el no de los votantes europeos? La izquierda y la derecha coincidieron en rechazar la Constitución comunitaria por miedo y aversión a que se anule más la soberanía de sus países, que se incremente la carga económica de integrar a naciones pobres, que se abra el mercado laboral a mano de obra barata, que desmejoren las condiciones de empleo, que se incremente la inmigración procedente de naciones pobres comunitarias, que se comprometan los países miembros con un modelo económico que sacrifique el "estado de bienestar social" imperante en la Comunidad y a la xenofobia racial y cultural. Como se verá, los reparos son de fondo, mucho más serios de lo esperado.
El proceso de integración deberá, en lo sucesivo, optar entre la consolidación o la asimilación de lo que ya se tiene, ante de aventurarse por el camino de la frenética expansión de la comunidad.